domingo, 26 de enero de 2014

Triste noticia

El conocido escritor Ludovico Manieri di Corso -revelamos en exclusiva este doloroso secreto- es, como puede apreciarse en esta fotografía, casi completamente mudo.

jueves, 26 de diciembre de 2013

¿Puede un señor ser confundido con una locomotora?


Hombre, peliaguda pregunta es la que usted me plantea.
Así, a bote pronto, yo diría que no. Pero si he de ser riguroso, debo emplearme en contestar este tipo de cuestiones con meticulosidad. Y con una estilográfica.
Uno debe pensar en las ventajas y en las desventajas que ofrecen las locomotoras y los señores, y así ir desmadejando el hilo de su pensamiento, como Penélope deshacía el tapiz cada noche, o mi tía Enriqueta deshace la bufanda que le está haciendo a mi sobrina porque se equivoca siempre con los puntos.
Para ilustrar ésta exposición, por tanto, voy a poner como ejemplo a mi amigo Mariano, que es un señor muy serio porque es Registrador de la Propiedad, y tiene barba.
En primer lugar; hay que decir que las locomotoras contaminan mucho, sobre todo si tienen una caldera de carbón. Mi amigo Mariano no tiene caldera incorporada, pero en cambio fuma unos puros gordísimos. Y eso, es cierto, les hace parecerse bastante. En contra, hay que decir que las locomotoras se ven obligadas a mantener ciertos caminos, es decir, a transitar por los mismos raíles si no se construyen otros, y mi amigo Mariano cambia de opinión cada dos por tres, como una veleta cambia su orientación a merced del viento, o una señorita cambia su gusto por los zapatos cada temporada.
Además; las locomotoras suelen estar pintadas de color negro y rojo, adornadas con remaches de cromo dorado, y llevan la matricula grabada en un lateral. Y yo, por mucho que miro a mi amigo Mariano, debo confesar que no le encuentro la matrícula por ningún lado.
Así que, a primera vista, mi amigo Mariano no parece una locomotora, porque no tiene caldera, ni chimenea, ni hace chucuchú.
Sí se parecen, a decir verdad, en el elevado coste económico que supone mantenerlos. Y en que arrastran a un montón de gente tras de sí.
Por no mencionar que el hecho de cumplir sus compromisos para con los demás les importa tanto, a cualquiera de los dos, como el saber a cuánto está el kilo de guano fosfatado. 
Sin embargo, hay que detenerse un momento a reflexionar llegados a este punto. Porque reflexionar es tan importante como usar una talla adecuada de ropa interior. Y después de reflexionar un rato, yo me pregunto; ¿Qué derecho tenemos nosotros a comparar a un señor con una locomotora?
¿Es que una locomotora tiene más sentimientos que un señor? ¿O acaso un señor puede parecer menos egregio, majestuoso y rimbombante que una locomotora?
¡Qué a la ligera podemos llegar a tomarnos los escritores, las coristas y los notarios éstas y otras cuestiones, vive Dios! Siendo tan superficiales, tan vacuos, sólo conseguiremos, me temo, llegar ofender a los señores. Y lo que es peor, llegar a ofender a las locomotoras.
De tal forma que, supongo, debo poner fin a mi disertación sin ofrecer una respuesta adecuada a la pregunta que usted me ha formulado, amigo mío.
Tal vez lo único que pueda decir sin faltar a la verdad, ni a mis principios ni a mi abuelita Gertrudis, que no tiene nada que ver con esto pero a la que me apetecía mencionar, es que yo no confundiría a mi amigo Mariano con una locomotora. No podría.
Hombre, quizá sí podría confundirle con un ficus retusa. O aún con una grácil gacela Thompson.
Pero eso es otra historia.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Juana


Mira que me cuesta, últimamente, tomarme en serio la posibilidad de montar algo nuevo para teatro.
Que no es por nada, entiéndeme… Es que supone un esfuerzo, y una inversión de tiempo y energía cada vez mayor.
Y uno ya tiene una edad.
Pero ahí está Tamara, entusiasta, trabajadora, vital, y enamorada de un texto (Juana) que trata sobre la reina de Castilla (la Loca)…
Y ante un ciclón arrollador, como es aquí mi actriz (y amiga)… no hay quien se resista.
Te dejo la dirección de un blog en el que recogemos un pequeño diario de ensayos. Espero que te guste…
…y que lo sigas.


viernes, 17 de mayo de 2013

Otra vez Johnny...


Siempre es un motivo de orgullo que la gente (la buena gente) del teatro se interese en alguno de tus textos hasta el punto de querer llevarlo a escena.
Hoy, más que nunca, son malos tiempos para los comediantes. Por eso estas cositas te alegran tanto.
A principios de este año montamos “Johnny…” (sí; otra vez Johnny) en la sala “El Montacargas”, en Madrid. Tamara Rosado es una actriz maravillosa, que ha hecho de Faith mucho más que una interpretación, llevándola al punto más humano posible.
Fue un exitazo (que sí, que sí, que prorrogamos y todo…).
Y ahora competirá en la primera edición del certamen escénico que ha convocado “La escalera de Jacob”, por lo que me apetece postear el vídeo que hemos colgado en You Tube. Para que se vea, que merece la pena. Está precedido de “Si tú; amor”, un poema (de un servidor) que interpreta la insuperable Eva Manjón y que acompaña al monólogo al principio de la función.





Además; hace unos días que Raquel Escribano (muy grande, la Escribano), lo puso en pie en Valencia, en la sala “Ultramar”, con el apoyo del gran Ricardo Herrero. Y también me apetece subir ese enlace, qué coño.



Espero que lo disfrutéis.






martes, 30 de octubre de 2012

El ingeniero


La casa estaba en silencio.
Elizabeth se había ido a la ciudad aquella mañana temprano, pues había quedado con las arpías de sus amigas. Primero tomarían el brunch, que alargarían hasta casi las tres de la tarde, y luego se dedicarían a gastar demasiado dinero haciendo compras innecesarias, y seguramente absurdas. A lo largo de su vida Gabriel Stenmaier, el otrora famoso ingeniero, había intentado un sinnúmero de veces entender la manera de pensar y de actuar de las mujeres. Sin éxito, por supuesto.
Lo importante es que, por fin, estaba solo.
El fin de semana habían recibido la visita de sus hijos y de sus nietos. Los adultos habían saqueado la bodega y los pequeños habían disminuido notablemente el número de elementos decorativos de porcelana y cristal de la casa, merced a su juego de pelota.
Gabriel Stenmaier anduvo renqueando, maldita espalda, hasta su escritorio. Se sirvió un vaso de Talisker 18 y bebió un largo trago.
Se sentó y buscó con la mirada el retrato de Elizabeth. Una hermosa fotografía en blanco y negro, arropada por un elegante marco de plata. En el momento en que se lo hicieron, ella debía tener dieciocho o diecinueve años. Había sido una mujer preciosa. De hecho; aún conservaba gran parte de su belleza. Tenía unos enormes ojos de color gris y una sonrisa maravillosa, capaz de fijarse en la retina, como si uno hubiera cometido el desatino de mirar al sol directamente.
En el retrato; ella llevaba al cuello un collar de brillantes del que pendía una hermosa perla con forma de lágrima. La joya dibujaba graciosamente el contorno de la base de su cuello y acababa reposando sobre su escote, expuesto con una coqueta prudencia gracias a un vestido que fue de seda y tul.
Stenmaier apuró el  whisky y se sirvió otro vaso. Abrió el primer cajón del escritorio y sacó su revólver. Comprobó que estaba cargado.
Bebió el licor de un trago. Apoyó la boca del cañón sobre su sien y apretó el gatillo.

viernes, 27 de julio de 2012

Volar

Aquella mañana el horizonte tenía un color azul desvaído, casi sucio. Una fina raya naranja, desdibujada por un jirón de nube, dejaba constancia de que ya había amanecido. Parecía un resto de yema de huevo manchando el plato. 
El sol, el maldito sol, no se dejaba ver por ningún lado.
-Aluego a la una no habrá Dios que pare. – Masculló Castrejón, como si me hubiera leído el pensamiento.
Asentí con la cabeza y me volví un poco de costado, para mirarle. Castrejón era un cacereño nervioso. Era un mozo, casi un niño, pequeño y moreno. Tenía el abundante pelo negro siempre revuelto, pero en cambio, cuidaba su bigotillo de galanzuelo con esmero. Estaba tumbado boca arriba, a mi lado.
-¿Tienes tabaco? – Le pregunté.
-No, paisano. Igual le queda algo al Arteaga. – Vio mi mueca de fastidio. – Pues tú verás, marqués… Como no se lo pidas; no fumas.
Me senté en el saco y aparté un poco, solo un poco, el Mauser.
-Ea, pues no fumo.
-Cagon tó, marqués. ¡No tienes tú orgullo, cojones!
-Ya…
-Ten cuidao, que vas a perder eso…
Me miré al pecho. La insignia estaba abierta. Debía habérseme enganchado en algún sitio. Me la quité de la solapa, inspeccioné el cierre, y cuando hube comprobado que estaba bien, la froté contra la manga de la zamarra y volví a prendérmela. Castrejón había observado todo el proceso con sus ojillos de hurón clavados en mí.
-¿Lo echas de menos?
-¿El qué? ¿Volar?
El mangurrino gruñó un sí.
-No. No creas. – Hizo un gesto, como encogiéndose de hombros. Agarré el Mauser y me lo coloqué sobre las piernas. Nos moveríamos de allí en un par de horas, como máximo, y quería asegurarme de que el cerrojo estaba limpio.
-Pues nada, marqués. Voy a echar una meada y a recoger el petate. – Se levantó, dio dos pasos y antes de echar el pie para el tercero se volvió. – Si quieres; le pido yo el tabaco al Arteaga.
-No; déjalo. Ya no tengo ganas.
Volvió a encogerse de hombros. Dio media vuelta y bajó trastabillando la pequeña loma que quedaba al otro lado de las trincheras, buscando un árbol contra el que aliviarse, más por andar un poco que por vergüenza.
Miré hacia el cielo. Éste era un buen día para volar.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Fotografías


Por primera vez, y sin que sirva de precedente (que este blog lo utilizaba tan sólo para publicar mis escritos, coñe) voy a mostrar unas cuantas fotos que (si todo va bien) formarán parte de una próxima exposición (a la que espero que no faltéis, malandrines...)

lunes, 25 de abril de 2011

Mi encuentro con un escritor serio

Esta mañana he quedado para tomar el vermú con un escritor serio. Este señor, al que admiro sinceramente, mantiene una relación con una amiga mía. Mi amiga, con la candidez propia de las personas entusiastas y de las ensaladas de col, llevaba mucho tiempo insistiéndome para que el mencionado encuentro tuviera lugar. “Será genial”; decía. “Al fin y al cabo; los dos tenéis el mismo oficio.”
De entrada debo decir que un escritor serio así, de cerca, impresiona muchísimo. O sea; respira, toma cañas y se hurga la nariz a escondidas, como si fuera una persona normal. Cierto es que lo hace todo de una forma peculiar, a qué negarlo. No sé si es lacónico, lánguido o estrábico, pero cuando uno le mira no puede evitar pensar: “Uauh, ese tío es escritor, me juego lo que quieras. Escritor serio, además”.
Aunque a mí lo que más me gusta de él es la manera en que fuma. Mantiene el cigarrillo colgado de la comisura de los labios dejando que se consuma y, cada cierto tiempo, le propina una larga chupada con los ojos entornados. Yo he intentado hacer lo mismo; pero me atraganto con el humo y rompo a toser como si fuera un estibador portuario esloveno, de esos en cuyo nombre no hay ni una puta vocal.
Al principio todo ha ido bien. Hemos hablado de teatro, de cine y de política y ha sido una conversación amena y fluida. Es decir; que nos hemos mentido como bellacos.
Pero con su segundo pincho de tortilla, y su tercer vermú con self y rodajita de naranja (yo bebo cerveza; soy así de simplón), la historia ha empezado a tomar un cariz... digamos que algo inesperado.
El escritor serio ha adoptado una pose de superioridad condescendiente, apoyando el codo en la barra (mientras el resto de su cuerpo dibujaba una silueta que recortaba contra el marco de luz que escapaba del baño en un ángulo casi imposible), y ha enarcado la ceja en un gesto muy propio de Vincent Price.
“Sí, bueno”; ha dicho. “Vosotros hacéis ficción ligera, entretenimiento... Buscáis la risa fácil, y eso se consigue con un par de chistes, algún chascarrillo, ya sabes... Además; hay que tener en cuenta que contáis con la inestimable ayuda de los actores, que son quienes realmente conocen al público. Es decir; que si el texto de una función de teatro, o el guión de un capítulo de una serie de televisión, pongamos por caso, no funciona; siempre habrá un actor que con sus tablas, con su experiencia, acabará salvando el papelón. Y si no... Bueno; en fin. Tú eres un cómico, un humorista... Tú sólo haces reír. Hacer reír es fácil; ¿No? En cambio nosotros; los escritores serios, lo tenemos más difícil. Hay que construir una historia, diseñar unos personajes, trabajar sobre la estructura, sobre la coherencia del relato... Tenemos la obligación de cuidar el lenguaje, y de hacer algo único, capaz de emocionar. No puedes imaginarte lo que eso supone. En ocasiones es casi dramático; no sé si me entiendes.”
En momentos así; no puedo negártelo, uno echa de menos su bate de béisbol.
Así que nada; he suspirado afectadamente, como si comprendiera de golpe la inutilidad de mis años de estudios, de mi experiencia y de mi vida en general, he lanzado una devota mirada al generoso escote de la camarera (yo creo que a esta muchacha la conozco, aunque ahora mismo no recuerdo de qué...) y he rezado fervorosamente, pidiendo a Dios que el escritor serio muriera atragantado con su tortilla, o con un anacardo, entre agónicos estertores.
Lo siento por mi amiga, no creas. Debe ser agotador vivir con un tío tan intenso.
Y lo siento por él también... Debe tener las nalgas tan apretadas que seguro que no le cabe, entre ellas, una moneda de euro de canto.
Pero no puedo dejar de admirarle. Además de su inestimable contribución a la historia de la literatura, ha hecho por mí algo por lo que le estaré eternamente agradecido...
Su último libro tiene la extensión idónea para calzar la pata de mi cama.
Por fin podré dormir a gusto.

jueves, 17 de febrero de 2011

Nostalgia cubana

En realidad; se llamaba Raúl. Raúl Mateos. Pero de los buenos tiempos, de "aquellos buenos tiempos" en los que peleaba y hasta había tenido la oportunidad de ser algo, quizá campeón, le había quedado otro nombre: "Martillo Mateos".
Era un cubano alto, grande, inabarcable. Tenía la piel de color caoba y una expresión en el rostro que parecía querer decir: "no me estoy enterando de nada. Y por mucho que me lo repitas; voy a seguir sin enterarme".
Estaba casado con una hermosa mulata, Graciela, y era padre de dos críos muy guapos, aunque malos como demonios.
Graciela importó de su Habana natal la costumbre de organizar timbas en la casa. Preparaba café y bollos para comenzar, y tenía bien surtido el mueble bar para después. En su casa sólo se jugaba con dinero, y estas timbas le reportaban unos ingresos extra nada despreciables.
Nunca habían tenido problemas; salvo quizá aquella vez que ese tipo flaco, Gonçalves, se había bebido un par de ginebras de más y se puso insolente con Graciela. Aunque bastó una mano de Martillo (unas manos como racimos de plátanos) sobre el hombro del portugués para que a éste se le quitaran de golpe la borrachera y las ganas de acercarse a la mulata...

miércoles, 12 de enero de 2011

Sherlock Holmes y el extraño caso del señor Brewster

Fue en la primavera del 87, unas pocas semanas después de que Holmes concluyera las investigaciones que le llevaron a descubrir al terrible “Asesino del lunar coquetón en el muslo”.
Aquel día nos hallábamos, como de costumbre, en nuestras modestas habitaciones de Baker Street. Él fumaba profusamente en pipa, y yo lloraba a lágrima viva a consecuencia del humo.
- Tiene usted razón. – Me dijo de repente, con ese laconismo propio de su carácter y de los calamares a la romana – A sir Edward Rotblat le sienta fatal el negro.
Su capacidad para el análisis y la deducción no dejaba de asombrarme. Nunca pude descubrir cómo era capaz de llegar a según qué conclusiones.
- ¿Perdón..? – Apenas pude balbucir.
- Oh, no es nada, querido Watson. No se incomode usted. A las mentes superiores los pequeños detalles se nos antojan como fragmentos de un rompecabezas, que debemos ir encajando poco a poco, con paciencia. El resultado final acaba siendo la lectura lineal de los pensamientos de los homínidos inferiores.
- ¡Holmes!
- Oh, está bien, de acuerdo; se lo explicaré. Hace poco más de una hora, mientras yo me inyectaba la tercera dosis de morfina del día en el lóbulo de la oreja, le vi mirar distraídamente por la ventana. Me preguntaba qué podría haber llevado a alguien como usted, de natural tan dado a la ensoñación, a perder el tiempo con un paisaje tan poco atractivo. Entonces reparé en que se mesaba los bigotes y sus labios dibujaban un gesto sutil, y casi diría que pícaro. ¿Watson sonriendo? Vaya, vaya. La cosa se ponía interesante... Sabía por la señora Hudson que esta mañana había usted atendido en consulta a sir Edward, a propósito de esa pequeña afección que padece, y que le obliga a caminar a la pata coja a la vez que imita el cacarear de una gallina oriunda de Surrey.
- Sí, admito que me ha visitado sir Edward, pero...
- Está perfectamente claro, como sin duda ya podrá usted adivinar por sí mismo si tiene en cuenta, naturalmente, que el señor Rotblat ha iniciado hace poco su carrera política...
Sacudí la cabeza con vehemencia.
- ¿Y bien?
- ¿Aún no lo ve, viejo Watson? ¿No? – Replicó, creo que algo decepcionado - Oh, en fin, no sé por qué me extraño. Verá: es de sobra conocido que cuando un hombre entra en política su ética, su moral y sus principios fallecen sin remedio. Así que es de ley que ese caballero vista de negro. De luto riguroso. Y coincidirá conmigo, por supuesto, en que no hay nada más ridículo que una gallina de Surrey con levita oscura; ¿No es cierto? Pues bien; ahí tiene la respuesta a este pequeño enigma.
- ¡Por Dios, Holmes! – Protesté.
- Sí, sí; lo sé. – Suspiró - Una vez se explican todos los detalles, la solución aparece tan sencilla que cualquiera es capaz de asegurar que él mismo podría haberla averiguado. Que sólo le habría hecho falta fijarse un poco. Pero esa es la raíz de mi ciencia, Watson, la observación. No se atormente, no obstante. Usted no está hecho para alcanzar mi nivel.
Entornó los ojos mientras se pinchaba otra dosis de morfina en el talón de su pie izquierdo, mientras yo me preguntaba si debía lanzar su cuerpo por la ventana, o abrirle el cráneo con el cenicero de mármol que reposaba sobre la mesita de caoba del rincón. En ese instante sonó la campanilla de la entrada. Tres veces.
No podíamos saberlo entonces, obviamente, pero esos timbrazos nos anunciaban el inicio de una nueva aventura.
- Quien toca en la entrada es un cliente, Watson. Aunque claro, también puede que no lo sea. – Y dicho esto se retrepó en su sillón de orejas - ¿Ve? Es ciencia, Watson. Es ciencia.
Los pasos, algarabía de repiqueteos, resonaron en la escalera. Al poco; la señora Hudson nos anunció a un joven que tenía el cabello del color de los vertidos de las fábricas al Thames que, parado en el vano de la puerta, mordisqueaba distraídamente el ala de su sombrero.
- El señor Mortimer Brewster. – Declaró nuestra ama de llaves.
- Hmmm... ¿Se llama usted Mortimer? – Preguntó Holmes – Cuánto lo siento...
El hombre se mostraba nervioso. Alternaba el peso de su cuerpo entre uno y otro pie y nos miraba, de hito en hito.
- Tiene usted razón, señor Holmes – Dijo – Yo hubiera preferido llamarme Bonifacio, pero ya sabe, esta sociedad en la que nos ha tocado vivir...
- ¡Qué me va a contar, joven amigo! ¿Puede usted creer que todavía hoy está mal visto que a uno le agraden los corsés de encaje? ¿O los zapatos de tacón de aguja? ¡Dios! ¿Dónde vamos a ir a parar? Caray. Pero en fin; ¿Podemos saber cuál es el motivo de su visita?
El joven Brewster acabó de comerse el sombrero y, tras darse unos golpecitos en el pecho para facilitar la ingesta, se dejó caer a plomo sobre un sillón y comenzó su relato:
- Verá, señor Holmes; desde que tengo uso de razón trabajo en el negocio familiar. Siempre nos ha ido bien, aunque en los últimos meses es cierto que han bajado un poco las ventas...
- ¿A qué se dedican ustedes? – Le interrumpió el detective.
- Vendemos rayas para los pantalones.
- Ajá, ajá... – Musitó Holmes, entornando los ojos – Continúe.
- Bien, gracias. Le decía que últimamente había flojeado el negocio. Nada preocupante, si tenemos en cuenta nuestra cartera estable de clientes, a quienes acostumbramos a vender a razón de unas dos mil, o dos mil quinientas rayas por pantalón. Pero lo suficiente como para que mi padre, el señor Abraham Brewster, comenzara a plantearse poner en marcha una serie de medidas de austeridad.
- ¿Qué tipo de medidas?
- Nada ilegal, por Dios, no vaya usted a pensar... No es que escamoteara ninguna raya en los pedidos, ni nada por el estilo...
- ¿Entonces?
- Bueno, es sólo que las vendía un poquitín más finas, si usted me entiende...
- Mmm... – Gruñó Holmes - ¿Quiere usted insinuar que de cada raya hacía dos?
Brewster asintió con un ligero movimiento de la cabeza, quizá algo avergonzado.
- ¡Cielos! – Maldijo el detective - ¡Qué poca vergüenza!
- Sí; tiene razón, señor. Es algo inexcusable. Pero debe usted comprenderlo. Son tiempos muy difíciles para todos. Es muy costoso mantener a doscientos trabajadores chinos. Incluso teniéndolos hacinados en un cuartucho sin luz ni ventilación, de unos cuarenta metros cuadrados, en el sótano de la tienda.
- Tanta mano de obra...
- ¡Qué le voy a contar!
- Claro, claro. Me hago cargo. Pero no por ello su comportamiento deja de ser reprobable, joven. Prosiga.
- Verá, señor. Hace unos días, según se iba aproximando la fecha de su retiro, comencé a notar algo extraño en mi padre. Un comportamiento quizá algo fuera de lugar, algo... extravagante.
- ¿Cómo es eso?
- En principio parecían cosas sin importancia... se pasaba largos ratos mirando a través del escaparate de nuestra tienda, como si esperara la visita de alguien. O hacía equilibrios con una cucharilla de café en la punta de su nariz.
- Ajá...
- Pero después; cuando empezó a bailar polcas sobre el mostrador, y siempre a media mañana...
- ¡Por Júpiter! – Holmes se mostró vivamente interesado en ese punto de la narración. - ¿Polcas? ¿Está usted seguro?
- Completamente. Levantaba su pierna izquierda de manera característica.
- Su pierna izquierda...
- ¿Es importante? – La ansiedad se pintaba en el rostro del joven, como el bermellón se pinta sobre las mejillas de las cabareteras.
- Absolutamente. Eso quiere decir que no tiene ni idea de cómo se baila una polca. – Sentenció Holmes. – Pero prosiga, por favor.
- Poco más puedo agregar, señor. El pasado lunes se hizo efectiva su jubilación. Él parecía contento, feliz diría yo, y nosotros estábamos aliviados de poder relevarle en el negocio, y así librarle de tan pesada carga. Y sin embargo; anteayer por la tarde, después de tomar el té con picatostes, mi padre abandonó nuestro local y ya no hemos vuelto a verlo.
- Es... es espantoso.
- ¿Verdad que sí, señor Holmes?
- Ya le digo. ¿A quién se le ocurre tomar el té con picatostes?
Holmes entornó los ojos, revelando con ese gesto que se hallaba sumergido en las profundas reflexiones a las que le había empujado el relato de nuestro joven cliente. El señor Brewster, por su parte, se retorcía las manos, presa del más vivo estado de excitación.
Así transcurrieron unos minutos; Holmes meditando, yo ejerciendo de mero espectador del drama, y Mortimer Brewster midiendo la flexibilidad de sus articulaciones. Cuando al fin consiguió romperse dos dedos, se quebró también su resistencia:
- Señor Holmes, por amor de Dios. ¿Qué tiene usted que decirme?
- Creo que voy a comer unos huevos revueltos con bacon. Avisaré a la señora Hudson.
- ¡Holmes, por las barbas del profeta! – Le grité, escandalizado ante su falta de sensibilidad.
- ¿Qué ocurre, Watson?
- ¡Por favor! – Dirigí una significativa mirada a nuestro visitante. - ¿Elige usted bacon, pudiendo tomar tocino de Essex?
- ¡Ah, pues tiene usted razón! Donde esté el tocino de Essex...
- ¡Dónde va a dar! – Asentí, complacido.
El joven nos miraba desesperado.
- Pero bueno; ¿Y de lo mío, qué?
- Sí, claro. – Holmes sonrió. – Lo suyo, claro. Tengo que hacerle algunas preguntas, por supuesto.
- Lo que sea, señor, con tal de que le ayude usted a resolver este misterio.
- ¿Conoce usted a alguien que quisiera hacer desaparecer a su señor padre, por algún motivo? ¿Tiene enemigos, alguien que le odie?
- No sé... Su sastre, quizá.
- Eso no es relevante. Mi sastre también me odia.
- Ya, claro. No, entonces no.
- ¿Es jugador, o tiene algún vicio que le pueda suponer importantes pérdidas de dinero?
- No, señor. ¡Por Dios!
- ¿Tiene aficiones, que usted conozca?
- No, señor. Desde que mi madre, tristemente, no está entre nosotros, mi padre ha abandonado la bebida y ha dejado de hacer puzzles de mil piezas.
- ¿Su madre de usted ha fallecido?
- Sí señor; hará unos cinco años.
- ¿Y él no ha vuelto a contraer matrimonio?
- No, señor.
- Oh. Un hombre viudo. Eso entonces descarta que sea un hombre infeliz. Mmm... Una última cuestión, joven. ¿Cuántos años tiene su padre?
- Pues... cumplirá sesenta y ocho el próximo Junio.
- Sesenta y ocho... sesenta y ocho... Bien, bien... Eso es muy esclarecedor. ¡Definitivo, diría yo! Ya está todo claro; entonces.
- ¿Cómo?
- ¡Cielo Santo, Holmes! No pretenderá usted decirme que...
- ¡Por supuesto, Watson! Es un misterio la mar de sencillo. Páseme el periódico, si hace el favor.
Presuroso cual gacela Thompson, acerqué el diario del día a mi compañero, quien lo hojeó rápidamente, en busca de Dios sabe qué información.
- Ajá, bien. ¡Perfecto! – El prodigioso detective rió, seguro de lo acertado de sus deducciones. – Si a ustedes les parece bien – Casi gritó, exultante – podemos salir ahora mismo.
- ¡Por los leotardos de la Venus de Milo! – Maldije.
- ¡Vamos, vamos pues! – Imploró el joven.
Bajamos las escaleras como almas llevadas por el diablo y, una vez en la calle, hicimos parar un carruaje.
- ¡A St. James Street! – Bramó Holmes.
Durante el trayecto; el rostro del joven Brewster transmitía una mezcla desigual de ansiedad febril y de admiración entregada hacia mi compañero. Holmes, por su parte, se inyectaba su enésima dosis de morfina, ésta vez en la aleta derecha de la nariz.
Atravesamos las arterias de la gran urbe a toda velocidad y conforme se sucedían los minutos comencé a notar que un peso, como de plomo, amenazaba con lastrar mi viejo corazón de soldado. ¿Y si el sagaz sabueso había errado la pista?
Por fin; una sonrisa iluminó el rostro de mi compañero, que golpeó la pared del carruaje para indicar al cochero que se detuviera.
- ¡Bien; hemos llegado! – Clamó, y bajó del coche de un prodigioso salto.
Una vez hubimos satisfecho la cuenta de la carrera, Brewster y yo nos reunimos con él.
- ¿Y bien? – Inquirió el joven - ¿Dónde está mi padre?
Holmes señaló hacia el final de la calle, lugar en el que había, reunidos, un nutrido grupo de personas.
- Deberá usted hallarlo en compañía de esos otros hombres, si no me equivoco.
Nuestro cliente dirigió a mi compañero una mirada atónita, estupefacta y algo estrábica.
- ¿Ahí, dice? ¿Está usted seguro?
- Absolutamente. ¡Venga, acérquese!
Observamos cómo el muchacho, con paso decidido, se dirigió hasta el lugar indicado.
Una vez llegó, vimos cómo entablaba una corta conversación con un hombre de los que se hallaban allí para, después, fundirse con él en un fraternal abrazo. Holmes estaba hinchado como un pavo.
- Ea, Watson. – Sentenció – Aquí ya hemos terminado. Vayámonos a casa.
Durante el trayecto de vuelta, mi admirado compañero de aventuras sostuvo un obstinado silencio. No fue sino hasta que estuvimos acomodados en nuestras habitaciones de Baker Street, desparramados sobre nuestros sillones e inmersos en la tarea de acabar con todas nuestras reservas de tabaco, que procedió a aclararme el misterio.
- Pues en realidad ha sido muy sencillo, Watson. – Me dijo, mientras prendía su pipa de espuma de mar – Lo único que debe uno hacer, como ya hemos hablado en más de una ocasión, es tomar todos los datos de los que disponga, reunirlos, y elaborar una hipótesis con ellos.
- ¿Quiere usted decir..?
- Que la solución a este modesto problema estaba ante nuestros ojos desde el principio.
- ¿Cómo así?
- Fácil. Verá usted; los datos de los que disponíamos eran los siguientes: el señor Brewster, padre, acababa de retirarse. Tenía casi sesenta y ocho años y, aunque no entraba en la categoría de anciano, sí podríamos llamarle viejo; ¿Correcto?
- Er... Sí, bueno. Supongo que sí.
- Bien. Durante toda su vida había permanecido activo... un hombre capaz de bailar polcas sobre el mostrador de su negocio, si usted me entiende...
- Sí.
- No tenía aficiones o vicios, ni debía dinero. Además estaba viudo. Un hombre cuya vida se había vuelto gris... ¿Ve dónde quiero ir a parar?
- ¡Por Dios, Holmes, no! ¿Quiere usted hacer el favor de sacarme de esta oscuridad?
El detective suspiró, armado de una buena dosis de paciencia.
- A ver; ¿Qué hace un viejo cuando no tiene nada más que hacer? ¿En qué es capaz de perder las horas muertas?
- No... No sé.
- ¡Pues se va a la calle, a mirar las obras y a criticar a los obreros! ¡Esto es así, desde el principio de los tiempos! Así que, para encontrarle, tan sólo tuve que pedirle a usted el periódico. Recordaba haber leído que acababa de iniciarse una tarea de reemplazo del adoquinado en St. James Street, y quería confirmarlo. Una vez lo hube hecho; me hallaba en disposición de conducir a nuestro joven cliente junto a su padre.
- Maravilloso... – Tan sólo acerté a decir.
- Bah, no tiene importancia. – Dijo Sherlock Holmes, al tiempo que se pinchaba una dosis de morfina en el codo.

martes, 14 de septiembre de 2010

Cartas de amor (una historia rural)

Los veleidosos designios del Destino quisieron que Anna Hovercraft, vecina de los Hamptons, New York, heredase el rancho que había sido propiedad de sus abuelos en Dumbville, Kansas. De entre todos los utensilios, aperos y enseres que tuvo que inventariar, y sobre cuya suerte le tocó decidir, hubo un objeto que acaparó especialmente su atención. En el fondo de un cajón de la cómoda en la que su abuela guardaba la ropa blanca, encontró una pequeña caja de latón, oscurecida por el tiempo, que contenía la correspondencia que los propietarios habían mantenido mientras fueron novios. Como un tesoro de valor sentimental incalculable, la señorita Hovercraft decidió preservar aquél pedazo de su propia historia y evitar así que se perdiera en el olvido. Y como la urraca ávida de ganancias que es, intentó lograr que algún incauto acabase por publicar las cartas. Por fin halló al señor S. Aúreus quien, tras las oportunas negociaciones y un par de ansiolíticos, adquirió los derechos de la historia. A continuación; y tras haber seguido un riguroso método de selección literaria, consistente en lanzar el montón de legajos al aire y elegir sólo los que cayeron encima de la mesa del escritorio, me complace reproducir algunos fragmentos de la obra resultante:

11 de Junio.

Estimada señorita Mendeléiev.

En primer lugar; quisiera manifestarle cuán emocionado estoy al iniciar esta correspondencia. Sus padres de usted han sido muy generosos al permitirme cortejarla, y acepto como un cariñoso cumplido el apelativo de comadreja miserable con que su progenitor me regala asiduamente.

Debo decir que estaba usted especialmente radiante en el baile de los cosechadores, que se celebró la semana pasada en la plaza del pueblo, y que el vestido azul que llevaba realzaba de buena manera sus ya de por sí generosas carnes. Al llegar a la pieza titulada “Iba yo a dar de comer a los gorrinos cuando, de repente, apareciste tú”, el hecho de que aceptara usted ser mi pareja me provocó una sensación de mareo parecida a la que provoca el whiskey que vende el viejo Smithy.

Aguardo con impaciencia el próximo Domingo, para poder acompañarla a la iglesia y volver a mirar su lindo rostro.

Afectuosamente suyo;

Aaron Johnson.

P. D. Llevaré mi entrepierna protegida con la tapa de una lechera de latón, en previsión de que al hermano de usted, qué simpático, se le ocurriera atizarme de nuevo una patada en semejantes partes.

16 de Junio

Estimada señorita Mendeléiev.

Pesa sobre mí la sospecha de que no soy un buen cristiano, pues debo reconocerle que pasé todo el oficio, incluido el sermón del reverendo Mc Cormack, pendiente de usted. Su cabello rubio se me parece a la cebada que crece en los campos, y me resulta encantador ese gracioso ceceo con que lee los Salmos.

Además; en determinadas ocasiones, algunos de sus gestos me recuerdan a cierta ternera de nombre Dorothy, que tuvimos que sacrificar prematuramente y a la que yo tenía especial afecto.

Temo no obstante que cedí al ardor juvenil, descuidando mis obligaciones para con Nuestro Señor, y ahora dudo entre si debo confesarme o purgarme con ricino, a qué negárselo.

Dentro de poco será la feria del ganado de la comarca, y confío poder acompañarla al concurso de bebedores de cerveza.

Afectuosamente suyo;

Aaron Johnson.

P. D. Lamento mucho que su hermano de usted acabara por fracturase tres dedos de su pie izquierdo.

20 de Junio.

Apreciado Aaron.

Se me hace extraño tratarte con semejante familiaridad. Sí; ya sé que mi padre ha dado su permiso para que nos tuteemos, y que se reafirmó en ello de esa manera tan entrañable y dulce que él tiene para contigo cuando, la otra tarde, te lanzó a la cabeza la sartén de hierro de hacer gachas. Por cierto; ¿Te duelen los puntos de sutura? Espero que no te hayas enfadado con él. Debes entenderle; en ocasiones se comporta como un chiquillo.

Qué quieres que te diga, Aaron; no puedo evitar esta zozobra. Yo soy una muchacha sencilla, de pueblo, y todo esto me emociona y, a veces, me supera. Nunca he tenido novio y sólo el pequeño de los Robbins, que en paz descanse, hizo intento de cortejarme. Y entonces teníamos, si mal no recuerdo, doce años.

Yo también estoy deseando que llegue la feria del ganado, y que asistamos juntos al concurso de bebedores de cerveza. Espero que no le hicieras mucho caso a mi padre cuando dijo aquello de que tu virilidad quedaría por los suelos al descubrir que una mujer es capaz de beber mucha más cerveza que tú. Lo hacía sólo para chincharte. Aunque debo advertirte que hiciste mal al desafiarme. Lo único que necesito para ganarte es un barril al que pueda echarle convenientemente el guante, y que te apartes cuando llegue el momento de eructar.

Por otro lado; espero que me hagas caso y en un futuro compres el aceite de ricino en la tienda del viejo Mogensen. No creo que sea muy sano ir al retrete doce veces en quince minutos. Además; que se te ve mala cara.

Creo que me estoy alargando en esta carta, y no sé si eso será muy decoroso. No quiero que pienses que soy una descarada.

Con todo afecto;

Martha Mendeléiev.

23 de Junio.

Querida Martha.

Sí; te llamo querida porque te quiero. Y porque creo que estoy delirando de fiebre a consecuencia del aceite de ricino en mal estado, y de que más de la mitad de los puntos de sutura que tengo en la cabeza se me han infectado.

Leo una y otra vez tu última carta, y una emoción indescriptible se apodera de mi corazón. Ahora sé lo que es estar enamorado de verdad. Ni siquiera el asno rosa con el que me encontré en el patio esta mañana, cuando iba a lavarme en el abrevadero, me ha provocado tal estado de excitación. Aunque debo decir que la vaca vestida de cabaretera que tengo a mi lado, y que canturrea “Love is in the air” mientras escribo estas líneas, me desasosiega un poco. Quizá porque le falte bajar una octava en el estribillo. No sé.

Martha, querida: Te adoro. He convencido a mi padre para que me ceda las tierras que tiene al oeste, junto a los pantanos. He decidido que la próxima primavera comenzaré a construir una casa allí. Es un lugar precioso; te va a encantar. Lo único malo es que está plagado de unos mosquitos tan grandes como gorriones.

No quiero que me juzgues como demasiado impetuoso. Es sólo que estoy dispuesto a todo por ti. Y que, bueno; que tú ya no tienes edad para que nos andemos con tonterías. Que se te va a pasar el arroz y somos pocos mozos en el pueblo, así que...

Si todo va bien, el próximo Domingo iré a buscarte para que vayamos juntos a la iglesia.

Estoy deseando que llegue.

Con todo mi delirio;

Aaron Johnson.

25 de Junio.

Apreciado Aaron.

Aún estoy reponiéndome de la impresión que me ha causado tu descaro. Yo achaco esas palabras tan impetuosas e irreflexivas al estado en el que te encuentras y por eso las perdono pero, por Dios, hacer planes de futuro cuando aún no hemos llegado ni a tomarnos de la mano...

No digo que no me halague, por supuesto que sí. Pero no creo que aún sea el momento de que pensemos en estas cosas. Va usted un poquito rápido; ¿No le parece, señor Johnson?

Debes hacerme caso, querido. La tradición, las Sagradas Escrituras y la escopeta de caza de mi padre nos aconsejan tomarnos nuestra relación con calma y con prudencia.

Espero que te repongas pronto y que, junto a la salud, recuperes el buen juicio.

Con cariño;

Martha Mendeléiev.

P. D. Por cierto; espero que no estés considerando en serio lo de llevarme a vivir a una ciénaga apestosa, porque vas listo. Ya estás buscando un sitio mejor donde construir nuestra casa. Ah, y que tenga granero.

03 de Julio.

Querida Martha.

Por fin hemos paseado juntos, como novios formales, por el camino del Este. Me siento muy dichoso aunque, para ser sincero, preferiría no tener a tu hermano de carabina. Llámame aprensivo, pero no estoy seguro de que el empujón que me dio, cerca del río, fuera del todo accidental.

Tengo que acercarme a la ciudad a comprar tabaco de mascar, una azada nueva y algunas cosas más.

El par de días que pasaré, lejos de ti, se me harán eternos.

Cariñosamente;

Aaron Johnson.

14 de Julio.

Querida Martha.

Por fin el señor Jenkins me ha vendido su terreno. Es un lugar precioso, desde el que se puede ver la Colina del Cordero, a lo lejos, y en el que seguro que podremos disfrutar de lindas puestas de sol. El señor Jenkins ha sido muy generoso en el trato, si bien creo que no terminaremos de pagar nuestra propiedad hasta dentro de tres o cuatro generaciones, por lo menos. Eso; o acepto una oferta que me ha hecho, y que no he acabado de entender muy bien, a qué negarlo, en la que mencionaba algo acerca de uno de mis riñones…

Mi padre dice que me regalará un par de vacas, con tal de que me vaya de una vez, y mi madre se pasa el día llorando. Creo que se sienten felices por mí.

Con cariño;

Aarón Jonson.

25 de Julio.

Querida Martha.

Aún no acierto a explicarme qué fue lo que pasó el otro día.

Sólo recuerdo que el sembrado del abuelo Trevithick comenzó a arder, y fuimos todo el pueblo a apagarlo.

Y el humo nos rodeaba, y un dulce aroma desconocido hasta entonces se apoderó de mis sentidos y te vi, con tus rubios cabellos sueltos cargando cubos de agua, como una mula de grupa generosa y... bueno; y se encendieron mis instintos.

Me pregunto qué demonios había sembrado el viejo Trevithick en aquella tierra.

Estoy atribulado, turbado.

No sé qué vamos a hacer.

Con zozobra;

Aarón Jonson.

2 de Agosto.

Querido Aaron.

Estos últimos días han sido una auténtica locura. He escondido la escopeta de mi padre, aunque dice que si te encuentra a menos de una legua de nuestra granja te matará con sus propias manos.

Estoy muy preocupada por él. Camina sin rumbo de un lado a otro diciendo no sé qué sobre el Apocalipsis y sobre sacrificar un cordero. Mi madre está acabando con las reservas de aguardiente de nuestra despensa. Se pasa las noches cantando viejas serenatas rusas.

El único que parece haber salido mejor parado de aquella fatídica noche es mi hermano, que se ha hecho inseparable de Edward, el menor de los Smith. El otro día creí verles paseando, por el camino del Este. Por un momento pensé que iban cogidos de la mano, si tal cosa no fuera imposible, claro. ¡En fin; no sé, serán cosas mías!

No sé qué vamos a hacer, querido. Tenemos que vernos y hablar. Así no podemos continuar.

Tu Martha.

18 de Agosto.

Te escribo estas pocas líneas ante la imposibilidad de acercarme a tu casa. No contamos con que tu padre se podía comprar otra escopeta. He hablado con el reverendo Mc Cormack y ha convenido en casarnos a finales de Septiembre. Antes resulta imposible; pues ha habido una avalancha de peticiones por parte de todos los jóvenes de la comarca y la iglesia apenas da abasto.

Confío en que para esas fechas aún puedas entrar en el traje de novia de tu madre.

Tu futuro esposo.

Aaron.

lunes, 26 de abril de 2010

Johnny and me

En escena; una silla y una actriz.

Faith, de pie, juguetea con el bolso. No es la primera vez que acude a la consulta de su analista, la doctora Chase, pero se muestra nerviosa. Le ocurre en cada sesión. Avanza tímidamente, como pidiendo permiso con cada músculo de su cuerpo.

Faith:

Doctora, ehem, doctora Chase. Sí. Er... Yo, verá; yo, yo siento el retraso. El, el metro. Está, ya sabe, el centro está imposible a estas horas. Había en el andén, además, una mujer. Una negra muy grande, con un vestido de flores y un carrito de la compra lleno de trastos que ha amenazado con tirarse a la vía, y se ha organizado un caos. Tenía; la negra digo, tenía unas tetas enormes. No me imagino lo que debe ser tener unas tetas así de grandes. Debe ser muy incómodo. Pesado. Pesaaaado. Debe doler mucho la espalda. Claro que, igual, tiene sus ventajas. Porque debe verse el mundo desde una cierta distancia; ¿No? Es como, en fin; una puede parapetarse tras sus tetas y verlo todo como si estuviera viendo la tele. Allá, un poco lejos. Y si te paras a pensarlo, quizá no sólo las tetas te sirvan para ganar algo de espacio. A lo mejor una nariz grande, pero grande, un pedazo de nariz, también te lo permite. Mi Johnny no tiene la nariz grande, es más bien chata. Y así como redonda al final, en la punta. Pero tenemos un amigo, Spencer, que tiene una nariz enorme. Mi Johnny solía decir que Spencer siempre parece estar triste, pero yo creo que no. Que es la nariz; que le pesa tanto que tira de su rostro hacia abajo, y le da una expresión como de actor francés, de los de antes. (Se echa un poco hacia adelante, para escuchar). ¿Qué? Sí, claro. Sentarme, claro. No, no. Hoy tampoco quiero echarme en el diván, doctora. No estoy a gusto en el diván, ya lo sabe. Usted me mira desde arriba, apuntando en su bloc de notas, y yo no sé qué decir. Bueno; lo cierto es que nunca sé muy bien qué decir, por eso hablo tanto. Mi Johnny dice que eso es un defecto que tenemos todas las personas; que hablamos mucho y no decimos nada. Yo prefiero hacer como siempre, doctora, si no le importa. Prefiero sentarme en la silla, y así la tengo a usted enfrente mía, y puedo mirarle a los ojos. Ahora que caigo; usted lleva gafas... No sé; se me ha ocurrido que quizá las gafas también te ayuden a aislarte un poco...

Faith cuelga el bolso en la pata de la silla y se sienta.

¿Cómo debe ser? (Ríe) Pensaba, doctora, en cómo debe ser intentar besar a un hombre con una nariz tan grande. ¿Se llegará bien a los labios? ¿Usted ha salido alguna vez con alguien con una nariz muy grande? ¡Uy, perdón! Lo siento, qué indiscreta soy. No, no quería... Ya sé que soy yo la que debe hablar. Perdone. Y ya puestos, pienso que también tiene su cosa el intentar abrazar a una mujer con las tetas tan grandes como las de la negra del metro. (Intenta hacerse a la idea) ¿Sabe? Yo, yo llevaría peor lo de no poder abrazar a mi pareja. Peor que lo de los besos. Porque; al fin y al cabo, un beso lo puedes dar en la mejilla... Pero no poder abrazar a aquél a quien quieres... Debe ser frustrante. Claro que si no te llegan los brazos, pues ya me contarás... (Escucha, atenta a su interlocutora). Pues... no sé. No sé dónde nos quedamos en la última sesión. Debe tenerlo usted apuntado ahí, en su bloc; ¿No? Ah, que le cuente lo que yo quiera... ¿Pues no le digo? Si me hace a mí hablar y hablar, sin orden ni concierto, no sé lo que soy capaz de contarle. ¡Cualquier cosa! No sé... ¡Ah, sí! Sí. Ya he terminado de ir a la rehabilitación. Mi fisioterapeuta dice que casi he recuperado toda la movilidad del brazo. Dice que tengo mucha suerte, que de como estaba cuando salí del hospital, a como está ahora... No olvide, doctora, que mi Johnny me lo rompió por tres sitios (Mira su brazo y lo mueve, casi como si le costase creer que aún está ahí). Y ya casi no me duele. Dentro de poco podré empezar a reducir la dosis de los analgésicos. No me gustan las pastillas. Detesto las pastillas. Lo paso fatal para tomármelas. Tengo, tengo que deshacerlas en agua y añadir un poco de azúcar y, aún así, se me quedan aquí en la garganta, a veces, y no pasan. Yo decía; ¿Sabe? Yo le decía a mi médico que si, en vez de las pastillas, no podría tomarme algún traguito de bourbon, de vez en cuando. Cuando doliera. (Ríe). No, mujer, es broma. No puedo tomar alcohol, me sienta fatal. Soy, soy capaz de emborracharme con un pedazo de tarta al whisky. ¿Sabe que mi médico, no sé si se lo he contado, sabe que se llama doctor Waksman? Doctor Waksman, sí. Pero como el pobre tiene frenillo, y cecea al hablar, cuando pronuncia su nombre parece que dice Walkman, en lugar de Waksman. Yo le decía: “Doctor Walkman; ¿Puede usted ponerme algo de Elton John?” Y él se reía. Cada vez que yo le hacía el chiste. Es muy agradable, el doctor Walkman. Muy simpático. Pero muy feo. Claro que de eso no tiene la culpa, el pobre. Sí, si tengo noticias de mi Johnny. Su hermano Frank fue a verle, a la cárcel, la semana pasada. Dice que está muy desmejorado. Muy delgado... ¡Dice que se ha hecho un tatuaje, aquí, en el brazo! ¡Un tatuaje, como los presos de las películas! ¿Qué se habrá tatuado? Frank no me lo quiso decir. ¡A lo mejor se ha tatuado mi nombre! ¡Seguro! Porque debe echarme de menos, claro. Mi Johnny no es mala persona, yo siempre lo he dicho. Lo que pasa es que no sabe beber. Bueno; y que vivir conmigo también tiene su aquél, claro. Me tiene preocupada, mi Johnny. No sé; tanta gente metida allí dentro, revueltos... Y cada uno de su padre y de su madre... Que puede pillar cualquier cosa. ¡Una, una hepatitis, o algo así! ¡Y mi Margaret cumplió años anteayer! Seis, cumplió seis añitos... Está más bonita... ¡Para comérsela! ¡Espere, que le voy a enseñar una foto de mi Margaret! ¡Ya verá, ya!

Faith rebusca en su bolso y, al cabo, saca un monedero. Lo abre y enseña la foto de su pequeña.

¿Ve? Está guapa mi bizcochito; ¿Verdad? Yo no sé a quién habrá sacado los ojos así, tan azules. Yo no tengo los ojos azules, y mi Johnny menos. Y no recuerdo que nadie de mi familia tenga los ojos de un azul tan... No sé; de un azul tan puro, tan bonito. Pienso que nunca estamos de acuerdo con lo que tenemos; ¿No le parece? La gente que tiene los ojos bonitos siempre se queja de que los demás sólo se fijan en ellos, y en nada más. ¿Se ha dado usted cuenta? Y yo pienso que deberían estar agradecidos. Yo creo que los ojos hablan más de una persona que cualquier otra parte de su cuerpo. Y por eso, por eso creo que hay gente que se empeña en ocultarlos. Hay, bueno, hay gente que baja la cabeza cuando se dirige a ti, o que desvía la mirada cuando habla... Y luego hay gente que gesticula mucho. (Hace aspavientos con sus manos). Mueve, mueve así las manos, como los magos, o como los italianos de las películas. Como para que te fijes en sus gestos y no les mires a la cara. A mí eso me pone muy nerviosa. Mi madre me enseñó que hay que mirar de frente. Por eso no me gusta el diván. Y eso que yo he pasado mucho tiempo con la cabeza gacha. Pero bueno... Ayer hice un bizcocho, de chocolate, y mi Margie me estuvo ayudando en la cocina. Se puso... (Ríe). Se puso perdida, claro. Toda la cara llena de chocolate, y las manos, y la ropa... ¡Qué trasto! Nos lo pasamos muy bien, las dos juntas. Es curioso; pero mi niña ya no pregunta por su padre. No creo, por Dios, que le haya olvidado, pero quizá ya no le inquieta tanto que él vuelva. Después de todo; los niños son, son como de goma; ¿Me entiende? En más de un sentido... Una vez leí que un crío se había caído desde una ventana de un cuarto... ¿O era de un quinto piso? No sé, una burrada... ¡Y no se había hecho ni un rasguño! ¿Puede creérselo? Un milagro, dirá usted. Yo digo que son de goma. A lo mejor las heridas de dentro, esas que no se ven, cicatrizan después en ellos... No sé. El otro día mi Margie hizo un dibujo, en el colegio. Muy bonito, con muchos colores. Le habían pedido que pintase a su familia y ella nos dibujo a las dos. Sólo a las dos. Su padre no aparece por ningún lado. Yo no le pregunté, qué quiere que le diga, doctora. Me limité a ponerlo en la puerta de la nevera, sujeto con un imán. En fin... ¿Sabe, sabe una cosa? Venía leyendo en el metro una revista, una revista de esas de divulgación científica... Alguien debió dejársela olvidada en el asiento, yo no puedo malgastar mi dinero en revistas, y mucho menos científicas. El caso es que venía un artículo acerca de las hormigas... ¡Se lo juro, de las hormigas! Me pregunto cómo es posible que haya alguien que tenga como profesión estudiar a las hormigas... ¡A las hormigas! Y además, digo yo; ¿Para qué? ¿Qué saca nadie en claro estudiando a las hormigas? No puedo entenderlo. El caso es que el artículo decía cosas muy curiosas. Por ejemplo; que las hormigas son el insecto más listo, el más organizado, el más trabajador, el más numeroso y fecundo. ¿Sabe que son más antiguas que los humanos? ¿Sabe que, por ejemplo, las hormigas sólo pueden caerse de su lado derecho? Se lo juro, lo dice tal cual. Digo yo; ¿Quién asegura eso? ¿Es que algún tipo se ha pasado las horas muertas mirando a las hormigas, a ver si es cierto que todas se caen del mismo lado? ¡Venga ya! Esto viene a cuento porque yo cada día soy más escéptica, doctora. Pues no sé; con todo, en general. Escéptica. Así; sin más. A ver; ¿Por qué tengo yo que creerme que el hombre está emparentado con el mono? ¿Eso quién lo dice? Si fuera con el cerdo, pase. Pero con el mono... Por otra parte; el ser humano tiene la costumbre de elaborar teorías con el único fin de echar por tierra las que ya existen, me parece a mí. Si uno dice que la mantequilla es buena, siempre habrá otro que diga que es perjudicial para, yo qué sé, para el colesterol o, o para algo. Si una cree en Dios, ya vendrá alguien a decirle que no, que Dios no existe. Que sólo somos un montón de sustancias químicas, bien mezcladitas... Ya no sabe una en qué creer, así que lo mejor es hacerse escéptica. Debería fundar un partido político; “Unión de Escépticos”. Claro que la política me suscita un escepticismo de la leche, así que debería abandonar el partido casi al mismo tiempo de fundarlo... Que no, que no. Que a mi parecer; vivimos muy engañados, doctora. Mire, por ejemplo; la televisión. Cuando anuncian las cremas esas anti edad: “Resultados visibles en el ochenta por ciento de las mujeres”. O sea; que si te toca ser de las del veinte por ciento restante, estás jodida; ¿No? O la teoría esa de que el chocolate es afrodisíaco. El chocolate no es afrodisíaco; sólo produce remordimientos. Claro que no sé por qué estoy diciendo esto porque, después de todo, yo creo en Dios, doctora. Bueno, no sé si realmente creo en Él, o lo que me pasa es que padezco del sentimiento de culpa típico de mi represiva educación católica. No, la frase no es mía. Es de Paul, mi primer novio. Le he hablado ya de Paul; ¿No, doctora? El comunista sindicalista. Cuando yo le conocí llevaba el pelo largo y barba, e iba a cambiar el mundo. En fin, ya sabe usted; cuando uno tiene quince años es fácil pensar que el mundo puede cambiarse. (Ríe). Acabó casándose con una compañera de instituto. Con la dentona de Liz Robbins... Por la iglesia, naturalmente. Y tuvo un par de hijos. Creo que ahora trabaja en un banco... Bueno; pues la frase es suya. Hablaba muy bien, Paul. Tenía una voz muy bonita. A mí siempre me han fascinado las personas con una voz bonita, pero me han dado siempre algo de miedo. Es como, es como si fueran capaces de hipnotizarte... Porque la voz es un instrumento, y los instrumentos están ahí para ser utilizados. Así que es lógico que un sindicalista tenga una voz bonita; ¿No? Una duda que yo tengo, doctora; ¿La Serpiente del Edén sería también sindicalista, o era sólo que tenía una buena voz? No, no, no me mire con esa cara. Después de todo; lo que hizo fue incitar a Adán y Eva a que se rebelasen contra la patronal. Y así les fue... Seguro que esa Serpiente ahora también trabaja en un banco. Sí; tiene usted razón, estoy divagando. ¡Pero yo ya se lo advertí, que conste! Que si usted me deja a mí a mi aire... ¿Qué? ¿Qué por qué le he pedido que cambie la hora de nuestra sesión? ¡Qué tonta, si aún no se lo he dicho! Perdone, no sé dónde tengo la cabeza. Pues porque he empezado a trabajar, doctora. Hace una semana. Me va... bien, supongo. Todo lo bien que le puede ir a una en una fábrica de enlatado de conservas, digo yo. De todas formas; a estas alturas, el hecho de tener un trabajo ya es como para sentirse afortunado. No sé; bien, ya le digo. Entro a las ocho de la mañana, y salgo a las cuatro de la tarde. Estoy en la cadena de vacío. Las compañeras son simpáticas y el encargado es un hombre muy agradable. No, no, con el brazo bueno me apaño bien, de verdad. Yo no puedo permitirme estar de baja; ¿Quién le daría de comer a mi Margie? No, no. El subsidio del estado también se agota, doctora. ¿Qué? Perdone; no le había entendido. Sí, mi hermana continúa viviendo con nosotras. Y no creo que se mude, al menos de momento, lo que es una bendición. Si no fuera por ella, no sé cómo me las apañaría con Margie. Mi hermana continúa saliendo con ese chico del que le hablé; Bob. Parece muy buena persona, y tiene un buen trabajo. Aunque también parece un poco lelo. ¿Cómo? ¿Buscar otro trabajo? ¿Yo? Quite, quite, doctora. ¿Dónde voy a ir yo? ¿A fregar escaleras? ¿A limpiar en una casa? ¿De baby sitter? Yo no tengo estudios, doctora. Ni están ahora las cosas como para andar jugándose el pan. ¿Qué? ¿Que si tengo alguna habilidad especial? Sí; me sienta bien el azul, no te jode. Perdone, se me ha escapado. Deje, deje, de verdad. Estoy bien como estoy. ¿Qué habrá pasado con la mujer del metro? Me estaba acordando ahora de ella. ¿Se habrá suicidado? ¿Qué puede pasarle a una por la cabeza para querer suicidarse? Encontrarse sola, supongo. No hay nada peor que la soledad; ¿No le parece? A lo mejor es eso; que está sola, la pobre. Que sufre de falta de cariño. Que no tiene quien la abrace. Bueno, y aunque tuviera a alguien, con esas tetas... La vida es como es, que dice mi Johnny.

Yo tenía un sueño, de pequeñita. Soñaba que tendría muchos hijos, y un marido guapo y cariñoso. Tendríamos un piso en Londres, y a lo mejor una pequeña casita en el campo. Me veía yendo a comprar al mercado y hablando con las vecinas, de jardín a jardín... Me hubiera gustado ser cocinera y quizá, por qué no, tener mi propio negocio. Un pub pequeño, donde se sirvieran comidas caseras. Mi Johnny tiene mucho don de gentes; ¿Sabe? Además de ser un gran mecánico, tiene un pico de oro. Y eso es lo que hace que los clientes vuelvan; ¿No le parece? Cuando le fue mal en el taller, podría haberse venido al pub, o... ¡No, mejor! ¡Podría haber sido él quien hubiera dejado el taller, antes de que le echasen! Quizá nos hubiera ido mejor... Pero eso nunca lo sabremos, claro. Porque como dice mi Johnny, la vida es como es. ¿Usted es creyente, doctora? ¡Ay, perdone, ya lo he vuelto a hacer! Disculpe. No, si yo se lo preguntaba porque mi vecina, la señora Neville, me contó el otro día una cosa... Bueno; es una tontería, usted verá, pero me ha dado que pensar. Verá; la señora Neville es una ancianita típica inglesa. De las estándar, que diría mi Johnny. Es una mujer chiquita y arrugada, de ojillos pequeños y vivos, y de pelo gris ceniza, recogido siempre atrás, en un moño. Es la amabilidad en persona; se deshace en sonrisas al hablar. No sé si a usted le pasa, doctora, pero a mi no me gusta la gente que sonríe tanto. Siempre creo que la gente que más se esfuerza por ser amable, es la gente que más tiene que ocultar. A veces no puedo evitar pensar que la señora Neville esconde algún secreto terrible... No sé, algo así como que hace tiempo se cargó a su marido, y guarda sus restos momificados en el salón. Como Norman Bates con su madre. En fin; el caso es que la señora Neville me contó que el Domingo pasado había asistido al funeral de su cuñado, en Gloucester. Su cuñado había pedido ser incinerado y, al término de la ceremonia; les dieron los restos en una urna, que se llevaron a casa. La hermana de la señora Neville debe ser bastante mayor que ella, y seguramente se le está yendo la cabeza a la pobre, qué pena llegar a viejo; ¿No le parece? Bueno; pues cuando llegó a casa reanudó sus rutinas habituales; porque la vida sigue, claro, y hay que tirar para adelante. Total; que la señora Neville me contó que su hermana le había llamado el otro día por teléfono, echa un mar de lágrimas. Parece ser que, al ir a cambiarle la arena del cajón a su gato, se había equivocado, y lo había rellenado con las cenizas de su difunto esposo. Imagínese, doctora, los restos mortales del pobre señor empapados en meados de gato. Que por eso le preguntaba yo si usted es creyente. Porque si es verdad que todos tenemos un alma, la del pobre hombre debe estar bastante cabreada; ¿No le parece? Es una cosa terrible, esto de la muerte, creo yo. Pensar en ello me da escalofríos.

¿Cómo? ¿De verdad que no le había contado nunca que me hubiera gustado tener una casita en el campo? Vaya... Pues sí. Quizá es porque, de niña, pasaba largas temporadas en casa de mis abuelos. Mi abuelo era campesino y tenía unas pocas tierras. Nada muy grande, no se crea, pero les daba para vivir. Recuerdo una vez que estábamos jugando y me picó una abeja... Me hinché, me hinché y me faltaba la respiración, y tuvieron que llevarme al hospital. Entonces; mi abuelo arrancó todas las flores. Porque mi abuelo plantaba flores, combinándolas con la cosecha, para atraer a las abejas. Las abejas se comen a las orugas y así se controlan las plagas; ¿Sabe, doctora? Bueno; pues arrancó todas las flores. A mí me dio mucha pena. Claro que entonces yo no comprendía que, a veces, hay que hacer sacrificios, si se quieren evitar males mayores. Una tiene que callarse, después de la primera bofetada, si quiere evitar que le den la segunda. Mi madre siempre decía que es una gran desgracia ser mujer. Yo creo que no. Yo creo que la vida es como una partida de cartas, y que sólo depende de la mano que lleves. Hombre; si llevas mala mano estás jodida, claro. Pero también es lo que digo yo; que ninguna racha, ni buena ni mala, dura para siempre; ¿No le parece? Mi hermana dice que es una cuestión de Karma. ¿Sabe usted lo que es el Karma? ¡Ah! Bueno; pues yo no lo sabía, así que me fui a buscar la definición al diccionario. Escuche, escuche, que me impresionó tanto, que me la he aprendido de memoria. Verá, ehem; “Karma: En las religiones de la India, mecanismo de retribución de los actos al que está sometido cada individuo y que condiciona su futuro escatológico.” Su futuro escatológico; ahí es nada. O sea; que depende de lo que hayas hecho en tus vidas pasadas; así te va a tocar, o no, un futuro de mierda. (Ríe). ¿Qué? ¿Cómo dice, doctora? Ah, que escatológico “también se usa para tratar lo concerniente a la vida de ultratumba”... Anda; quién lo diría... Pues ni idea; mire. ¡Hay que ver cuánto sabe usted, doctora! Qué envidia me da la gente tan lista. O bueno; la gente tan culta, la gente que sabe tanto... Yo no he podido, pero mi Margie sí que va a acabar sus estudios. Aunque me cueste la vida. Me gustaría que fuera médico, o abogada... Y quiero que viaje, que viaje mucho. Es una gran cosa eso de viajar, y conocer mundo; ¿No le parece? Claro que para eso hace falta mucho dinero. Mi hermana se fue de vacaciones hace unos años a España, a un sitio que se llama La Costa Brava, o algo así. Le gustaron el sol y la playa, pero decía que era como estar aquí, en Gran Bretaña. Con la única diferencia de que la gente allí va desnuda por la calle. No, no en toda España, imagino. Supongo que sólo allí, en la Costa, en La Costa Brava. Bueno; pues decía que se gastó una pasta. Teniendo dinero, creo yo, puedes hacer casi cualquier cosa. ¿Qué? ¡Hombre, claro que el dinero es lo más importante de este mundo, hágame caso! Hay gente que dice que el dinero no da la felicidad. ¡Tonterías! ¡Claro que no la da! ¡Con el dinero se compra la felicidad! ¿Usted no lo cree así? Pues déjeme decirle una cosa; doctora. Yo creo que todos, en general; somos, somos unos hipócritas; ¿No le parece? Si yo a usted le pregunto ahora mismo si prefiere vivir siendo asquerosamente rica, o pobre como una rata... Bueno; pues ignoro lo que me contestaría, así, de primeras; pero estoy segura de saber con cual opción se quedaría ahí, en su interior. Yo sí; yo sí se lo digo sin rubor ni vergüenza: a mí me gustaría ser asquerosamente rica. Y me gustaría ser más alta, y más joven, y tener el culo más firme y el vientre plano. Y no me gustaría seguir viviendo de alquiler, en un piso de mierda, ni tener que seguir viajando en el metro. Ni mirar a mi hija sin saber si mañana voy a estar junto a ella, si voy a poder seguir cuidándola. ¿Que por qué? ¿Por qué digo esto? ¿Me toma el pelo? ¿Sabe lo que pasará cuando mi Johnny salga de la cárcel? ¿No? Pues yo se lo diré; que vendrá a buscarme. Ni orden de alejamiento, ni nada. Mi Johnny vendrá a por mí. Porque lo único cierto en esta vida es que los hombres jamás nos dejan del todo. Jamás nos dejan. Y cuando mi Johnny salga; no podré esconderme. Y si sólo va a por mí... Bueno; pues vale. Pero si va a por mi Margie... Pues entonces seremos; o él o yo. No, no. No me mire así. Me mira como si estuviera mal de la cabeza. No soy una loca. Sólo soy una mujer. ¿Tiene usted hijos? Sí; esta vez le pregunto a propósito. ¿Tiene usted hijos? ¿No? ¡Ah, vaya! Qué curioso... Pues verá; es algo que he observado, doctora. Cuanto más humilde, más pobre, más analfabeta y simple es una; más hijos tiene. Cuanto mejor está situada social y económicamente... Pues eso; menos hijos. Ninguno; habitualmente. Es curioso. Pero no pasa nada; no estoy censurándola. Alguien tiene que perpetuar la especie. A algunas nos toca hacer el papel de hormigas; ¿No? (Ríe). ¡Hay qué joderse! No, pensaba en cómo es posible que alguien que no ha experimentado determinadas emociones o experiencias, viva de dar consejos sobre ellas a los demás. Como usted; doctora. Pero no se sienta incómoda, que no estoy juzgándola. Es ésta vida, que no la entiendo muy bien. Nada más.

Yo tuve dos abortos antes de dar a luz a mi Margie; ¿Lo sabía, doctora? ¡Ah, claro; que viene en el dossier que le pasaron los de los Servicios Sociales! Pues sí; dos abortos. A mi primer niño lo perdí un diez de Febrero. Mi Johnny llegó a casa a las tres de la mañana, borracho. Discutimos. Me dio de puñetazos; la mayoría en la barriga. Parte de ese crío se fue por la taza del váter del piso en el que entonces vivíamos. (Sonríe, tristemente). Pasé el catorce de Febrero, el Día de Los Enamorados, tumbada en la cama de un hospital. Cuando perdí al segundo, mi Johnny estaba trabajando en Liverpool. Les habían encargado montar unas máquinas y tuvo que irse. Porque no sé si le he dicho ya que mi Johnny es muy buen mecánico. Ese día yo estaba comprando, en el mercado. Oí un grito a mi lado, y una mujer me tomó del brazo y me hizo mirar hacia abajo. A mis pies había un charco de sangre. Yo no me di ni cuenta; se lo juro. Nunca he sabido qué pasó. Pero esa criatura también se me fue. Era Junio. Mire, bien pensado; sí que va a servir de algo aquello de estudiar a las hormigas. Aunque lo mío no es que tenga mucha explicación, que digamos. Déjeme preguntarle algo; ¿A usted le gustaría tener los ojos azules? No, no; es una tontería. Pensaba que mi Margie es tan distinta a mí; que quizá su destino no tenga nada que ver con el mío. Quizá su Karma no le depare un futuro de mierda, como a mí, y sea todo aquello que yo quiero que sea, y todo aquello que ella quiera ser. Igual estaría bien que fuera lesbiana... No sé; otra vez estoy divagando. Le advertí de que no era buena idea dejarme hablar a mi aire. Le miro a la cara a usted, doctora, y puedo ver que está deseando echarme. La he molestado, sin duda. No era mi intención, puedo prometérselo. Pero a éstas cosas se arriesga uno cuando sienta en una silla a una persona, y le pide que desnude su interior. Y yo, que hablo mucho. Que hablo demasiado; ¿No, doctora? Usted perdone. Mire; le voy a contar algo gracioso. Yo tengo la costumbre de salir al parque con mi hija a poco que un rayo de sol asome. Es una costumbre muy inglesa esta; ¿No le parece? Yo creo que por eso ha sido lo de las Colonias, que nos hemos pasado la vida buscando el sol. O quizá huyendo de nosotros mismos, de nuestras nieblas y de nuestras brumas. El caso es que cerca de mi casa hay un parque, pequeño. Es la nueva onda en el urbanismo; ¿No cree? Hacer más parques. Y más glorietas. El caso es que el año pasado, y cumpliendo con el ritual; comenzamos a frecuentar ese parquecito. A las horas en las que lo hacíamos coincidíamos con un hombre joven, guapísimo, de pelo negro frondoso y ojos almendrados. De piel canela y manos grandes. Cómo me gustan los hombres con las manos grandes, doctora. Las manos es lo primero que miro en un hombre. Bueno; y el culo, claro. El caso es que aquel hombre llevaba a un niño al parque, de la misma edad de mi Margie, calculo yo, a la misma hora a la que íbamos nosotras. Yo me sentaba en un banco, a comer pipas, y él se enfrascaba con algún libro en algún otro banco, nunca muy lejano al mío. Yo mondaba y mondaba las pipas, y él hundía la nariz en su lectura. Cuando yo levantaba la mirada hacia él, y él me descubría, yo aceleraba el ritmo, y me ponía perdida con las cáscaras. Cuando pasaba lo contrario; cuando era yo quien le cazaba observándome a hurtadillas, él se removía inquieto, y fingía estar muy concentrado. Pero concentradísimo; ¿Eh? Hasta que un día mi Margie, con la candidez y la inocencia propias de los niños, se hizo amiguita de aquel crío. Y me lo vino a presentar; ¡Como su novio! Imagínese, doctora. Y detrás de mi Margie, y de mi futurible yerno, apareció aquel hombre guapísimo. Y nos presentamos, y se sentó a mi lado. Olía a limpio. A jabón y a un toque de colonia. Tenía dientes blanquísimos aunque sonreía poco, si bien lo hacía con una sonrisa casi infantil. Charlamos. Yo dije muchas tonterías, creo. Y él dijo muchas más; de eso estoy segura. Coqueteamos, como dos colegiales. Yo tenía las mejillas ardiendo, doctora, se lo prometo. Me sentía como una quinceañera boba. Supongo que estaba henchida de orgullo, porque a todas nos gusta suponer que somos irresistibles. Capaces de conquistar a un pedazo de hombre como el que tenía yo a mi lado entonces. Los niños jugaban, y nosotros hablábamos. Me propuso tomar algo en una cafetería cercana, y seguir charlando. Acepté. Me resultaba muy agradable pasar un rato tranquila, mirando de frente a alguien y, durante un rato, olvidarme de recibos, de problemas, de discusiones... Usted ya me comprende. Y a lo mejor hasta comencé a fantasear, suponiendo que existía la posibilidad de que tuviéramos una aventura, fugaz, prohibida, romántica e imposible. Hubo un instante en que nuestros dedos se rozaron; nada, fue apenas un segundo, pero a mí se me aceleró el corazón, se me desbocó. Él se dio cuenta, por supuesto. Y tomó mi mano entre las suyas. Y entonces me asusté, usted verá, y la retiré. Y como soy tan bocazas como soy, que a cuenta de eso viene toda esta historia, pues le dije que no se equivocase conmigo, que yo era una mujer casada y que no iba a ser infiel a mi marido... Y no sé cuantas cosas más. Él me pidió disculpas, me dijo que yo le había malinterpretado, que él también tenía una relación estable y que no era su intención. Sacó su billetero, y de él una fotografía que me mostró. Me sentí algo confusa, porque me tendía la foto de un hombre, rubio, de grandes bigotes... Se me parecía, se va usted a reír, se me parecía a Astérix, el personaje de cómic. Me dijo que era su pareja. Así que mi pedazo de hombre, tan guapo, era gay; ¿Se da cuenta doctora? (Ríe). Pues que quedé como una idiota. ¿Qué? ¿El niño? El niño era hijo de su novio, que había estado casado antes de conocerle. Así que ya ve; no me tome usted demasiado en serio, porque yo hablo demasiado. Para luego no decir nada, claro. No sé, no sé cómo vamos, con la sesión digo, supongo que al haber llegado un poco tarde, debemos estar casi acabando; ¿No, doctora? Ah, que aún nos queda un ratito... Bien. Parece... Parece que estos días hace mejor tiempo; ¿No? Al menos; ha salido el sol. Hace un frío del demonio, pero ha salido el sol. Los días así están para salir a pasear, al parque; ¿No le parece? Están para aprovecharlos con la familia. (Sonríe, tristemente) Con la familia... Oiga; doctora. ¿Usted cómo, cómo cree que estoy? Quiero decir; ¿Me encuentra usted mejor? ¿Me estoy recuperando? ¿Está sirviendo esto para algo? Porque yo no quiero engañarla, doctora, pero es que no las tengo todas conmigo. Yo no sé si esto de sentarme aquí a charlar con usted tiene alguna utilidad. Sí; yo me desahogo, estamos de acuerdo, pero... ¿Cómo? ¿Que si a mí me sirve de algo? Verá; doctora, no esperaba yo que usted contestase a mi pregunta con otra. Pues... No sé. Supongo que sí. Al hablar de las cosas, al sacarlas afuera, parece que les restas una parte de su importancia; ¿No? Es como... Verá; a mí me sucede en ocasiones que tengo aquí dentro, en mi cabeza, algo que me da vueltas y vueltas, y cuantas más vueltas da, va creciendo más y más; ¿Me entiende? Y entonces se me agarra al pecho, y me da así como una angustia... Y luego, cuando hablo de ello, cuando se lo cuento a usted, por ejemplo, o a mi hermana, pues es como que se deshinchara, como que ya no fuera tan grave. Llego a pensar: “Qué boba, si después de todo no es para tanto”. No; es que me preguntaba si aún me queda mucho de terapia. Sí; ya sé que la ley marca un plazo, y que aún no lo hemos cumplido, pero como usted puede prorrogar ese período, si lo considera oportuno, pues... ¿A mí? Pues la verdad es que a mí me da igual, doctora. Eso debe decidirlo usted; ¿No? Usted es la especialista... Ah, bueno, claro. Que ya lo veremos con la evaluación. Pues ya lo veremos con la evaluación... ¿Y falta mucho, para la evaluación esa? Ah... Ya. Voy a, estaba pensando que no voy a coger el metro en la estación de siempre. Voy a ir paseando hasta la próxima. Mañana voy a cocinar bacalao, y quiero parar en una tienda que conozco, porque tengo que comprar algunas cosas. ¿Sabe, sabe que dicen que donde mejor se cocina el bacalao es en Noruega? Yo pensaba que era en Portugal, pero parece ser que no, que es Noruega. Otra cosa igual; ¿Eso cómo se sabe? ¿Hay alguien que se dedica a ir viajando de país en país, probando la comida? (Pone voz de falsete) “Hum, la pasta en Italia, la carne en Argentina, el bacalao en Portugal... ¡No; quita, quita! Mejor en Noruega”... (Ríe). ¡Ay, doctora! Lo que yo le diga... Cada día más escéptica.

Faith se levanta de la silla. Se alisa el vestido y finge revisar por encima su bolso. Cuando ya no se le ocurre qué más decir; se apodera de ella la misma sensación que tenía al principio. Aquellos nervios mal disimulados.

Bueno; pues... Pues entonces me voy a ir; ¿No le parece, doctora? Porque ya sí que debe de ser la hora... Y no quiero que me cierren la, la tienda... Entonces, entonces hasta la próxima cita; ¿No?

Faith se da la vuelta. Hace ademán de salir, pero algo le hace girarse.

¿Qué? ¿Cómo dice, doctora? ¡Ah, sí! Sí, no se preocupe por mí. Estaré bien...

Oscuro.

(Este monólogo se estrenó, en su versión en español, en Madrid, en la sala "La Tirana Malas Artes". El 17 de Abril de 2010)