domingo, 26 de enero de 2014
Triste noticia
jueves, 26 de diciembre de 2013
¿Puede un señor ser confundido con una locomotora?
Hombre,
peliaguda pregunta es la que usted me plantea.Así, a bote pronto, yo diría que no. Pero si he de ser riguroso, debo emplearme en contestar este tipo de cuestiones con meticulosidad. Y con una estilográfica.
Uno debe pensar en las ventajas y en las desventajas que ofrecen las locomotoras y los señores, y así ir desmadejando el hilo de su pensamiento, como Penélope deshacía el tapiz cada noche, o mi tía Enriqueta deshace la bufanda que le está haciendo a mi sobrina porque se equivoca siempre con los puntos.
Para ilustrar ésta exposición, por tanto, voy a poner como ejemplo a mi amigo Mariano, que es un señor muy serio porque es Registrador de la Propiedad, y tiene barba.
En primer lugar; hay que decir que las locomotoras contaminan mucho, sobre todo si tienen una caldera de carbón. Mi amigo Mariano no tiene caldera incorporada, pero en cambio fuma unos puros gordísimos. Y eso, es cierto, les hace parecerse bastante. En contra, hay que decir que las locomotoras se ven obligadas a mantener ciertos caminos, es decir, a transitar por los mismos raíles si no se construyen otros, y mi amigo Mariano cambia de opinión cada dos por tres, como una veleta cambia su orientación a merced del viento, o una señorita cambia su gusto por los zapatos cada temporada.
Además; las locomotoras suelen estar pintadas de color negro y rojo, adornadas con remaches de cromo dorado, y llevan la matricula grabada en un lateral. Y yo, por mucho que miro a mi amigo Mariano, debo confesar que no le encuentro la matrícula por ningún lado.
Así que, a primera vista, mi amigo Mariano no parece una locomotora, porque no tiene caldera, ni chimenea, ni hace chucuchú.
Sí se parecen, a decir verdad, en el elevado coste económico que supone mantenerlos. Y en que arrastran a un montón de gente tras de sí.
Por no mencionar que el hecho de cumplir sus compromisos para con los demás les importa tanto, a cualquiera de los dos, como el saber a cuánto está el kilo de guano fosfatado.
Sin embargo, hay que detenerse un momento a reflexionar llegados a este punto. Porque reflexionar es tan importante como usar una talla adecuada de ropa interior. Y después de reflexionar un rato, yo me pregunto; ¿Qué derecho tenemos nosotros a comparar a un señor con una locomotora?
¿Es que una locomotora tiene más sentimientos que un señor? ¿O acaso un señor puede parecer menos egregio, majestuoso y rimbombante que una locomotora?
¡Qué a la ligera podemos llegar a tomarnos los escritores, las coristas y los notarios éstas y otras cuestiones, vive Dios! Siendo tan superficiales, tan vacuos, sólo conseguiremos, me temo, llegar ofender a los señores. Y lo que es peor, llegar a ofender a las locomotoras.
De tal forma que, supongo, debo poner fin a mi disertación sin ofrecer una respuesta adecuada a la pregunta que usted me ha formulado, amigo mío.
Tal vez lo único que pueda decir sin faltar a la verdad, ni a mis principios ni a mi abuelita Gertrudis, que no tiene nada que ver con esto pero a la que me apetecía mencionar, es que yo no confundiría a mi amigo Mariano con una locomotora. No podría.
Hombre, quizá sí podría confundirle con un ficus retusa. O aún con una grácil gacela Thompson.
Pero eso es otra historia.
jueves, 7 de noviembre de 2013
Juana
viernes, 17 de mayo de 2013
Otra vez Johnny...
martes, 30 de octubre de 2012
El ingeniero
viernes, 27 de julio de 2012
Volar
El sol, el maldito sol, no se dejaba ver por ningún lado.
-Aluego a la una no habrá Dios que pare. – Masculló Castrejón, como si me hubiera leído el pensamiento.
Asentí con la cabeza y me volví un poco de costado, para mirarle. Castrejón era un cacereño nervioso. Era un mozo, casi un niño, pequeño y moreno. Tenía el abundante pelo negro siempre revuelto, pero en cambio, cuidaba su bigotillo de galanzuelo con esmero. Estaba tumbado boca arriba, a mi lado.
-¿Tienes tabaco? – Le pregunté.
-No, paisano. Igual le queda algo al Arteaga. – Vio mi mueca de fastidio. – Pues tú verás, marqués… Como no se lo pidas; no fumas.
Me senté en el saco y aparté un poco, solo un poco, el Mauser.
-Ea, pues no fumo.
-Cagon tó, marqués. ¡No tienes tú orgullo, cojones!
-Ya…
-Ten cuidao, que vas a perder eso…
Me miré al pecho. La insignia estaba abierta. Debía habérseme enganchado en algún sitio. Me la quité de la solapa, inspeccioné el cierre, y cuando hube comprobado que estaba bien, la froté contra la manga de la zamarra y volví a prendérmela. Castrejón había observado todo el proceso con sus ojillos de hurón clavados en mí.
-¿Lo echas de menos?
-¿El qué? ¿Volar?
El mangurrino gruñó un sí.
-No. No creas. – Hizo un gesto, como encogiéndose de hombros. Agarré el Mauser y me lo coloqué sobre las piernas. Nos moveríamos de allí en un par de horas, como máximo, y quería asegurarme de que el cerrojo estaba limpio.
-Pues nada, marqués. Voy a echar una meada y a recoger el petate. – Se levantó, dio dos pasos y antes de echar el pie para el tercero se volvió. – Si quieres; le pido yo el tabaco al Arteaga.
-No; déjalo. Ya no tengo ganas.
Volvió a encogerse de hombros. Dio media vuelta y bajó trastabillando la pequeña loma que quedaba al otro lado de las trincheras, buscando un árbol contra el que aliviarse, más por andar un poco que por vergüenza.
Miré hacia el cielo. Éste era un buen día para volar.
viernes, 11 de noviembre de 2011
Fotografías
lunes, 25 de abril de 2011
Mi encuentro con un escritor serio
jueves, 17 de febrero de 2011
Nostalgia cubana
miércoles, 12 de enero de 2011
Sherlock Holmes y el extraño caso del señor Brewster
Aquel día nos hallábamos, como de costumbre, en nuestras modestas habitaciones de Baker Street. Él fumaba profusamente en pipa, y yo lloraba a lágrima viva a consecuencia del humo.
- Tiene usted razón. – Me dijo de repente, con ese laconismo propio de su carácter y de los calamares a la romana – A sir Edward Rotblat le sienta fatal el negro.
Su capacidad para el análisis y la deducción no dejaba de asombrarme. Nunca pude descubrir cómo era capaz de llegar a según qué conclusiones.
- ¿Perdón..? – Apenas pude balbucir.
- Oh, no es nada, querido Watson. No se incomode usted. A las mentes superiores los pequeños detalles se nos antojan como fragmentos de un rompecabezas, que debemos ir encajando poco a poco, con paciencia. El resultado final acaba siendo la lectura lineal de los pensamientos de los homínidos inferiores.
- ¡Holmes!
- Oh, está bien, de acuerdo; se lo explicaré. Hace poco más de una hora, mientras yo me inyectaba la tercera dosis de morfina del día en el lóbulo de la oreja, le vi mirar distraídamente por la ventana. Me preguntaba qué podría haber llevado a alguien como usted, de natural tan dado a la ensoñación, a perder el tiempo con un paisaje tan poco atractivo. Entonces reparé en que se mesaba los bigotes y sus labios dibujaban un gesto sutil, y casi diría que pícaro. ¿Watson sonriendo? Vaya, vaya. La cosa se ponía interesante... Sabía por la señora Hudson que esta mañana había usted atendido en consulta a sir Edward, a propósito de esa pequeña afección que padece, y que le obliga a caminar a la pata coja a la vez que imita el cacarear de una gallina oriunda de Surrey.
- Sí, admito que me ha visitado sir Edward, pero...
- Está perfectamente claro, como sin duda ya podrá usted adivinar por sí mismo si tiene en cuenta, naturalmente, que el señor Rotblat ha iniciado hace poco su carrera política...
Sacudí la cabeza con vehemencia.
- ¿Y bien?
- ¿Aún no lo ve, viejo Watson? ¿No? – Replicó, creo que algo decepcionado - Oh, en fin, no sé por qué me extraño. Verá: es de sobra conocido que cuando un hombre entra en política su ética, su moral y sus principios fallecen sin remedio. Así que es de ley que ese caballero vista de negro. De luto riguroso. Y coincidirá conmigo, por supuesto, en que no hay nada más ridículo que una gallina de Surrey con levita oscura; ¿No es cierto? Pues bien; ahí tiene la respuesta a este pequeño enigma.
- ¡Por Dios, Holmes! – Protesté.
- Sí, sí; lo sé. – Suspiró - Una vez se explican todos los detalles, la solución aparece tan sencilla que cualquiera es capaz de asegurar que él mismo podría haberla averiguado. Que sólo le habría hecho falta fijarse un poco. Pero esa es la raíz de mi ciencia, Watson, la observación. No se atormente, no obstante. Usted no está hecho para alcanzar mi nivel.
Entornó los ojos mientras se pinchaba otra dosis de morfina en el talón de su pie izquierdo, mientras yo me preguntaba si debía lanzar su cuerpo por la ventana, o abrirle el cráneo con el cenicero de mármol que reposaba sobre la mesita de caoba del rincón. En ese instante sonó la campanilla de la entrada. Tres veces.
No podíamos saberlo entonces, obviamente, pero esos timbrazos nos anunciaban el inicio de una nueva aventura.
- Quien toca en la entrada es un cliente, Watson. Aunque claro, también puede que no lo sea. – Y dicho esto se retrepó en su sillón de orejas - ¿Ve? Es ciencia, Watson. Es ciencia.
Los pasos, algarabía de repiqueteos, resonaron en la escalera. Al poco; la señora Hudson nos anunció a un joven que tenía el cabello del color de los vertidos de las fábricas al Thames que, parado en el vano de la puerta, mordisqueaba distraídamente el ala de su sombrero.
- El señor Mortimer Brewster. – Declaró nuestra ama de llaves.
- Hmmm... ¿Se llama usted Mortimer? – Preguntó Holmes – Cuánto lo siento...
El hombre se mostraba nervioso. Alternaba el peso de su cuerpo entre uno y otro pie y nos miraba, de hito en hito.
- Tiene usted razón, señor Holmes – Dijo – Yo hubiera preferido llamarme Bonifacio, pero ya sabe, esta sociedad en la que nos ha tocado vivir...
- ¡Qué me va a contar, joven amigo! ¿Puede usted creer que todavía hoy está mal visto que a uno le agraden los corsés de encaje? ¿O los zapatos de tacón de aguja? ¡Dios! ¿Dónde vamos a ir a parar? Caray. Pero en fin; ¿Podemos saber cuál es el motivo de su visita?
El joven Brewster acabó de comerse el sombrero y, tras darse unos golpecitos en el pecho para facilitar la ingesta, se dejó caer a plomo sobre un sillón y comenzó su relato:
- Verá, señor Holmes; desde que tengo uso de razón trabajo en el negocio familiar. Siempre nos ha ido bien, aunque en los últimos meses es cierto que han bajado un poco las ventas...
- ¿A qué se dedican ustedes? – Le interrumpió el detective.
- Vendemos rayas para los pantalones.
- Ajá, ajá... – Musitó Holmes, entornando los ojos – Continúe.
- Bien, gracias. Le decía que últimamente había flojeado el negocio. Nada preocupante, si tenemos en cuenta nuestra cartera estable de clientes, a quienes acostumbramos a vender a razón de unas dos mil, o dos mil quinientas rayas por pantalón. Pero lo suficiente como para que mi padre, el señor Abraham Brewster, comenzara a plantearse poner en marcha una serie de medidas de austeridad.
- ¿Qué tipo de medidas?
- Nada ilegal, por Dios, no vaya usted a pensar... No es que escamoteara ninguna raya en los pedidos, ni nada por el estilo...
- ¿Entonces?
- Bueno, es sólo que las vendía un poquitín más finas, si usted me entiende...
- Mmm... – Gruñó Holmes - ¿Quiere usted insinuar que de cada raya hacía dos?
Brewster asintió con un ligero movimiento de la cabeza, quizá algo avergonzado.
- ¡Cielos! – Maldijo el detective - ¡Qué poca vergüenza!
- Sí; tiene razón, señor. Es algo inexcusable. Pero debe usted comprenderlo. Son tiempos muy difíciles para todos. Es muy costoso mantener a doscientos trabajadores chinos. Incluso teniéndolos hacinados en un cuartucho sin luz ni ventilación, de unos cuarenta metros cuadrados, en el sótano de la tienda.
- Tanta mano de obra...
- ¡Qué le voy a contar!
- Claro, claro. Me hago cargo. Pero no por ello su comportamiento deja de ser reprobable, joven. Prosiga.
- Verá, señor. Hace unos días, según se iba aproximando la fecha de su retiro, comencé a notar algo extraño en mi padre. Un comportamiento quizá algo fuera de lugar, algo... extravagante.
- ¿Cómo es eso?
- En principio parecían cosas sin importancia... se pasaba largos ratos mirando a través del escaparate de nuestra tienda, como si esperara la visita de alguien. O hacía equilibrios con una cucharilla de café en la punta de su nariz.
- Ajá...
- Pero después; cuando empezó a bailar polcas sobre el mostrador, y siempre a media mañana...
- ¡Por Júpiter! – Holmes se mostró vivamente interesado en ese punto de la narración. - ¿Polcas? ¿Está usted seguro?
- Completamente. Levantaba su pierna izquierda de manera característica.
- Su pierna izquierda...
- ¿Es importante? – La ansiedad se pintaba en el rostro del joven, como el bermellón se pinta sobre las mejillas de las cabareteras.
- Absolutamente. Eso quiere decir que no tiene ni idea de cómo se baila una polca. – Sentenció Holmes. – Pero prosiga, por favor.
- Poco más puedo agregar, señor. El pasado lunes se hizo efectiva su jubilación. Él parecía contento, feliz diría yo, y nosotros estábamos aliviados de poder relevarle en el negocio, y así librarle de tan pesada carga. Y sin embargo; anteayer por la tarde, después de tomar el té con picatostes, mi padre abandonó nuestro local y ya no hemos vuelto a verlo.
- Es... es espantoso.
- ¿Verdad que sí, señor Holmes?
- Ya le digo. ¿A quién se le ocurre tomar el té con picatostes?
Holmes entornó los ojos, revelando con ese gesto que se hallaba sumergido en las profundas reflexiones a las que le había empujado el relato de nuestro joven cliente. El señor Brewster, por su parte, se retorcía las manos, presa del más vivo estado de excitación.
Así transcurrieron unos minutos; Holmes meditando, yo ejerciendo de mero espectador del drama, y Mortimer Brewster midiendo la flexibilidad de sus articulaciones. Cuando al fin consiguió romperse dos dedos, se quebró también su resistencia:
- Señor Holmes, por amor de Dios. ¿Qué tiene usted que decirme?
- Creo que voy a comer unos huevos revueltos con bacon. Avisaré a la señora Hudson.
- ¡Holmes, por las barbas del profeta! – Le grité, escandalizado ante su falta de sensibilidad.
- ¡Por favor! – Dirigí una significativa mirada a nuestro visitante. - ¿Elige usted bacon, pudiendo tomar tocino de Essex?
- ¡Ah, pues tiene usted razón! Donde esté el tocino de Essex...
- ¡Dónde va a dar! – Asentí, complacido.
El joven nos miraba desesperado.
- Pero bueno; ¿Y de lo mío, qué?
- Sí, claro. – Holmes sonrió. – Lo suyo, claro. Tengo que hacerle algunas preguntas, por supuesto.
- Lo que sea, señor, con tal de que le ayude usted a resolver este misterio.
- ¿Conoce usted a alguien que quisiera hacer desaparecer a su señor padre, por algún motivo? ¿Tiene enemigos, alguien que le odie?
- No sé... Su sastre, quizá.
- Eso no es relevante. Mi sastre también me odia.
- Ya, claro. No, entonces no.
- ¿Es jugador, o tiene algún vicio que le pueda suponer importantes pérdidas de dinero?
- No, señor. ¡Por Dios!
- ¿Tiene aficiones, que usted conozca?
- No, señor. Desde que mi madre, tristemente, no está entre nosotros, mi padre ha abandonado la bebida y ha dejado de hacer puzzles de mil piezas.
- ¿Su madre de usted ha fallecido?
- Sí señor; hará unos cinco años.
- ¿Y él no ha vuelto a contraer matrimonio?
- No, señor.
- Oh. Un hombre viudo. Eso entonces descarta que sea un hombre infeliz. Mmm... Una última cuestión, joven. ¿Cuántos años tiene su padre?
- Pues... cumplirá sesenta y ocho el próximo Junio.
- Sesenta y ocho... sesenta y ocho... Bien, bien... Eso es muy esclarecedor. ¡Definitivo, diría yo! Ya está todo claro; entonces.
- ¿Cómo?
- ¡Cielo Santo, Holmes! No pretenderá usted decirme que...
- ¡Por supuesto, Watson! Es un misterio la mar de sencillo. Páseme el periódico, si hace el favor.
Presuroso cual gacela Thompson, acerqué el diario del día a mi compañero, quien lo hojeó rápidamente, en busca de Dios sabe qué información.
- Ajá, bien. ¡Perfecto! – El prodigioso detective rió, seguro de lo acertado de sus deducciones. – Si a ustedes les parece bien – Casi gritó, exultante – podemos salir ahora mismo.
- ¡Por los leotardos de la Venus de Milo! – Maldije.
- ¡Vamos, vamos pues! – Imploró el joven.
Bajamos las escaleras como almas llevadas por el diablo y, una vez en la calle, hicimos parar un carruaje.
- ¡A St. James Street! – Bramó Holmes.
Durante el trayecto; el rostro del joven Brewster transmitía una mezcla desigual de ansiedad febril y de admiración entregada hacia mi compañero. Holmes, por su parte, se inyectaba su enésima dosis de morfina, ésta vez en la aleta derecha de la nariz.
Atravesamos las arterias de la gran urbe a toda velocidad y conforme se sucedían los minutos comencé a notar que un peso, como de plomo, amenazaba con lastrar mi viejo corazón de soldado. ¿Y si el sagaz sabueso había errado la pista?
Por fin; una sonrisa iluminó el rostro de mi compañero, que golpeó la pared del carruaje para indicar al cochero que se detuviera.
- ¡Bien; hemos llegado! – Clamó, y bajó del coche de un prodigioso salto.
Una vez hubimos satisfecho la cuenta de la carrera, Brewster y yo nos reunimos con él.
- ¿Y bien? – Inquirió el joven - ¿Dónde está mi padre?
Holmes señaló hacia el final de la calle, lugar en el que había, reunidos, un nutrido grupo de personas.
- Deberá usted hallarlo en compañía de esos otros hombres, si no me equivoco.
Nuestro cliente dirigió a mi compañero una mirada atónita, estupefacta y algo estrábica.
- ¿Ahí, dice? ¿Está usted seguro?
- Absolutamente. ¡Venga, acérquese!
Observamos cómo el muchacho, con paso decidido, se dirigió hasta el lugar indicado.
Una vez llegó, vimos cómo entablaba una corta conversación con un hombre de los que se hallaban allí para, después, fundirse con él en un fraternal abrazo. Holmes estaba hinchado como un pavo.
- Ea, Watson. – Sentenció – Aquí ya hemos terminado. Vayámonos a casa.
Durante el trayecto de vuelta, mi admirado compañero de aventuras sostuvo un obstinado silencio. No fue sino hasta que estuvimos acomodados en nuestras habitaciones de Baker Street, desparramados sobre nuestros sillones e inmersos en la tarea de acabar con todas nuestras reservas de tabaco, que procedió a aclararme el misterio.
- Pues en realidad ha sido muy sencillo, Watson. – Me dijo, mientras prendía su pipa de espuma de mar – Lo único que debe uno hacer, como ya hemos hablado en más de una ocasión, es tomar todos los datos de los que disponga, reunirlos, y elaborar una hipótesis con ellos.
- ¿Quiere usted decir..?
- Que la solución a este modesto problema estaba ante nuestros ojos desde el principio.
- ¿Cómo así?
- Fácil. Verá usted; los datos de los que disponíamos eran los siguientes: el señor Brewster, padre, acababa de retirarse. Tenía casi sesenta y ocho años y, aunque no entraba en la categoría de anciano, sí podríamos llamarle viejo; ¿Correcto?
- Er... Sí, bueno. Supongo que sí.
- Bien. Durante toda su vida había permanecido activo... un hombre capaz de bailar polcas sobre el mostrador de su negocio, si usted me entiende...
- Sí.
- No tenía aficiones o vicios, ni debía dinero. Además estaba viudo. Un hombre cuya vida se había vuelto gris... ¿Ve dónde quiero ir a parar?
- ¡Por Dios, Holmes, no! ¿Quiere usted hacer el favor de sacarme de esta oscuridad?
El detective suspiró, armado de una buena dosis de paciencia.
- A ver; ¿Qué hace un viejo cuando no tiene nada más que hacer? ¿En qué es capaz de perder las horas muertas?
- No... No sé.
- ¡Pues se va a la calle, a mirar las obras y a criticar a los obreros! ¡Esto es así, desde el principio de los tiempos! Así que, para encontrarle, tan sólo tuve que pedirle a usted el periódico. Recordaba haber leído que acababa de iniciarse una tarea de reemplazo del adoquinado en St. James Street, y quería confirmarlo. Una vez lo hube hecho; me hallaba en disposición de conducir a nuestro joven cliente junto a su padre.
- Maravilloso... – Tan sólo acerté a decir.
- Bah, no tiene importancia. – Dijo Sherlock Holmes, al tiempo que se pinchaba una dosis de morfina en el codo.
martes, 14 de septiembre de 2010
Cartas de amor (una historia rural)
Los veleidosos designios del Destino quisieron que Anna Hovercraft, vecina de los Hamptons, New York, heredase el rancho que había sido propiedad de sus abuelos en Dumbville, Kansas. De entre todos los utensilios, aperos y enseres que tuvo que inventariar, y sobre cuya suerte le tocó decidir, hubo un objeto que acaparó especialmente su atención. En el fondo de un cajón de la cómoda en la que su abuela guardaba la ropa blanca, encontró una pequeña caja de latón, oscurecida por el tiempo, que contenía la correspondencia que los propietarios habían mantenido mientras fueron novios. Como un tesoro de valor sentimental incalculable, la señorita Hovercraft decidió preservar aquél pedazo de su propia historia y evitar así que se perdiera en el olvido. Y como la urraca ávida de ganancias que es, intentó lograr que algún incauto acabase por publicar las cartas. Por fin halló al señor S. Aúreus quien, tras las oportunas negociaciones y un par de ansiolíticos, adquirió los derechos de la historia. A continuación; y tras haber seguido un riguroso método de selección literaria, consistente en lanzar el montón de legajos al aire y elegir sólo los que cayeron encima de la mesa del escritorio, me complace reproducir algunos fragmentos de la obra resultante:
11 de Junio.
Estimada señorita Mendeléiev.
En primer lugar; quisiera manifestarle cuán emocionado estoy al iniciar esta correspondencia. Sus padres de usted han sido muy generosos al permitirme cortejarla, y acepto como un cariñoso cumplido el apelativo de comadreja miserable con que su progenitor me regala asiduamente.
Debo decir que estaba usted especialmente radiante en el baile de los cosechadores, que se celebró la semana pasada en la plaza del pueblo, y que el vestido azul que llevaba realzaba de buena manera sus ya de por sí generosas carnes. Al llegar a la pieza titulada “Iba yo a dar de comer a los gorrinos cuando, de repente, apareciste tú”, el hecho de que aceptara usted ser mi pareja me provocó una sensación de mareo parecida a la que provoca el whiskey que vende el viejo Smithy.
Aguardo con impaciencia el próximo Domingo, para poder acompañarla a la iglesia y volver a mirar su lindo rostro.
Afectuosamente suyo;
Aaron Johnson.
P. D. Llevaré mi entrepierna protegida con la tapa de una lechera de latón, en previsión de que al hermano de usted, qué simpático, se le ocurriera atizarme de nuevo una patada en semejantes partes.
16 de Junio
Estimada señorita Mendeléiev.
Pesa sobre mí la sospecha de que no soy un buen cristiano, pues debo reconocerle que pasé todo el oficio, incluido el sermón del reverendo Mc Cormack, pendiente de usted. Su cabello rubio se me parece a la cebada que crece en los campos, y me resulta encantador ese gracioso ceceo con que lee los Salmos.
Además; en determinadas ocasiones, algunos de sus gestos me recuerdan a cierta ternera de nombre Dorothy, que tuvimos que sacrificar prematuramente y a la que yo tenía especial afecto.
Temo no obstante que cedí al ardor juvenil, descuidando mis obligaciones para con Nuestro Señor, y ahora dudo entre si debo confesarme o purgarme con ricino, a qué negárselo.
Dentro de poco será la feria del ganado de la comarca, y confío poder acompañarla al concurso de bebedores de cerveza.
Afectuosamente suyo;
Aaron Johnson.
P. D. Lamento mucho que su hermano de usted acabara por fracturase tres dedos de su pie izquierdo.
20 de Junio.
Apreciado Aaron.
Se me hace extraño tratarte con semejante familiaridad. Sí; ya sé que mi padre ha dado su permiso para que nos tuteemos, y que se reafirmó en ello de esa manera tan entrañable y dulce que él tiene para contigo cuando, la otra tarde, te lanzó a la cabeza la sartén de hierro de hacer gachas. Por cierto; ¿Te duelen los puntos de sutura? Espero que no te hayas enfadado con él. Debes entenderle; en ocasiones se comporta como un chiquillo.
Qué quieres que te diga, Aaron; no puedo evitar esta zozobra. Yo soy una muchacha sencilla, de pueblo, y todo esto me emociona y, a veces, me supera. Nunca he tenido novio y sólo el pequeño de los Robbins, que en paz descanse, hizo intento de cortejarme. Y entonces teníamos, si mal no recuerdo, doce años.
Yo también estoy deseando que llegue la feria del ganado, y que asistamos juntos al concurso de bebedores de cerveza. Espero que no le hicieras mucho caso a mi padre cuando dijo aquello de que tu virilidad quedaría por los suelos al descubrir que una mujer es capaz de beber mucha más cerveza que tú. Lo hacía sólo para chincharte. Aunque debo advertirte que hiciste mal al desafiarme. Lo único que necesito para ganarte es un barril al que pueda echarle convenientemente el guante, y que te apartes cuando llegue el momento de eructar.
Por otro lado; espero que me hagas caso y en un futuro compres el aceite de ricino en la tienda del viejo Mogensen. No creo que sea muy sano ir al retrete doce veces en quince minutos. Además; que se te ve mala cara.
Creo que me estoy alargando en esta carta, y no sé si eso será muy decoroso. No quiero que pienses que soy una descarada.
Con todo afecto;
Martha Mendeléiev.
23 de Junio.
Querida Martha.
Sí; te llamo querida porque te quiero. Y porque creo que estoy delirando de fiebre a consecuencia del aceite de ricino en mal estado, y de que más de la mitad de los puntos de sutura que tengo en la cabeza se me han infectado.
Leo una y otra vez tu última carta, y una emoción indescriptible se apodera de mi corazón. Ahora sé lo que es estar enamorado de verdad. Ni siquiera el asno rosa con el que me encontré en el patio esta mañana, cuando iba a lavarme en el abrevadero, me ha provocado tal estado de excitación. Aunque debo decir que la vaca vestida de cabaretera que tengo a mi lado, y que canturrea “Love is in the air” mientras escribo estas líneas, me desasosiega un poco. Quizá porque le falte bajar una octava en el estribillo. No sé.
Martha, querida: Te adoro. He convencido a mi padre para que me ceda las tierras que tiene al oeste, junto a los pantanos. He decidido que la próxima primavera comenzaré a construir una casa allí. Es un lugar precioso; te va a encantar. Lo único malo es que está plagado de unos mosquitos tan grandes como gorriones.
No quiero que me juzgues como demasiado impetuoso. Es sólo que estoy dispuesto a todo por ti. Y que, bueno; que tú ya no tienes edad para que nos andemos con tonterías. Que se te va a pasar el arroz y somos pocos mozos en el pueblo, así que...
Si todo va bien, el próximo Domingo iré a buscarte para que vayamos juntos a la iglesia.
Estoy deseando que llegue.
Con todo mi delirio;
Aaron Johnson.
25 de Junio.
Apreciado Aaron.
Aún estoy reponiéndome de la impresión que me ha causado tu descaro. Yo achaco esas palabras tan impetuosas e irreflexivas al estado en el que te encuentras y por eso las perdono pero, por Dios, hacer planes de futuro cuando aún no hemos llegado ni a tomarnos de la mano...
No digo que no me halague, por supuesto que sí. Pero no creo que aún sea el momento de que pensemos en estas cosas. Va usted un poquito rápido; ¿No le parece, señor Johnson?
Debes hacerme caso, querido. La tradición, las Sagradas Escrituras y la escopeta de caza de mi padre nos aconsejan tomarnos nuestra relación con calma y con prudencia.
Espero que te repongas pronto y que, junto a la salud, recuperes el buen juicio.
Con cariño;
Martha Mendeléiev.
P. D. Por cierto; espero que no estés considerando en serio lo de llevarme a vivir a una ciénaga apestosa, porque vas listo. Ya estás buscando un sitio mejor donde construir nuestra casa. Ah, y que tenga granero.
03 de Julio.
Querida Martha.
Por fin hemos paseado juntos, como novios formales, por el camino del Este. Me siento muy dichoso aunque, para ser sincero, preferiría no tener a tu hermano de carabina. Llámame aprensivo, pero no estoy seguro de que el empujón que me dio, cerca del río, fuera del todo accidental.
Tengo que acercarme a la ciudad a comprar tabaco de mascar, una azada nueva y algunas cosas más.
El par de días que pasaré, lejos de ti, se me harán eternos.
Cariñosamente;
Aaron Johnson.
14 de Julio.
Querida Martha.
Por fin el señor Jenkins me ha vendido su terreno. Es un lugar precioso, desde el que se puede ver
Mi padre dice que me regalará un par de vacas, con tal de que me vaya de una vez, y mi madre se pasa el día llorando. Creo que se sienten felices por mí.
Con cariño;
Aarón Jonson.
25 de Julio.
Querida Martha.
Aún no acierto a explicarme qué fue lo que pasó el otro día.
Sólo recuerdo que el sembrado del abuelo Trevithick comenzó a arder, y fuimos todo el pueblo a apagarlo.
Y el humo nos rodeaba, y un dulce aroma desconocido hasta entonces se apoderó de mis sentidos y te vi, con tus rubios cabellos sueltos cargando cubos de agua, como una mula de grupa generosa y... bueno; y se encendieron mis instintos.
Me pregunto qué demonios había sembrado el viejo Trevithick en aquella tierra.
Estoy atribulado, turbado.
No sé qué vamos a hacer.
Con zozobra;
Aarón Jonson.
2 de Agosto.
Querido Aaron.
Estos últimos días han sido una auténtica locura. He escondido la escopeta de mi padre, aunque dice que si te encuentra a menos de una legua de nuestra granja te matará con sus propias manos.
Estoy muy preocupada por él. Camina sin rumbo de un lado a otro diciendo no sé qué sobre el Apocalipsis y sobre sacrificar un cordero. Mi madre está acabando con las reservas de aguardiente de nuestra despensa. Se pasa las noches cantando viejas serenatas rusas.
El único que parece haber salido mejor parado de aquella fatídica noche es mi hermano, que se ha hecho inseparable de Edward, el menor de los Smith. El otro día creí verles paseando, por el camino del Este. Por un momento pensé que iban cogidos de la mano, si tal cosa no fuera imposible, claro. ¡En fin; no sé, serán cosas mías!
No sé qué vamos a hacer, querido. Tenemos que vernos y hablar. Así no podemos continuar.
Tu Martha.
18 de Agosto.
Te escribo estas pocas líneas ante la imposibilidad de acercarme a tu casa. No contamos con que tu padre se podía comprar otra escopeta. He hablado con el reverendo Mc Cormack y ha convenido en casarnos a finales de Septiembre. Antes resulta imposible; pues ha habido una avalancha de peticiones por parte de todos los jóvenes de la comarca y la iglesia apenas da abasto.
Confío en que para esas fechas aún puedas entrar en el traje de novia de tu madre.
Tu futuro esposo.
Aaron.
lunes, 26 de abril de 2010
Johnny and me
En escena; una silla y una actriz.
Oscuro.
(Este monólogo se estrenó, en su versión en español, en Madrid, en la sala "La Tirana Malas Artes". El 17 de Abril de 2010)




