jueves 5 de noviembre de 2009

Amor proceloso

Capítulo 1254.
Leonardo Jesús atravesó presuroso la hacienda, a lomos de su vigoroso corcel, llamado Jacinto.
Al llegar frente a la mansión, se detuvo y desmontó de un salto. Avanzó unos pasos.
Una brisa suave revolvió sus largos cabellos. Levantó sus pardos ojos al cielo y murmuró, con la voz teñida de una romántica ensoñación:
- Al carajo la peluquería.
En mitad del jardín, portando un ramo de rosas rojas recién cortadas, se hallaba Marianela de los Dolores. Le miró, con sus hermosos ojos verdes bizcos.
- Leonardo Jesús.
- Marianela de los Dolores.
Los dos suspiraron al unísono. Leonardo se quitó la camisa. Adquirió un cutis de ave, y se le endurecieron los pezones. Una breve brisa revolvió los unísonos cabellos de los dos amantes, y Leonardo Jesús se cagó en el hombre del tiempo.
- Querida.
- Amor.
- Mi vida.
- La razón de mi existencia; en esta tierra olvidada de Dios.
Ejemplo de diálogo innecesario, utilizado en las telenovelas para rellenar.
- Te quiero.
- Te adoro.
- Yo más.
- Pos anda que yo...
- Estoy enamorada.
- Y yo. Pero en masculino.
- ¿Te habías enamorado antes, alguna vez?
- Sólo una. Pero me dejó por una oveja.
- ¡Qué dramático!
- Me fui a Benidorm, a intentar olvidarla.
- ¿A la oveja?
- No. A ella.
- ¡Ah! Y... ¿Te gusta Benidorm?
Leonardo reflexionó unos instantes, queriendo dar una respuesta sincera.
- No - Admitió al fin.
- ¡Oh! - Marianela suspiró - No le gusta Benidorm...
- ¿Qué ocurre?
- Que nuestro amor es imposible.
- ¡No! ¡Oh, Dios mío! ¿Por qué?
Marianela ahogó un sollozo en su hermoso pecho.
- Porque...
- ¿Por qué?
- Porque... ¡No te gusta Benidorm!
Hubo una pausa dramática subrayada, tan sólo, por una suave brisa. Leonardo empezó a plantearse, seriamente, cortarse el pelo al cero.
- Pero... No lo entiendo...
- ¿No lo entiendes? ¡Oh! ¡No lo entiende!
- No. No lo entiendo, Marianela de los Dolores. Hemos vencido la resistencia de tu tía abuela sobrina nieta por parte de madre, en relación con tu padre putativo tras lavarse los calcetines en tercer grado y... ¡Dios! ¿Ahora el Destino nos arrastra ante una nueva adversidad? No. Debo ser sincero. No me gusta Benidorm. Hay demasiados alemanes, y mucha paella de encargo. Lo siento. Prefiero Bollullos del Condado.
- ¡Bollullos del Condado! ¡Me desgarras el alma!
Una tenue brisa revolvió sus atribulados cabellos. Leonardo Jesús se cogió una coleta.
- No hay alemanes... - Dijo él, en su descargo.
- Jodé. Ni playa...
Sonaron los violines y el piano. Sonó un saxo. Un redoble, y fanfarrias. Se levantó una ligera brisa, y Leonardo pidió a Marianela unas tijeras de podar.
Leonardo atrajo a Marianela hacia sí mismo consigo mismo, y ésta se pinchó con los pezones de él.
Se fundieron en un apasionado beso.
La brisa soplaba, Leonardo maldecía para sí, y Jacinto comía hierba.
FIN del capítulo 1254.

viernes 23 de octubre de 2009

La lámpara maravillosa


La tienda estaba escondida en algún lugar de Candem Passage, y tanto la entrada como el interior inspiraban la misma confianza que el motel de Norman Bates. Reparamos en ella al huir de la cansina lluvia londinense, y entramos tras un breve intercambio de opiniones, en el que tuvieron un peso específico los amables ruegos de mi esposa, y el hecho de que consiguiera alojar el mango de su paraguas en mi píloro, por vía nasal.
La mercancía estaba dispuesta en el local en un orden tan exquisito que se diría que toda la fuerza del huracán Katrina se hubiera concentrado en esos pocos metros cuadrados. La dependienta, parapetada tras el mostrador, tenía un aspecto peculiar, que incitaba automáticamente a preguntarse en qué lugar debía haber aparcado su escoba. Los relojes de bolsillo, por supuesto, hacía mucho tiempo que habían dejado de funcionar, y los encajes y ganchillos acumulaban tanto polvo que, al poco, acabé respirando con la cadencia rítmica de Darth Vader.
Mi mujer, en cambio, estaba emocionada.
- Mira, cari. - Me decía, sosteniendo un camafeo horripilante entre sus dedos - ¿No te parece divino?
- Adorable. - Le respondía yo sabiendo que, cuando se trata de comprar, a una mujer no le interesa tu opinión, sino si dispones de suficiente activo en la tarjeta de crédito.
- ¿Y qué me dices de éste abanico tan simpático?
- Precioso. Se diría que lo ha pintado un alcohólico, en pleno delirium tremens.
- Sí; ¿Verdad? ¿Y aquella muñeca de trapo?
- Escalofriante. Con esas cosas se hace vudú; ¿No?
- No seas tan negativo. Tienes que aprender a relajarte cuando vamos de compras. Hay que disfrutarlo.
- Sí, mi vida. Lo que tú digas. - ¿Cómo le explicas que no vamos de compras? ¿Que la que va de compras es ella, y yo sólo ejerzo de acompañante? Es más; ¿Cómo puede alguien disfrutar yendo de compras? En fin.
Ignoro cuanto tiempo estuvimos allí, revolviendo entre trastos viejos, pero al fin llegó el momento de marcharnos. La expresión pintada en el rostro de mi esposa era de tristeza, o tal vez de decepción, pues nada le había llamado lo bastante la atención como para malgastar unas cuantas libras. En cambio; de mi cartera escapó un suspiro de alivio perfectamente audible. ¿Me había librado? Increíble. Era una oportunidad que no podía dejar pasar, así que enfilé rápidamente hacia la salida. No fuera a arrepentirse. Cuando ya tenía un pie en la calle, y sentía la torcida mirada de la dependienta en mi cogote, de la garganta de mi cónyuge escapó un gritito breve, de triunfo. "La jodimos. - pensé - Ya ha picado".
En sus manos sostenía una pequeña tetera, de latón. Un artilugio horroroso, grabado con unas filigranas imposibles, producto salido sin duda del taller de algún artesano atacado por fiebres tifoideas, sifilíticas o palúdicas.
- ¿A que te encanta? - Me retaba, exultante.
- ¿Qué debo responder?
- Que me la vas a comprar.
- Dios. Sólo si me dejas enterrarla en el jardín. O mejor aún; si me prometes que se la vas a regalar a tu madre.
Si las miradas matasen, mi esposa me habría fulminado cual Hera vengativa. Así que huelga decir que acabamos adquiriendo aquel artefacto. Qué quieren, no todos los matrimonios son como el de Bill Cosby. Por supuesto; tampoco es necesario reconocer que fue inmediatamente abandonado en un rincón de la repisa de la chimenea.
Pasaron los días y nuestra vida transcurría tranquila, a la velocidad y el ritmo de un remolcador de desechos surcando el Thames. Y casi con el mismo nivel de salubridad. Pero una soleada mañana de sábado, cuando me encontraba practicando mi swing en el salón, dispuesto a pulverizar en el green a Goldman, el de contabilidad, golpeé accidentalmente con la pelota de golf aquel chisme, que cayó con estrépito.
Me acerqué presuroso a recogerlo del suelo, y no porque tuviera miedo de la reacción de mi esposa al descubrir el destrozo, no crean. Eso no ocurre casi nunca. De hecho; nuestra relación se asemeja mucho a la que mantiene un visitante en el zoo con respecto a la jaula de los tigres. O sea; admiración y respeto. Y sobre todo; distancia.
Comprobé cuidadosamente los daños que pudiera haber ocasionado a aquella cosa, y froté la superficie con la manga de mi camisa, con el fin de eliminar cualquier posible rastro delator.
Y entonces; sucedió.
Un humo de color gris perla emergió de ella, y fue adquiriendo consistencia hasta convertirse en una figura de cierta corporeidad.
- ¡Cof, cof! Salud, amo. - Me dijo.
- ¿Ein?
- Ehem. Salud, amo.
- Eh, ehém... Hola. Tú... ¿Tú, quién eres?
- Mi nombre es Yaser Alí Salim Mohammed Pérez. Y soy el Genio de tu lámpara.
- ¿Eh?
- Tú has frotado la lámpara. Yo soy tu genio; tú eres mi amo.
- Ahí va, la hostia. - Dije, haciendo uso de mi prolijo lenguaje, propio de un hombre de mundo. - Así que tienes que concederme tres deseos; ¿No?
- Eh... Bueno; vamos a ver. La cosa no va exactamente así.
- Ah; ¿No?
- No. La crisis, hijo mío. Y que tengo ascendencia judía, también.
- ¿Entonces?
- Pues tú pides y yo contraoferto. O yo te hago una oferta, y tú a mí otra. Y luego; regateamos.
- No me lo puedo creer.
- Lo tomas, o lo dejas.
- Vale, vale. Hazme una oferta.
- Una casa en el centro, un yate y una rubia siliconada de treinta años. Tú hablas.
- Eeeeeh... Que la casa sea en New York; en los Hamptons. En vez de un yate; un Jaguar. Y dos chavalas de veinte, sin siliconar. Y además; una jugosa cuenta en las Caimán.
- Pero; ¿Qué dices? Una casa en New York, las chicas sin silicona y el Jaguar, pero olvídate de las Caimán.
- La casa en New York, el Jaguar y un caimán, y te quedas con las chicas con silicona.
- Un bote de silicona, un caimán y ni hablar del Jaguar.
- Vale.

No sé, creo que me lió... ¿No?
Para Ana. Con todo mi cariño.

sábado 12 de septiembre de 2009

Un malentendido

Mi nombre es Martin Renfro, y nací en el barrio de Prospect Heights, en Brooklyn, hace treinta y cinco años. Debo decir, con no poco rubor, que mi infancia y mi juventud se vieron teñidas con la perniciosa tinta del fracaso más absoluto. Tanto es así; que ni siquiera supe ser el pardillo en el colegio. Siempre hubo otro más dotado. Pasé pues, mis primeros años, sin destacar en ninguna actividad. Inadvertido. De hecho; hubo un momento en que mi padre llegó a plantearse la posibilidad de llevarme al señor Chi, oriental experto en cirugías exprés, con objeto de sacarse un dinerillo en el mercado negro usando alguno de mis dos riñones, o de mis dos pulmones. O uno y otro al tiempo.
Afortunadamente; al llegar a la adolescencia, por fin, los veleidosos vientos del destino empujaron las velas de la desastrosa barca que era mi existencia rumbo a un puerto en el que, sin duda, podría atracar de forma segura: la interpretación. Tuve la revelación aquella mañana en que Johnny Wilcox, el matón de mi clase, me perseguía con la intención de alojar su bate de béisbol en un lugar de mi anatomía situado entre el hígado y las costillas, y le despisté quedándome quieto en una esquina y haciéndome pasar por un ficus retusa.
Lo supe entonces: Talía y Melpómene habían unido sus fuerzas y me habían dado el don.
Marché en busca de mi futuro, estudiando en las más prestigiosas escuelas, con los más reputados maestros.
Hice un curso de "Estulticia Manifiesta" en París, con madame Mimí Foulle, y me gradué en "Expresiones Hieráticas" en la prestigiosa Universidad de Canford, en un curso impartido por Kevin Costner, quien alabó mi capacidad para no transmitir absolutamente nada.
Al término de semejante formación, como no podía ser de otra forma, me aguardaba una carrera profesional cuyo fin no era otro que alcanzar la mayor notoriedad posible. Aún es muy celebrada, por ejemplo, la creación que compuse de un pollo gigante amarillo cuando trabajaba de hombre anuncio para el restaurante Texco México.
También en cierta ocasión; con motivo del estreno de una versión punk del musical "A Chorus Line", en el Off Broadway, el crítico de la revista "Ganchillo para todos" llegó a comparar mi voz con el canto de un ave tropical atrapada en una trituradora.
Sin embargo; en la autopista a la gloria todos debemos pagar peaje. Y si Brad Pitt hubo de emplearse durante un tiempo como chofer de limusinas, yo he debido procurarme el peculio indispensable para no caer en la indigencia aceptando trabajos menores.
Por ello hipoteco mi talento en "Lenny y Hommer: Payasos a domicilio", donde puedo aplicar toda mi experiencia al noble arte de entretener a los más pequeños.
Me dirigía con éste propósito al domicilio de los Summers, propietarios de "Empresas Cárnicas Summers", cuyo hijo Ricky iba a celebrar su sexto cumpleaños cuando, a un par de calles de distancia de la dirección que mi jefe me había facilitado, vi a aquellos hombres frente al banco.
Llevaban máscaras de payaso los cinco, así que haciendo uso de mi perspicacia natural sumé dos y dos y extraje la conclusión lógica: ¡Aquellos tipos también iban a la casa de los Summers! ¿Cuánto dinero debía tener esa familia si podía permitirse contratar a tantos actores para una simple fiesta de cumpleaños? ¡Pues no iba a dejar que ninguno de aquellos mequetrefes de tercera me robaran protagonismo! ¡No, señor! Así que yo también me puse mi careta de goma, y me uní al grupo.
Avanzamos. ¡Yo qué sabía si entrábamos en el banco! ¡Con esa cosa en la cabeza apenas podía ver nada! ¡Se lo juro!
Debo decir, en honor a la verdad, que me extrañó un poco oír cómo gritaban que todo el mundo se echara al suelo, y que vaciaran la caja fuerte. Pero supuse que estaban jugando con los críos a policías y ladrones. Por lo cual; me metí en mi papel de malo y grité y amenacé más que nadie.
Después llegaron ustedes, con las sirenas y los megáfonos, y vinieron los tiros y los gases lacrimógenos. Y cuando quise darme cuenta estaba en el suelo, boca abajo y esposado.
Créame, señor inspector. Es la verdad.
Y ahora que he prestado declaración; ¿Podría llamar a mi abogado, por favor?

domingo 30 de agosto de 2009

La patada a Inoportunito

La culpa, al menos en mi caso, la tiene el teatro. Tú me dirás.
Sí; ya sé que uno no espera ver a un señor en pijama, con su batín (no bata, no. Batín), aparecer así, por las buenas, en la puerta de su despacho, pero tampoco es de lo más normal que el anfitrión se apresure a tocar los muebles, por si son de atrezo, o a buscar las luces de la batería.
Que me costó reaccionar, vaya. O sea.
Pues nada, que ahí estaba Carlos, la otra mañana, vestido de esta guisa. Te lo juro por Arturo.
Te acuerdas de mi amigo Carlos; ¿Verdad? Ahí estaba, digo, con su batín azul y su sonrisa socarrona. Con la cabeza alta, como siempre.
- "Que le hemos dado una patada en el culo a Inoportunito". - Me dice.
Y yo (que a tocapelotas no tengo rival) sonrío también y le contesto: "Ya te lo dije".
Y hay un segundo, de tácita camaradería, en que callamos. Mi amigo ha desterrado el cáncer. Yo soy feliz por eso. Y él lo sabe.
Por desgracia; no siempre estas historias acaban con un final así.
Todos tenemos malas experiencias que contar al respecto.
Por eso es importante tu ayuda. No cierres los ojos. No te tapes los oídos. Colabora.
Por cierto:
Tengo la intención de restregarle por los morros el temita del batín a Carlos, durante todo el tiempo que pueda.
Como ya te dije; a tocapelotas no tengo rival.
Claro que, a lo mejor, tan sólo es culpa del teatro.

domingo 16 de agosto de 2009

Tullio a dieta (Breve reseña teatral)

El mundillo teatral anda, éstos últimos días, algo revuelto. Desde que el emérito profesor A. B. Dull, de la prestigiosa Universidad de Canford, diera como auténtico el manuscrito "Tullio a dieta", atribuyéndolo a William Shakespeare, muchas han sido las compañías interesadas en llevarla a los escenarios. Tarea que al fin han acometido, con no pocos esfuerzos y desigual fortuna, los integrantes del grupo Teatro Pello, oriundos de la ciudad de Burgos.
Mister A. B. Dull, conocido en el ambiente literario por haber escrito el ensayo: "¿Qué te he hecho yo para que me traigas a ver este espanto, y por qué demonios no decides irte con tu madre, y me dejas en paz de una vez?", en la que analizaba con minucioso detalle los entresijos del teatro inglés actual, y reflexionaba largamente acerca de por qué nadie ha visto nunca, en ninguna ciudad europea, un chino de más de sesenta años, vivo o muerto, contaba en el prólogo a la primera edición que encontró el legajo después de mucho tiempo de laboriosa investigación y profundo estudio, rescatándolo por fin del domicilio de la señora Bridget Murphy; quien llevaba más de treinta años usándolo para calzar la pata de la mesa del comedor.
Tras ver el montaje que los muchachos de Teatro Pello presentaron ayer en Madrid, el crítico abajo firmante ha sacado estas modestas conclusiones:
El príncipe Tullio, en primer lugar, es la esencia misma de la expresión dramática. La escena en la que recrimina a su madre, la reina Brunilda, que su sandwich de jamón y queso no tenga suficiente mayonesa, y culmina con ese monólogo sublime en el que asevera que todos los cocineros del mundo debieran asegurarse de tener pepinillos en la despensa antes de la hora de la cena, constituye el desgarrador testimonio del hombre que, pese a todo, queda siempre a merced del Destino.
Por otra parte Olegaria; la princesa secretamente enamorada del príncipe, aunque éste vista mallas rosas de ballet, simboliza los anhelos de un espíritu puro que ansía conseguir la dicha o, al menos, una buena plaza de aparcamiento.
El malvado Lifart, obviamente, es primo segundo por parte de madre de Yago y, como aquél, hace honor a su linaje y se comporta como una perra. Si bien tiene el detalle de pagar la cuenta del sastre.
Cómo olvidarnos, por supuesto, del rey Angus, quien sucumbe a la tentación y, ya en el acto segundo, se salta el régimen y se pone ciego a pizza, dando origen así a la cadena de acontecimientos que acabarán desatando la tragedia.
Debo decir, sin embargo; que no es "Tullio a dieta" una de las obras mayores de Shakespeare, si bien resulta imprescindible para ayudarnos a entender ese vacío que encontramos en su biografía tras "Otelo", y que algunos eruditos han supuesto que empleó en trabajar de poste de correos en Essex.

sábado 8 de agosto de 2009

Consultorio Teatrero Sentimental

Bueno; pues aquí andamos. Esta mañana he estado doblando a Nathan Lane, y mañana le toca el turno a Michael Palin (ex Monthy Python). De vez en cuando hago estos pequeños trabajillos por dos motivos: generalmente porque alguien me pide el favor (en primer lugar), y porque (a qué negarlo) me lo paso pipa. Nunca le he prestado demasiada atención a mi voz y, aunque es cierto que me ha "echado una manita" en alguna ocasión, tampoco he pensado que fuera nada del otro mundo. Pero si hay gente a la que le parece... bonita, pues nada; ¿Por qué no? Pero no quería hablarte de eso especialmente. Quería decirte que hoy estoy contento (me he divertido un montón), y he decidido (entre otras cosas) que ya va siendo hora de aligerar un poco el correo. Además; me ha salido una paella de libro (¿Te he dicho ya que soy un cocinero del copón de la baraja?) y nada ni nadie podrá enturbiarme hoy el horizonte.
Así que, al tajo:
A ebenezeer@(...):
"El Enfermo Imaginario" es una pieza de Moliére. En la actualidad está en cartel una versión (que es la que tú has visto) en el Teatro Adolfo Marsillach y su protagonista es, efectivamente, Quique San Francisco. Yo la vi, hace unos años, con Rafael Álvarez; "El Brujo". Sin comentarios.
Decirte que estará hasta el 15 de Agosto. Y una curiosidad:
Entre la gente del teatro abunda la superstición contra el color amarillo. Se dice que de esta guisa vestía Moliére cuando, el 17 de Febrero de 1673, durante la representación de (precisamente) "El Enfermo Imaginario", halló la muerte. Bueno; pues parece ser que la bata que llevaba el insigne personaje no era de este color. O eso dicen. Claro que, ahora, cualquiera convence a un actor para que abandone esta creencia. Jé.
A aroa.1986@(...):
Fernando Conde fue el tercero "en discordia" en el grupo "Martes y Trece", junto a Josema Yuste y Millán Salcedo. A causa de diversas razones (nunca aclaradas del todo, y a quién le importan) se marchó de la formación, y emprendió una espectacular y prestigiosa carrera teatral en solitario.
Ha estado, hasta el 26 de Julio, en el Infanta Isabel con "El Mercader de Venecia". Ha sido sobrecogedor, impactante y maravilloso. Si Conde fuera inglés, ya tendría el título de sir. Pero en este país...
A estherciita@(...):
Mira, corazón. Hace calor, es Agosto, y a todos nos da una pereza que te peich ponernos serios. ¿Te imaginas una tarde de sábado, con cuarenta grados a la sombra, pagar siete euros y pico por unas palomitas y una entrada para ver "Kikuyu y su botella", insigne obra del realizador kurdo Ahmed Kajhokoulian?
Amos, no jodas!!
Si a tu chico le apetece ver "G.I. JOE", vete con él. Después; haz que se sienta culpable por haberte arrastrado a semejante lodazal, y que te invite a una cena en condiciones. Y luego os vais a la terraza del Hotel de Las Letras, en la C/ Princesa, y os tomáis un gin tónic. Te van a encantar (la terraza y el gin tónic).
A elnavegador.errante@(...):
Sí; el corto "La confesión", de E. Haynes, está inspirado en un guión mío. El Banjac de los títulos soy yo. A pesar de los premios, y de hacerme figurar en los créditos, nunca me gustó el resultado final. Así que no lo he sentido nunca como mío. Es más; no me gusta demasiado. Dicen que está en Youtube. No lo sé; nunca lo he buscado.
A brujadelnorte@(...):
No puedo contarte nada de "Tito Andrónico". Aún no la he visto, porque no he conseguido engañar a nadie para que me acompañe al teatro. Y detesto ir solo al teatro. Pero en cuanto vaya, te cuento.
Y ya acabo. Tengo una botella de cachaça en la nevera y me voy a preparar una caipirinha, que degustaré mientras veo un par de capítulos de "Rockefeller Plaza". Luego; he quedado con unos colegas. Es sábado, es Agosto y...

sábado 1 de agosto de 2009

Un cuento. (Dedicado a una princesa besucona)

La noticia corrió, como la pólvora, por el Upper West Side de Manhattan. Emma Pfingsten de Babaland había anunciado su compromiso. Y lo había hecho contra la voluntad de su progenitor; el viejo rey Sigfrid de Babaland.
Litros de tinta se emplearon en emborronar las páginas de los tabloides durante días, y no era para menos. Emma era una joven princesa, asidua a los círculos más elitistas de la society, desde que llegara con su familia a New York a causa de la revolución que los había expulsado del trono de su país. Y en cuanto a Walter; su prometido, si bien era algo más bajo que ella, y plebeyo, quizá no fuera eso lo que representaba el mayor problema. Lo cierto es que el motivo esencial de la oposición del viejo rey al enlace se fundamentaba en el hecho de que Walter era un sapo.
Indiscutiblemente; el peor de todos había sido el día en que la petit princesa había decidido comunicarle la nueva a sus padres.
La reina, viva expresión en carne y bótox del más rancio protocolo de la vieja Europa, y portadora de la legendaria flema y sangre fria de los babalanos, logró conservar la calma durante al menos cinco segundos tras escuchar la noticia, antes de emitir una serie de aterradores berridos y, a fuerza de hiperventilar, sumirse en la inconsciencia.
El rey; más sanguíneo y vehemente, destrozó la habitación del Hilton en la que residían, haciendo uso de su palo de golf y de una pésima puntería.
- ¡Insensata! ¡Necia! Casarte con un sapo. ¡Un sapo! ¡Dónde se ha visto eso!
- Pero, el abuelo Edmund...
- ¡No es lo mismo! El abuelo Edmund se fugó con un bacalao porque le recordaba a su difunta esposa Karen. ¡Pero recuperó la cordura y a las dos semanas volvió a casa!
- Nosotros nos amamos...
- Eso no es amor, eso es, es... ¡Aberrante! ¡Dios, nunca pude entender a la cerdita Peggy!
- ¡Pues nos casaremos!
- ¡Por encima de mi cadáver!
- ¡Papá!
- Pero hija mía; ¿Es que no lo entiendes? Walter es un sapo. ¡Un sapo! ¿Dónde vais a vivir, por amor de Dios? ¿En la charca de Shrek?
De nada sirvieron las razones, las súplicas o las amenazas. Emma estaba dispuesta a llevar su amor por Walter hasta el final, y nada ni nadie podrían impedirlo. No hay que olvidar que le sobraba coraje para afrontar cualquier adversidad, pues era una Pfingsten. Ya su antepasado Wolfgang accedió al trono cuando, durante la famosa Guerra de Los Quince Años y Un Rato, entre Babaland y su vecina Tontunia; descubrió que los arenques eran el arma definitiva pues, al arrojárserlos al enemigo, a éste se le llenaban las trincheras de gatos, situación que les incomodaba sobremanera, de forma que sufrían crisis nerviosas, ataques de ansiedad, y la mayoría acababan desertando (Eso le sirvió a Wolfgang para verse recompensado con la mano de la princesa heredera).
Durante los días siguientes se sucedieron los preparativos a ritmo vertiginoso aunque, tristemente, hubieron de verse momentáneamente aplazados a causa de la muerte de Norbert, un primo de Walter. Las malas lenguas llegaron a contar que se habían servido las ancas de Norbert en un restaurante del Soho.
Mientras tanto; los padres de Emma intentaban hacerse una idea de lo que les esperaba. Llegaron a ver tantas veces la película "Adivina quién viene esta noche", que eran capaces de recitar de memoria sus diálogos. Si bien hubo un momento en que pensaron que podrían burlar al Destino cuando un antiguo novio de Emma; el príncipe Louis Pantene II, reapareció en sus vidas.
Louis Pantene era guapo como un maniquí, tenía una larga melena, suave y sedosa, y un culo tan duro que podría partir nueces con sus cachetes.
Pero las esperanzas de los viejos reyes se desinflaron pronto; cual balón playero, al descubrir que el príncipe tan sólo había viajado a New York con el propósito de hacer las pruebas para formar parte del cuerpo de baile de un nuevo espectáculo en Broadway, que iba a titularse "Las alegres travestís birmanas".
Nada pudo impedir, como ustedes ya supondrán, que la pareja formalizase su unión, pues de todos es sabido que, si hay una mujer empeñada en ello; el matrimonio, así como todos los desastres de la naturaleza, acaba siendo inevitable.
Y ni los cronistas de la prensa rosa podrían decir si Emma y Walter acabaron comiendo perdices, pero todo el mundo coincidió en afirmar que, el día del enlace, no se había visto una novia más radiante, o un novio con los ojos más saltones.