lunes, 26 de abril de 2010

Johnny and me

En escena; una silla y una actriz.

Faith, de pie, juguetea con el bolso. No es la primera vez que acude a la consulta de su analista, la doctora Chase, pero se muestra nerviosa. Le ocurre en cada sesión. Avanza tímidamente, como pidiendo permiso con cada músculo de su cuerpo.

Faith:

Doctora, ehem, doctora Chase. Sí. Er... Yo, verá; yo, yo siento el retraso. El, el metro. Está, ya sabe, el centro está imposible a estas horas. Había en el andén, además, una mujer. Una negra muy grande, con un vestido de flores y un carrito de la compra lleno de trastos que ha amenazado con tirarse a la vía, y se ha organizado un caos. Tenía; la negra digo, tenía unas tetas enormes. No me imagino lo que debe ser tener unas tetas así de grandes. Debe ser muy incómodo. Pesado. Pesaaaado. Debe doler mucho la espalda. Claro que, igual, tiene sus ventajas. Porque debe verse el mundo desde una cierta distancia; ¿No? Es como, en fin; una puede parapetarse tras sus tetas y verlo todo como si estuviera viendo la tele. Allá, un poco lejos. Y si te paras a pensarlo, quizá no sólo las tetas te sirvan para ganar algo de espacio. A lo mejor una nariz grande, pero grande, un pedazo de nariz, también te lo permite. Mi Johnny no tiene la nariz grande, es más bien chata. Y así como redonda al final, en la punta. Pero tenemos un amigo, Spencer, que tiene una nariz enorme. Mi Johnny solía decir que Spencer siempre parece estar triste, pero yo creo que no. Que es la nariz; que le pesa tanto que tira de su rostro hacia abajo, y le da una expresión como de actor francés, de los de antes. (Se echa un poco hacia adelante, para escuchar). ¿Qué? Sí, claro. Sentarme, claro. No, no. Hoy tampoco quiero echarme en el diván, doctora. No estoy a gusto en el diván, ya lo sabe. Usted me mira desde arriba, apuntando en su bloc de notas, y yo no sé qué decir. Bueno; lo cierto es que nunca sé muy bien qué decir, por eso hablo tanto. Mi Johnny dice que eso es un defecto que tenemos todas las personas; que hablamos mucho y no decimos nada. Yo prefiero hacer como siempre, doctora, si no le importa. Prefiero sentarme en la silla, y así la tengo a usted enfrente mía, y puedo mirarle a los ojos. Ahora que caigo; usted lleva gafas... No sé; se me ha ocurrido que quizá las gafas también te ayuden a aislarte un poco...

Faith cuelga el bolso en la pata de la silla y se sienta.

¿Cómo debe ser? (Ríe) Pensaba, doctora, en cómo debe ser intentar besar a un hombre con una nariz tan grande. ¿Se llegará bien a los labios? ¿Usted ha salido alguna vez con alguien con una nariz muy grande? ¡Uy, perdón! Lo siento, qué indiscreta soy. No, no quería... Ya sé que soy yo la que debe hablar. Perdone. Y ya puestos, pienso que también tiene su cosa el intentar abrazar a una mujer con las tetas tan grandes como las de la negra del metro. (Intenta hacerse a la idea) ¿Sabe? Yo, yo llevaría peor lo de no poder abrazar a mi pareja. Peor que lo de los besos. Porque; al fin y al cabo, un beso lo puedes dar en la mejilla... Pero no poder abrazar a aquél a quien quieres... Debe ser frustrante. Claro que si no te llegan los brazos, pues ya me contarás... (Escucha, atenta a su interlocutora). Pues... no sé. No sé dónde nos quedamos en la última sesión. Debe tenerlo usted apuntado ahí, en su bloc; ¿No? Ah, que le cuente lo que yo quiera... ¿Pues no le digo? Si me hace a mí hablar y hablar, sin orden ni concierto, no sé lo que soy capaz de contarle. ¡Cualquier cosa! No sé... ¡Ah, sí! Sí. Ya he terminado de ir a la rehabilitación. Mi fisioterapeuta dice que casi he recuperado toda la movilidad del brazo. Dice que tengo mucha suerte, que de como estaba cuando salí del hospital, a como está ahora... No olvide, doctora, que mi Johnny me lo rompió por tres sitios (Mira su brazo y lo mueve, casi como si le costase creer que aún está ahí). Y ya casi no me duele. Dentro de poco podré empezar a reducir la dosis de los analgésicos. No me gustan las pastillas. Detesto las pastillas. Lo paso fatal para tomármelas. Tengo, tengo que deshacerlas en agua y añadir un poco de azúcar y, aún así, se me quedan aquí en la garganta, a veces, y no pasan. Yo decía; ¿Sabe? Yo le decía a mi médico que si, en vez de las pastillas, no podría tomarme algún traguito de bourbon, de vez en cuando. Cuando doliera. (Ríe). No, mujer, es broma. No puedo tomar alcohol, me sienta fatal. Soy, soy capaz de emborracharme con un pedazo de tarta al whisky. ¿Sabe que mi médico, no sé si se lo he contado, sabe que se llama doctor Waksman? Doctor Waksman, sí. Pero como el pobre tiene frenillo, y cecea al hablar, cuando pronuncia su nombre parece que dice Walkman, en lugar de Waksman. Yo le decía: “Doctor Walkman; ¿Puede usted ponerme algo de Elton John?” Y él se reía. Cada vez que yo le hacía el chiste. Es muy agradable, el doctor Walkman. Muy simpático. Pero muy feo. Claro que de eso no tiene la culpa, el pobre. Sí, si tengo noticias de mi Johnny. Su hermano Frank fue a verle, a la cárcel, la semana pasada. Dice que está muy desmejorado. Muy delgado... ¡Dice que se ha hecho un tatuaje, aquí, en el brazo! ¡Un tatuaje, como los presos de las películas! ¿Qué se habrá tatuado? Frank no me lo quiso decir. ¡A lo mejor se ha tatuado mi nombre! ¡Seguro! Porque debe echarme de menos, claro. Mi Johnny no es mala persona, yo siempre lo he dicho. Lo que pasa es que no sabe beber. Bueno; y que vivir conmigo también tiene su aquél, claro. Me tiene preocupada, mi Johnny. No sé; tanta gente metida allí dentro, revueltos... Y cada uno de su padre y de su madre... Que puede pillar cualquier cosa. ¡Una, una hepatitis, o algo así! ¡Y mi Margaret cumplió años anteayer! Seis, cumplió seis añitos... Está más bonita... ¡Para comérsela! ¡Espere, que le voy a enseñar una foto de mi Margaret! ¡Ya verá, ya!

Faith rebusca en su bolso y, al cabo, saca un monedero. Lo abre y enseña la foto de su pequeña.

¿Ve? Está guapa mi bizcochito; ¿Verdad? Yo no sé a quién habrá sacado los ojos así, tan azules. Yo no tengo los ojos azules, y mi Johnny menos. Y no recuerdo que nadie de mi familia tenga los ojos de un azul tan... No sé; de un azul tan puro, tan bonito. Pienso que nunca estamos de acuerdo con lo que tenemos; ¿No le parece? La gente que tiene los ojos bonitos siempre se queja de que los demás sólo se fijan en ellos, y en nada más. ¿Se ha dado usted cuenta? Y yo pienso que deberían estar agradecidos. Yo creo que los ojos hablan más de una persona que cualquier otra parte de su cuerpo. Y por eso, por eso creo que hay gente que se empeña en ocultarlos. Hay, bueno, hay gente que baja la cabeza cuando se dirige a ti, o que desvía la mirada cuando habla... Y luego hay gente que gesticula mucho. (Hace aspavientos con sus manos). Mueve, mueve así las manos, como los magos, o como los italianos de las películas. Como para que te fijes en sus gestos y no les mires a la cara. A mí eso me pone muy nerviosa. Mi madre me enseñó que hay que mirar de frente. Por eso no me gusta el diván. Y eso que yo he pasado mucho tiempo con la cabeza gacha. Pero bueno... Ayer hice un bizcocho, de chocolate, y mi Margie me estuvo ayudando en la cocina. Se puso... (Ríe). Se puso perdida, claro. Toda la cara llena de chocolate, y las manos, y la ropa... ¡Qué trasto! Nos lo pasamos muy bien, las dos juntas. Es curioso; pero mi niña ya no pregunta por su padre. No creo, por Dios, que le haya olvidado, pero quizá ya no le inquieta tanto que él vuelva. Después de todo; los niños son, son como de goma; ¿Me entiende? En más de un sentido... Una vez leí que un crío se había caído desde una ventana de un cuarto... ¿O era de un quinto piso? No sé, una burrada... ¡Y no se había hecho ni un rasguño! ¿Puede creérselo? Un milagro, dirá usted. Yo digo que son de goma. A lo mejor las heridas de dentro, esas que no se ven, cicatrizan después en ellos... No sé. El otro día mi Margie hizo un dibujo, en el colegio. Muy bonito, con muchos colores. Le habían pedido que pintase a su familia y ella nos dibujo a las dos. Sólo a las dos. Su padre no aparece por ningún lado. Yo no le pregunté, qué quiere que le diga, doctora. Me limité a ponerlo en la puerta de la nevera, sujeto con un imán. En fin... ¿Sabe, sabe una cosa? Venía leyendo en el metro una revista, una revista de esas de divulgación científica... Alguien debió dejársela olvidada en el asiento, yo no puedo malgastar mi dinero en revistas, y mucho menos científicas. El caso es que venía un artículo acerca de las hormigas... ¡Se lo juro, de las hormigas! Me pregunto cómo es posible que haya alguien que tenga como profesión estudiar a las hormigas... ¡A las hormigas! Y además, digo yo; ¿Para qué? ¿Qué saca nadie en claro estudiando a las hormigas? No puedo entenderlo. El caso es que el artículo decía cosas muy curiosas. Por ejemplo; que las hormigas son el insecto más listo, el más organizado, el más trabajador, el más numeroso y fecundo. ¿Sabe que son más antiguas que los humanos? ¿Sabe que, por ejemplo, las hormigas sólo pueden caerse de su lado derecho? Se lo juro, lo dice tal cual. Digo yo; ¿Quién asegura eso? ¿Es que algún tipo se ha pasado las horas muertas mirando a las hormigas, a ver si es cierto que todas se caen del mismo lado? ¡Venga ya! Esto viene a cuento porque yo cada día soy más escéptica, doctora. Pues no sé; con todo, en general. Escéptica. Así; sin más. A ver; ¿Por qué tengo yo que creerme que el hombre está emparentado con el mono? ¿Eso quién lo dice? Si fuera con el cerdo, pase. Pero con el mono... Por otra parte; el ser humano tiene la costumbre de elaborar teorías con el único fin de echar por tierra las que ya existen, me parece a mí. Si uno dice que la mantequilla es buena, siempre habrá otro que diga que es perjudicial para, yo qué sé, para el colesterol o, o para algo. Si una cree en Dios, ya vendrá alguien a decirle que no, que Dios no existe. Que sólo somos un montón de sustancias químicas, bien mezcladitas... Ya no sabe una en qué creer, así que lo mejor es hacerse escéptica. Debería fundar un partido político; “Unión de Escépticos”. Claro que la política me suscita un escepticismo de la leche, así que debería abandonar el partido casi al mismo tiempo de fundarlo... Que no, que no. Que a mi parecer; vivimos muy engañados, doctora. Mire, por ejemplo; la televisión. Cuando anuncian las cremas esas anti edad: “Resultados visibles en el ochenta por ciento de las mujeres”. O sea; que si te toca ser de las del veinte por ciento restante, estás jodida; ¿No? O la teoría esa de que el chocolate es afrodisíaco. El chocolate no es afrodisíaco; sólo produce remordimientos. Claro que no sé por qué estoy diciendo esto porque, después de todo, yo creo en Dios, doctora. Bueno, no sé si realmente creo en Él, o lo que me pasa es que padezco del sentimiento de culpa típico de mi represiva educación católica. No, la frase no es mía. Es de Paul, mi primer novio. Le he hablado ya de Paul; ¿No, doctora? El comunista sindicalista. Cuando yo le conocí llevaba el pelo largo y barba, e iba a cambiar el mundo. En fin, ya sabe usted; cuando uno tiene quince años es fácil pensar que el mundo puede cambiarse. (Ríe). Acabó casándose con una compañera de instituto. Con la dentona de Liz Robbins... Por la iglesia, naturalmente. Y tuvo un par de hijos. Creo que ahora trabaja en un banco... Bueno; pues la frase es suya. Hablaba muy bien, Paul. Tenía una voz muy bonita. A mí siempre me han fascinado las personas con una voz bonita, pero me han dado siempre algo de miedo. Es como, es como si fueran capaces de hipnotizarte... Porque la voz es un instrumento, y los instrumentos están ahí para ser utilizados. Así que es lógico que un sindicalista tenga una voz bonita; ¿No? Una duda que yo tengo, doctora; ¿La Serpiente del Edén sería también sindicalista, o era sólo que tenía una buena voz? No, no, no me mire con esa cara. Después de todo; lo que hizo fue incitar a Adán y Eva a que se rebelasen contra la patronal. Y así les fue... Seguro que esa Serpiente ahora también trabaja en un banco. Sí; tiene usted razón, estoy divagando. ¡Pero yo ya se lo advertí, que conste! Que si usted me deja a mí a mi aire... ¿Qué? ¿Qué por qué le he pedido que cambie la hora de nuestra sesión? ¡Qué tonta, si aún no se lo he dicho! Perdone, no sé dónde tengo la cabeza. Pues porque he empezado a trabajar, doctora. Hace una semana. Me va... bien, supongo. Todo lo bien que le puede ir a una en una fábrica de enlatado de conservas, digo yo. De todas formas; a estas alturas, el hecho de tener un trabajo ya es como para sentirse afortunado. No sé; bien, ya le digo. Entro a las ocho de la mañana, y salgo a las cuatro de la tarde. Estoy en la cadena de vacío. Las compañeras son simpáticas y el encargado es un hombre muy agradable. No, no, con el brazo bueno me apaño bien, de verdad. Yo no puedo permitirme estar de baja; ¿Quién le daría de comer a mi Margie? No, no. El subsidio del estado también se agota, doctora. ¿Qué? Perdone; no le había entendido. Sí, mi hermana continúa viviendo con nosotras. Y no creo que se mude, al menos de momento, lo que es una bendición. Si no fuera por ella, no sé cómo me las apañaría con Margie. Mi hermana continúa saliendo con ese chico del que le hablé; Bob. Parece muy buena persona, y tiene un buen trabajo. Aunque también parece un poco lelo. ¿Cómo? ¿Buscar otro trabajo? ¿Yo? Quite, quite, doctora. ¿Dónde voy a ir yo? ¿A fregar escaleras? ¿A limpiar en una casa? ¿De baby sitter? Yo no tengo estudios, doctora. Ni están ahora las cosas como para andar jugándose el pan. ¿Qué? ¿Que si tengo alguna habilidad especial? Sí; me sienta bien el azul, no te jode. Perdone, se me ha escapado. Deje, deje, de verdad. Estoy bien como estoy. ¿Qué habrá pasado con la mujer del metro? Me estaba acordando ahora de ella. ¿Se habrá suicidado? ¿Qué puede pasarle a una por la cabeza para querer suicidarse? Encontrarse sola, supongo. No hay nada peor que la soledad; ¿No le parece? A lo mejor es eso; que está sola, la pobre. Que sufre de falta de cariño. Que no tiene quien la abrace. Bueno, y aunque tuviera a alguien, con esas tetas... La vida es como es, que dice mi Johnny.

Yo tenía un sueño, de pequeñita. Soñaba que tendría muchos hijos, y un marido guapo y cariñoso. Tendríamos un piso en Londres, y a lo mejor una pequeña casita en el campo. Me veía yendo a comprar al mercado y hablando con las vecinas, de jardín a jardín... Me hubiera gustado ser cocinera y quizá, por qué no, tener mi propio negocio. Un pub pequeño, donde se sirvieran comidas caseras. Mi Johnny tiene mucho don de gentes; ¿Sabe? Además de ser un gran mecánico, tiene un pico de oro. Y eso es lo que hace que los clientes vuelvan; ¿No le parece? Cuando le fue mal en el taller, podría haberse venido al pub, o... ¡No, mejor! ¡Podría haber sido él quien hubiera dejado el taller, antes de que le echasen! Quizá nos hubiera ido mejor... Pero eso nunca lo sabremos, claro. Porque como dice mi Johnny, la vida es como es. ¿Usted es creyente, doctora? ¡Ay, perdone, ya lo he vuelto a hacer! Disculpe. No, si yo se lo preguntaba porque mi vecina, la señora Neville, me contó el otro día una cosa... Bueno; es una tontería, usted verá, pero me ha dado que pensar. Verá; la señora Neville es una ancianita típica inglesa. De las estándar, que diría mi Johnny. Es una mujer chiquita y arrugada, de ojillos pequeños y vivos, y de pelo gris ceniza, recogido siempre atrás, en un moño. Es la amabilidad en persona; se deshace en sonrisas al hablar. No sé si a usted le pasa, doctora, pero a mi no me gusta la gente que sonríe tanto. Siempre creo que la gente que más se esfuerza por ser amable, es la gente que más tiene que ocultar. A veces no puedo evitar pensar que la señora Neville esconde algún secreto terrible... No sé, algo así como que hace tiempo se cargó a su marido, y guarda sus restos momificados en el salón. Como Norman Bates con su madre. En fin; el caso es que la señora Neville me contó que el Domingo pasado había asistido al funeral de su cuñado, en Gloucester. Su cuñado había pedido ser incinerado y, al término de la ceremonia; les dieron los restos en una urna, que se llevaron a casa. La hermana de la señora Neville debe ser bastante mayor que ella, y seguramente se le está yendo la cabeza a la pobre, qué pena llegar a viejo; ¿No le parece? Bueno; pues cuando llegó a casa reanudó sus rutinas habituales; porque la vida sigue, claro, y hay que tirar para adelante. Total; que la señora Neville me contó que su hermana le había llamado el otro día por teléfono, echa un mar de lágrimas. Parece ser que, al ir a cambiarle la arena del cajón a su gato, se había equivocado, y lo había rellenado con las cenizas de su difunto esposo. Imagínese, doctora, los restos mortales del pobre señor empapados en meados de gato. Que por eso le preguntaba yo si usted es creyente. Porque si es verdad que todos tenemos un alma, la del pobre hombre debe estar bastante cabreada; ¿No le parece? Es una cosa terrible, esto de la muerte, creo yo. Pensar en ello me da escalofríos.

¿Cómo? ¿De verdad que no le había contado nunca que me hubiera gustado tener una casita en el campo? Vaya... Pues sí. Quizá es porque, de niña, pasaba largas temporadas en casa de mis abuelos. Mi abuelo era campesino y tenía unas pocas tierras. Nada muy grande, no se crea, pero les daba para vivir. Recuerdo una vez que estábamos jugando y me picó una abeja... Me hinché, me hinché y me faltaba la respiración, y tuvieron que llevarme al hospital. Entonces; mi abuelo arrancó todas las flores. Porque mi abuelo plantaba flores, combinándolas con la cosecha, para atraer a las abejas. Las abejas se comen a las orugas y así se controlan las plagas; ¿Sabe, doctora? Bueno; pues arrancó todas las flores. A mí me dio mucha pena. Claro que entonces yo no comprendía que, a veces, hay que hacer sacrificios, si se quieren evitar males mayores. Una tiene que callarse, después de la primera bofetada, si quiere evitar que le den la segunda. Mi madre siempre decía que es una gran desgracia ser mujer. Yo creo que no. Yo creo que la vida es como una partida de cartas, y que sólo depende de la mano que lleves. Hombre; si llevas mala mano estás jodida, claro. Pero también es lo que digo yo; que ninguna racha, ni buena ni mala, dura para siempre; ¿No le parece? Mi hermana dice que es una cuestión de Karma. ¿Sabe usted lo que es el Karma? ¡Ah! Bueno; pues yo no lo sabía, así que me fui a buscar la definición al diccionario. Escuche, escuche, que me impresionó tanto, que me la he aprendido de memoria. Verá, ehem; “Karma: En las religiones de la India, mecanismo de retribución de los actos al que está sometido cada individuo y que condiciona su futuro escatológico.” Su futuro escatológico; ahí es nada. O sea; que depende de lo que hayas hecho en tus vidas pasadas; así te va a tocar, o no, un futuro de mierda. (Ríe). ¿Qué? ¿Cómo dice, doctora? Ah, que escatológico “también se usa para tratar lo concerniente a la vida de ultratumba”... Anda; quién lo diría... Pues ni idea; mire. ¡Hay que ver cuánto sabe usted, doctora! Qué envidia me da la gente tan lista. O bueno; la gente tan culta, la gente que sabe tanto... Yo no he podido, pero mi Margie sí que va a acabar sus estudios. Aunque me cueste la vida. Me gustaría que fuera médico, o abogada... Y quiero que viaje, que viaje mucho. Es una gran cosa eso de viajar, y conocer mundo; ¿No le parece? Claro que para eso hace falta mucho dinero. Mi hermana se fue de vacaciones hace unos años a España, a un sitio que se llama La Costa Brava, o algo así. Le gustaron el sol y la playa, pero decía que era como estar aquí, en Gran Bretaña. Con la única diferencia de que la gente allí va desnuda por la calle. No, no en toda España, imagino. Supongo que sólo allí, en la Costa, en La Costa Brava. Bueno; pues decía que se gastó una pasta. Teniendo dinero, creo yo, puedes hacer casi cualquier cosa. ¿Qué? ¡Hombre, claro que el dinero es lo más importante de este mundo, hágame caso! Hay gente que dice que el dinero no da la felicidad. ¡Tonterías! ¡Claro que no la da! ¡Con el dinero se compra la felicidad! ¿Usted no lo cree así? Pues déjeme decirle una cosa; doctora. Yo creo que todos, en general; somos, somos unos hipócritas; ¿No le parece? Si yo a usted le pregunto ahora mismo si prefiere vivir siendo asquerosamente rica, o pobre como una rata... Bueno; pues ignoro lo que me contestaría, así, de primeras; pero estoy segura de saber con cual opción se quedaría ahí, en su interior. Yo sí; yo sí se lo digo sin rubor ni vergüenza: a mí me gustaría ser asquerosamente rica. Y me gustaría ser más alta, y más joven, y tener el culo más firme y el vientre plano. Y no me gustaría seguir viviendo de alquiler, en un piso de mierda, ni tener que seguir viajando en el metro. Ni mirar a mi hija sin saber si mañana voy a estar junto a ella, si voy a poder seguir cuidándola. ¿Que por qué? ¿Por qué digo esto? ¿Me toma el pelo? ¿Sabe lo que pasará cuando mi Johnny salga de la cárcel? ¿No? Pues yo se lo diré; que vendrá a buscarme. Ni orden de alejamiento, ni nada. Mi Johnny vendrá a por mí. Porque lo único cierto en esta vida es que los hombres jamás nos dejan del todo. Jamás nos dejan. Y cuando mi Johnny salga; no podré esconderme. Y si sólo va a por mí... Bueno; pues vale. Pero si va a por mi Margie... Pues entonces seremos; o él o yo. No, no. No me mire así. Me mira como si estuviera mal de la cabeza. No soy una loca. Sólo soy una mujer. ¿Tiene usted hijos? Sí; esta vez le pregunto a propósito. ¿Tiene usted hijos? ¿No? ¡Ah, vaya! Qué curioso... Pues verá; es algo que he observado, doctora. Cuanto más humilde, más pobre, más analfabeta y simple es una; más hijos tiene. Cuanto mejor está situada social y económicamente... Pues eso; menos hijos. Ninguno; habitualmente. Es curioso. Pero no pasa nada; no estoy censurándola. Alguien tiene que perpetuar la especie. A algunas nos toca hacer el papel de hormigas; ¿No? (Ríe). ¡Hay qué joderse! No, pensaba en cómo es posible que alguien que no ha experimentado determinadas emociones o experiencias, viva de dar consejos sobre ellas a los demás. Como usted; doctora. Pero no se sienta incómoda, que no estoy juzgándola. Es ésta vida, que no la entiendo muy bien. Nada más.

Yo tuve dos abortos antes de dar a luz a mi Margie; ¿Lo sabía, doctora? ¡Ah, claro; que viene en el dossier que le pasaron los de los Servicios Sociales! Pues sí; dos abortos. A mi primer niño lo perdí un diez de Febrero. Mi Johnny llegó a casa a las tres de la mañana, borracho. Discutimos. Me dio de puñetazos; la mayoría en la barriga. Parte de ese crío se fue por la taza del váter del piso en el que entonces vivíamos. (Sonríe, tristemente). Pasé el catorce de Febrero, el Día de Los Enamorados, tumbada en la cama de un hospital. Cuando perdí al segundo, mi Johnny estaba trabajando en Liverpool. Les habían encargado montar unas máquinas y tuvo que irse. Porque no sé si le he dicho ya que mi Johnny es muy buen mecánico. Ese día yo estaba comprando, en el mercado. Oí un grito a mi lado, y una mujer me tomó del brazo y me hizo mirar hacia abajo. A mis pies había un charco de sangre. Yo no me di ni cuenta; se lo juro. Nunca he sabido qué pasó. Pero esa criatura también se me fue. Era Junio. Mire, bien pensado; sí que va a servir de algo aquello de estudiar a las hormigas. Aunque lo mío no es que tenga mucha explicación, que digamos. Déjeme preguntarle algo; ¿A usted le gustaría tener los ojos azules? No, no; es una tontería. Pensaba que mi Margie es tan distinta a mí; que quizá su destino no tenga nada que ver con el mío. Quizá su Karma no le depare un futuro de mierda, como a mí, y sea todo aquello que yo quiero que sea, y todo aquello que ella quiera ser. Igual estaría bien que fuera lesbiana... No sé; otra vez estoy divagando. Le advertí de que no era buena idea dejarme hablar a mi aire. Le miro a la cara a usted, doctora, y puedo ver que está deseando echarme. La he molestado, sin duda. No era mi intención, puedo prometérselo. Pero a éstas cosas se arriesga uno cuando sienta en una silla a una persona, y le pide que desnude su interior. Y yo, que hablo mucho. Que hablo demasiado; ¿No, doctora? Usted perdone. Mire; le voy a contar algo gracioso. Yo tengo la costumbre de salir al parque con mi hija a poco que un rayo de sol asome. Es una costumbre muy inglesa esta; ¿No le parece? Yo creo que por eso ha sido lo de las Colonias, que nos hemos pasado la vida buscando el sol. O quizá huyendo de nosotros mismos, de nuestras nieblas y de nuestras brumas. El caso es que cerca de mi casa hay un parque, pequeño. Es la nueva onda en el urbanismo; ¿No cree? Hacer más parques. Y más glorietas. El caso es que el año pasado, y cumpliendo con el ritual; comenzamos a frecuentar ese parquecito. A las horas en las que lo hacíamos coincidíamos con un hombre joven, guapísimo, de pelo negro frondoso y ojos almendrados. De piel canela y manos grandes. Cómo me gustan los hombres con las manos grandes, doctora. Las manos es lo primero que miro en un hombre. Bueno; y el culo, claro. El caso es que aquel hombre llevaba a un niño al parque, de la misma edad de mi Margie, calculo yo, a la misma hora a la que íbamos nosotras. Yo me sentaba en un banco, a comer pipas, y él se enfrascaba con algún libro en algún otro banco, nunca muy lejano al mío. Yo mondaba y mondaba las pipas, y él hundía la nariz en su lectura. Cuando yo levantaba la mirada hacia él, y él me descubría, yo aceleraba el ritmo, y me ponía perdida con las cáscaras. Cuando pasaba lo contrario; cuando era yo quien le cazaba observándome a hurtadillas, él se removía inquieto, y fingía estar muy concentrado. Pero concentradísimo; ¿Eh? Hasta que un día mi Margie, con la candidez y la inocencia propias de los niños, se hizo amiguita de aquel crío. Y me lo vino a presentar; ¡Como su novio! Imagínese, doctora. Y detrás de mi Margie, y de mi futurible yerno, apareció aquel hombre guapísimo. Y nos presentamos, y se sentó a mi lado. Olía a limpio. A jabón y a un toque de colonia. Tenía dientes blanquísimos aunque sonreía poco, si bien lo hacía con una sonrisa casi infantil. Charlamos. Yo dije muchas tonterías, creo. Y él dijo muchas más; de eso estoy segura. Coqueteamos, como dos colegiales. Yo tenía las mejillas ardiendo, doctora, se lo prometo. Me sentía como una quinceañera boba. Supongo que estaba henchida de orgullo, porque a todas nos gusta suponer que somos irresistibles. Capaces de conquistar a un pedazo de hombre como el que tenía yo a mi lado entonces. Los niños jugaban, y nosotros hablábamos. Me propuso tomar algo en una cafetería cercana, y seguir charlando. Acepté. Me resultaba muy agradable pasar un rato tranquila, mirando de frente a alguien y, durante un rato, olvidarme de recibos, de problemas, de discusiones... Usted ya me comprende. Y a lo mejor hasta comencé a fantasear, suponiendo que existía la posibilidad de que tuviéramos una aventura, fugaz, prohibida, romántica e imposible. Hubo un instante en que nuestros dedos se rozaron; nada, fue apenas un segundo, pero a mí se me aceleró el corazón, se me desbocó. Él se dio cuenta, por supuesto. Y tomó mi mano entre las suyas. Y entonces me asusté, usted verá, y la retiré. Y como soy tan bocazas como soy, que a cuenta de eso viene toda esta historia, pues le dije que no se equivocase conmigo, que yo era una mujer casada y que no iba a ser infiel a mi marido... Y no sé cuantas cosas más. Él me pidió disculpas, me dijo que yo le había malinterpretado, que él también tenía una relación estable y que no era su intención. Sacó su billetero, y de él una fotografía que me mostró. Me sentí algo confusa, porque me tendía la foto de un hombre, rubio, de grandes bigotes... Se me parecía, se va usted a reír, se me parecía a Astérix, el personaje de cómic. Me dijo que era su pareja. Así que mi pedazo de hombre, tan guapo, era gay; ¿Se da cuenta doctora? (Ríe). Pues que quedé como una idiota. ¿Qué? ¿El niño? El niño era hijo de su novio, que había estado casado antes de conocerle. Así que ya ve; no me tome usted demasiado en serio, porque yo hablo demasiado. Para luego no decir nada, claro. No sé, no sé cómo vamos, con la sesión digo, supongo que al haber llegado un poco tarde, debemos estar casi acabando; ¿No, doctora? Ah, que aún nos queda un ratito... Bien. Parece... Parece que estos días hace mejor tiempo; ¿No? Al menos; ha salido el sol. Hace un frío del demonio, pero ha salido el sol. Los días así están para salir a pasear, al parque; ¿No le parece? Están para aprovecharlos con la familia. (Sonríe, tristemente) Con la familia... Oiga; doctora. ¿Usted cómo, cómo cree que estoy? Quiero decir; ¿Me encuentra usted mejor? ¿Me estoy recuperando? ¿Está sirviendo esto para algo? Porque yo no quiero engañarla, doctora, pero es que no las tengo todas conmigo. Yo no sé si esto de sentarme aquí a charlar con usted tiene alguna utilidad. Sí; yo me desahogo, estamos de acuerdo, pero... ¿Cómo? ¿Que si a mí me sirve de algo? Verá; doctora, no esperaba yo que usted contestase a mi pregunta con otra. Pues... No sé. Supongo que sí. Al hablar de las cosas, al sacarlas afuera, parece que les restas una parte de su importancia; ¿No? Es como... Verá; a mí me sucede en ocasiones que tengo aquí dentro, en mi cabeza, algo que me da vueltas y vueltas, y cuantas más vueltas da, va creciendo más y más; ¿Me entiende? Y entonces se me agarra al pecho, y me da así como una angustia... Y luego, cuando hablo de ello, cuando se lo cuento a usted, por ejemplo, o a mi hermana, pues es como que se deshinchara, como que ya no fuera tan grave. Llego a pensar: “Qué boba, si después de todo no es para tanto”. No; es que me preguntaba si aún me queda mucho de terapia. Sí; ya sé que la ley marca un plazo, y que aún no lo hemos cumplido, pero como usted puede prorrogar ese período, si lo considera oportuno, pues... ¿A mí? Pues la verdad es que a mí me da igual, doctora. Eso debe decidirlo usted; ¿No? Usted es la especialista... Ah, bueno, claro. Que ya lo veremos con la evaluación. Pues ya lo veremos con la evaluación... ¿Y falta mucho, para la evaluación esa? Ah... Ya. Voy a, estaba pensando que no voy a coger el metro en la estación de siempre. Voy a ir paseando hasta la próxima. Mañana voy a cocinar bacalao, y quiero parar en una tienda que conozco, porque tengo que comprar algunas cosas. ¿Sabe, sabe que dicen que donde mejor se cocina el bacalao es en Noruega? Yo pensaba que era en Portugal, pero parece ser que no, que es Noruega. Otra cosa igual; ¿Eso cómo se sabe? ¿Hay alguien que se dedica a ir viajando de país en país, probando la comida? (Pone voz de falsete) “Hum, la pasta en Italia, la carne en Argentina, el bacalao en Portugal... ¡No; quita, quita! Mejor en Noruega”... (Ríe). ¡Ay, doctora! Lo que yo le diga... Cada día más escéptica.

Faith se levanta de la silla. Se alisa el vestido y finge revisar por encima su bolso. Cuando ya no se le ocurre qué más decir; se apodera de ella la misma sensación que tenía al principio. Aquellos nervios mal disimulados.

Bueno; pues... Pues entonces me voy a ir; ¿No le parece, doctora? Porque ya sí que debe de ser la hora... Y no quiero que me cierren la, la tienda... Entonces, entonces hasta la próxima cita; ¿No?

Faith se da la vuelta. Hace ademán de salir, pero algo le hace girarse.

¿Qué? ¿Cómo dice, doctora? ¡Ah, sí! Sí, no se preocupe por mí. Estaré bien...

Oscuro.

(Este monólogo se estrenó, en su versión en español, en Madrid, en la sala "La Tirana Malas Artes". El 17 de Abril de 2010)

viernes, 19 de marzo de 2010

Espejito, espejito

La muerte de la tía Ágatha fue lo único que consiguió reunir de nuevo a toda la familia. Resultaba un tanto extraño observar cómo la parentela se congregaba en torno a la infinita mesa de caoba que presidía el despacho de la difunta. Era como ver a los pájaros aquellos que acosaban a Tippi Hedren en la película de Hitchcock, pero vistiendo de Prada.
El señor Banner, abogado, miraba con ojos de besugo a uno y a otro lado. Sin duda se preguntaba si era posible que alguien estuviera emparentado con un número tal de personas que, puestas de acuerdo, hubieran podido invadir un país pequeño. Carraspeó un par de veces, con el propósito de obtener un poco de silencio. Y es que los llantos, los lamentos, y los mocos sorbidos a intervalos habían alcanzado la cadencia rítmica que probablemente emita un coro de hienas a punto de engullir carroña.
Cuando por fin se acalló el alboroto, el abogado retiró con su pañuelo una gruesa gota de sudor que había estado haciendo equilibrios en la punta de su nariz y dio comienzo a la lectura del testamento, si bien el discurso se vio interrumpido de cuando en cuando por algún “qué buena era”, varios “cuánto amor albergaba su corazón”, bastantes “siempre se van los mejores”, y no pocos “yo era quien más la quería”.Con todo; el señor Banner no tardó demasiado en formalizar tan delicado trámite. Resumiendo mucho; diré que la tía Ágatha no nos había dejado nada.
A nadie.
Su dinero iría a parar a obras de caridad, la casa se subastaría, las joyas y las piezas de arte se donarían a los museos, y las cenizas de la difunta se esparcirían al viento; “no vaya a ser” – cito textualmente – “que alguno de éstos cretinos las utilice para cubrir con ellas el fondo de la bandeja de sus gatos”.
El revuelo fue considerable, claro. Y la sensación general la resumió la prima Gladys de forma admirable con un contundente “quéhijaputa”.
Apuré el vaso de bourbon que Elizabeth, la fiel ama, me había deslizado en la mano nada más llegar y, encantado de contemplar el efecto que la vieja había provocado en aquel montón de alimañas, cogí mi abrigo y me marché.
Me entretuve un rato en el jardín charlando con Mathew, el chofer, un ancianito encantador, que tenía unas cataratas tan opacas como cortinas de baño y que presumía de conducir de oído. No tuve valor para decirle que lo que estaba abrillantando no era el Bentley, sino el cochecito del jardinero.
Aquella misma noche tomé un vuelo de vuelta a casa. Mientras a través de la ventanilla miraba la oscuridad que reinaba en el exterior, no podía evitar reflexionar acerca de las vueltas que da la vida. Y algunas coristas de Queens.
Mi familia se había hecho rica con los negocios. Mi bisabuelo Richard, por ejemplo; había demostrado ser un hombre con una gran visión comercial. Comenzó recogiendo cabello por todas las peluquerías de Londres, comprándolo a un par de peniques el kilo, y luego confeccionando barbas que vendía a una libra con cincuenta. Durante la primera Gran Guerra sus barbas fueron muy apreciadas, sobre todo entre los espías que precisaban de un razonable nivel de incógnito; así que hizo una fortuna.
Mi tío abuelo Andrew, por su parte, fue pionero en el negocio de la comida rápida al crear su propia cadena de puestos callejeros de bocadillos de carne. Lo floreciente de su empresa coincidió con aquel período que en Londres se llamó “la temporada sin gatos”. Sin embargo yo; escritor en ciernes, había decidido renunciar a todo y exiliarme a los Estados Unidos con el firme propósito de vivir de mi Musa o, en su defecto, de alguna dama rica con una esperanza de vida lo bastante limitada. Sí, no puedo negarlo; quizá también influyera en la decisión de marcharme de Inglaterra un pequeño malentendido con unos señores de apellido ruso que se negaban a entender que en las carreras, en ocasiones, también se pierde.
Así que acabé viviendo en Nueva York, en Brooklyn, en un apartamento cuyo estado de habitabilidad podía considerarse miserable, cuando no decididamente infrahumano. Por lo que usted comprenderá que cualquier cantidad de dinero, por escasa que ésta fuera, que la tía Ágatha me hubiera dejado en herencia habría supuesto un respiro para mi maltrecha economía. Pero no estaba enfadado con ella, no crea. No dejaba de regocijarme con la idea, tan literaria por otra parte, de que hubiera dejado con un palmo de narices a toda la familia. La anciana debía estar tronchándose, allá donde estuviera.
Pasé el par de días siguiente trabajando en la que, sin duda, será la novela definitiva del siglo XXI: “Cielos; ¿Por qué a mí?” en la que narro, con un fino sentido del humor y una prosa digna de F. Scott Fitzgerald, las tribulaciones por las que debe atravesar un gángster que, en plenos años veinte, quiere triunfar como primera vedette en Broadway, y me encontré tan absorto en la historia que, cuando sonó el timbre de la entrada, ya me había olvidado de la tía Ágatha y de todo. Al abrir la puerta vi a un mensajero en el descansillo, afanándose en sujetar un embalaje que debía medir alrededor de metro ochenta.
- ¿Alfred Robbins?
- El mismo.
- Paquete para usted.
- ¿Para mí?
- Viene de Inglaterra.
Por unos momentos, a qué negarlo, me sentí presa de un súbito temor pero, al cabo, caí en la cuenta de que el cajón no parecía diseñado para contener la cabeza de un caballo, así que me tranquilicé. Por otra parte; obsequiar animales por piezas es más propio de ciertas familias italianas, antes que de las rusas.
Así que firmé el recibo correspondiente y, ayudado por el mozo, coloqué el paquete en mitad del salón. Prendido en la caja había un sobre cerrado que contenía una nota manuscrita. Sorprendentemente; la firmaba la recientemente fallecida. Y decía:
“Estimado sobrino Alfred.
De entre todos mis familiares eres, si no el favorito, sí quizá al que menos detesto. Por esta razón, y tras mucho meditarlo, he decidido que seas el único beneficiario de mi fortuna. No te dejo dinero, propiedades o acciones, así que borra esa estúpida sonrisa de tu rostro. Te lego, en cambio, el mayor de todos los dones: mi espejo.
Ésta pieza ha estado en nuestra familia durante generaciones, y pronto descubrirás por qué. Así que trátalo bien, y úsalo sabiamente.
Un último consejo: no pases tanto tiempo en el baño. Te vas a quedar tísico.
Tu tía Ágatha”.
Un espejo. ¡Me dejaba en herencia un espejo! No podía creerlo. Lo primero que pensé, naturalmente, es que la anciana chocheaba. Pero después caí en la cuenta de que quizá aquel trasto pudiera venderse como una antigüedad, con lo que obtendría esos pavos que me hacían tanta falta. La pieza, de todas formas, era magnífica. El marco, de madera oscura, se hallaba ricamente trabajado, y el cuerpo estaba pulido y brillante. Observé mi imagen, reflejada en él, y por un momento me vi más alto, más joven, y con algo de pelo en la coronilla. O bien los bífidus, por fin, estaban haciendo su efecto, o bien el espejo me mostraba con un aspecto sustancialmente mejorado.
Pero para qué engañarme, decidí. Aquel suntuoso artefacto no encajaba en absoluto con un inmueble que parecía decorado por Norman Bates en pleno brote esquizoide. No había mucho que meditar, entonces. Seguro que encontraba algún anticuario en Chinatown dispuesto a comprarlo. Lo buscaría al día siguiente.
Aquella primera noche la pasé intranquilo. Di vueltas en la cama, sudé como un noruego en una sauna, y soñé cosas extrañísimas. Recuerdo que se me aparecía una vaca calzada con botines de charol que cantaba “Beyond the Sea”.
A la mañana siguiente, guía telefónica en mano, me dispuse a encontrar un comprador. No bien había marcado las primeras cifras del primer número, cuando una voz de trueno resonó en el cuarto.
- ¿Qué haces, insensato?
Me sobresalté, naturalmente.
- ¿Quién anda ahí? – pregunté.
- Soy yo.
- ¿Quién? ¿Quién es yo?
A esas alturas, como ya imaginará, me estaba planteando seriamente reunir todas mis reservas de valor y coraje y salir huyendo por la escalera de incendios entre alaridos histéricos.
- Yo. Tu espejo.
- ¿Mi..?
- Mírame.
Me giré. Miré el espejo. Por increíble que le pueda parecer; le juro que la cara de un hombre aparecía claramente definida en él, y debo decir que se parecía bastante a Tom Jones.
- ¿Qué demonios..?
No pude acabar de formular la pregunta.
- Te saludo, nuevo propietario del espejo.
- ¿Quién? ¿Qué eres tú?
- ¡Vaya, me ha tocado el avispado de la familia! Creo habértelo dicho ya. Soy tu espejo.
- Pero... ¡Hablas!
- Seis idiomas, y un par de dialectos.
Estaba conmocionado, por supuesto. Ningún acontecimiento me había afectado nunca tanto, salvo quizá cuando detuvieron a mi casera, la vieja señora Osborn, acusada de traficar con cannabis para sacarse unos dólares extra.
El espejo observaba divertido mi reflejo, pálido como un chino al bajar de una montaña rusa.
- ¿Guardas algo de alcohol en este cuchitril?
- Eh, no... ¡No me digas que bebes!
- No, idiota. Es para ti. Te sentará bien.
- Pues no. No tengo, lo siento.
- Entonces pégale un lingotazo al frasco de colonia. No te matará, y te calmará los nervios.
Le hice caso y, media botella después, me hallaba al borde del coma etílico y con una total disposición para escuchar la historia que mi nuevo mueble se disponía a relatarme.
Los orígenes del mismo se remontaban a varios siglos atrás y nadie, ni él mismo, los conocía con certeza. Había ocupado un lugar privilegiado en las cámaras privadas de las más importantes familias del mundo durante ese tiempo, y sus consejos habían decidido, en no pocas ocasiones, el rumbo de la Historia. Me contó divertidas anécdotas acerca de los principales mandatarios a los que había servido. Así por ejemplo; de Napoleón decía que era tal su apetito sexual que tenía esposa, amante, varias concubinas y una oveja.
- ¿Y ahora qué hacemos? – Le pregunté.
- ¿Perdón?
- ¿Qué hacemos ahora?
- ¿Quieres decir, amo, que no sabes qué vas a hacer conmigo?
- Exacto.
Me miró como si yo fuera imbécil y, por un momento, debo confesar que me sentí así.
- Imagínate – me dijo – que alguien te dijera que tienes en tus manos los medios necesarios para saber lo que tú quieras. Qué está haciendo ahora mismo, por ejemplo, la persona que tú elijas. Los sentimientos que esa mujer por la que suspiras tiene hacia ti. Qué pasará mañana. Cual será el número del próximo sorteo de la Lotería...
Dios. La tentación era demasiado grande. Ineludible, diría yo. Tenía el mundo en mis manos. ¿Cómo no usar semejante poder?
Supongo que se afiló el colmillo lobuno que mi genética había dispuesto.
Al principio usé el espejo de forma prudente. Espié en la ducha a mi vecina del segundo; una alemana de veinticinco años con las nalgas de una nadadora olímpica, y me presenté en las oficinas de una prestigiosa revista literaria, que ofertaba un jugoso empleo, con la entrevista convenientemente preparada, lo que me proporcionó un trabajo cómodo, estable y razonablemente bien pagado.
Podía ganarme la vida dentro del mundillo literario, lo que me vendría de perlas cuando acabase mi novela, y tenía un artilugio capaz de proporcionarme otra vía de subsistencia si al final ésta fallaba.
Era feliz. ¿Qué más podía desear?
Bueno; había algo. Mi cuenta bancaria estaba por debajo de los números rojos. Quizá pudiera remediar eso, si me ayudaba de un pequeño empujoncito de mi espejo.
Probé con los juegos de azar. Una o dos veces. Gané cantidades pequeñas, lo suficiente como para saldar mis deudas y darme algún capricho. Todo iba bien, al principio.
Pero, por supuesto, la cosa acabó yéndoseme de las manos. Decidí que podía equiparar mi fortuna personal a la de mi familia y, además, en un tiempo récord. ¿Por qué esperar, después de todo? ¿A cuento de qué, ser prudente? Porque; ¿A quién perjudicaba? Es decir; yo no robaba a nadie. Me limitaba a jugar, y a apostar. Sí, de acuerdo, lo hacía con la ventaja de saber cual era el número que iba a salir en la Loto, o el caballo ganador, pero no lo sacaba literalmente del bolsillo de nadie, si usted me entiende.
Así que, al cabo de poco tiempo, abandoné mi apartamento, me mudé a una suite en el Palace y me compré un lujoso descapotable. Encendía los habanos con billetes de veinte dólares.
Tom Jones, desde el fondo del espejo, me miraba con una expresión cada vez más sombría.
- Eres imprudente, amo.
Y yo, por supuesto, le ignoraba. Y pasó lo que tenía que pasar. Los del fisco repararon en el repentino cambio de rumbo de mi fortuna, y empezaron a investigarme. No hallaban explicación alguna a mi súbito incremento patrimonial.
Una aciaga tarde de Otoño, un funcionario con la cara avinagrada se personó en mis aposentos.
Llamó a la puerta, y se identificó. Me apresuré a tapar con una sábana el espejo, por supuesto. No podía permitir que se descubriese mi secreto.
El agente comenzó el interrogatorio haciéndome preguntas aparentemente intrascendentes; mis datos personales, mi profesión, de qué color era el caballo blanco de Santiago...
Pero cuando la cosa comenzó a ponerse seria, los nervios se apoderaron de mi. Sudaba, temblaba y tartamudeaba. No dejaba de lanzar miradas furtivas al espejo. Y el del fisco, más mosqueado que un pavo en el día de Acción de Gracias, acabó por estallar.
- ¿Por qué está tan nervioso? ¿Qué guarda usted ahí?
- ¿Yo? Eh, no, nada. Yo, nada.
- ¿Ah, no?
- No.
- Entonces; no le importará que le eche un vistazo.
- ¿Qué? ¡No, ni hablar!
Se levantó. Y yo tras él. Quiso destapar el mueble. Quise impedírselo. Forcejeamos. Peleamos. Le empujé. Y el destino quiso que fuera a golpearse contra el espejo, que se precipitó contra el suelo. Se oyó el inconfundible sonido de los cristales rotos.
El resto usted ya lo conoce, señor abogado. Me han acusado de atentar contra la autoridad y de enriquecerme de manera fraudulenta, si bien no pueden probar nada. Y yo no puedo defenderme, como usted comprenderá, porque con el espejo roto no puedo probar mi inocencia. Así que he acabado en prisión, encerrado, perdido en un limbo legal del que no puedo salir. Pero debe usted creerme, señor abogado. Debe usted creerme, y debe sacarme de aquí.

lunes, 22 de febrero de 2010

Un dilema salomónico.

Entré en la década de los cincuenta a la vez que mi esposa me dejaba por un monitor de autoayuda de treinta años y apellido búlgaro; lo que fue terrible.
Pasado un mes; ella volvió a mi lado. Lo que fue infinitamente peor.
Sin embargo; para nosotros ya era tarde. Mi vida había tomado un nuevo rumbo. Abandoné mi pasado como un pirata abandonaría un puerto arrasado, o un funcionario del fisco abandonaría a un trabajador autónomo, y decidí encaminar mis pasos en dirección a lo que yo consideraba un destino cosmopolita, mundano, interesante y misterioso. El destino que yo merecía.
Al llegar a los cincuenta, a los hombres se nos mide por lo que yo he dado en llamar mi "escala universal". En un extremo estaría George Clooney; alguien guapo, seductor y carismático. En el otro extremo estaría Homer Simpson.
Sobran los comentarios.
Me mudé a un apartamento frente a Gramercy Park, desde cuya ventana observaba a los neoyorquinos hacer footing, y a las ardillas jugar al póquer. Había tomado la determinación de que mi balanza no iba a inclinarse en modo alguno hacia el lado Simpson; así que teñí mis canas, compré un bono para un solario y me apunté a un gimnasio.
Tuve dificultades al adquirir el equipo para afrontar tan épica hazaña. Primero; con la camiseta deportiva. A esta edad resulta difícil esconder la barriga, así que uno piensa que una prenda de menor tamaño que la talla propia irá bien. Craso error. No sólo no te oculta la panza, sino que, además, te marca escandalosamente los pezones. Y no es eso lo peor. Lo peor es que uno llega a plantearse la posibilidad de adquirir un sujetador deportivo.
Después; el tinte. La falta de costumbre nos incita a elegir cualquiera, sin fijarnos en su calidad. Así que el primer día; cuando llevas veinte minutos dejándote el pellejo sobre una bicicleta estática, descubres con horror que, acompañando al sudor de tu frente, grisáceos chorretones te emborronan el rostro.
Y por último; los rayos UVA. Uno se acuesta en una cama de fibra de vidrio pensando que va a adquirir un bonito color tostado, y lo que acaba pareciendo es un chino untado de azafrán. Por no hablar del sospechoso olor a linimento que desprende la superficie del aparato, y que pone a prueba la resistencia del estómago del más pintado.
Cambié de gimnasio un par de veces, porque no soporto ni hacer el ridículo, ni los espárragos en la ensalada.
En el tercero conocí a Elizabeth. Elizabeth tenía veintiocho años, unos ojos azules inmensos, un largo cabello rubio, y unos senos como cabezas de misiles.
Yo; que he leído a Nabokov y he visto toda la filmografía de Woody Allen, supe desde el principio lo que iba a pasar: acabaríamos teniendo un affair.
Tuvimos nuestro primer contacto, como no podía ser de otra forma; en un banco de pesas. Yo intentaba impresionarla levantando unos cuantos kilos de plomo, y ella me observaba, coqueta. No conseguí levantar el peso pero, en cambio; logré quebrarme un par de vértebras.
Por fortuna; Elizabeth era fisioterapeuta. Así que me colocó una faja ortopédica y me administró un buen chute de calmantes.
En agradecimiento; la invité a tomar un zumo hipervitamínico superprotéico megamineralizado de noventa y ocho octanos.
Así nos conocimos y, desde ese momento, iniciamos una relación que fue estrechándose cada vez más, y que acabó por hacernos prácticamente inseparables.
Yo me sentía feliz, pletórico de energía, y bastante orgulloso de mí mismo, al haber conseguido conquistar a una mujer tan estupenda. Supongo que ella se hallaba fascinada por mi experiencia, mi carisma, y porque sé deletrear equinodermo.
Cuando llevábamos dos meses saliendo, habíamos agotado el repertorio de espectáculos de Broadway, y le habíamos dado un par de vueltas a la edición revisada del Kamasutra, Elizabeth decidió que había llegado el momento de que conociera a su familia.
Por norma general; establecer nuevos contactos sociales suele apetecerme tanto como que me hagan una colonoscopia, pero entendía que habíamos llegado a ese punto en nuestra relación en que debíamos decidir si hacerla oficial o no. Es decir; debíamos elegir entre continuar siendo felices, o meter por medio a sus padres.
Veinticinco años de matrimonio con una católica neurótica de New Jersey me inclinaban a retrasar el acontecimiento todo lo posible. Pero las bolsas bajo los ojos, los pelos de las orejas y la papada que cada mañana me devolvía el espejo de mi cuarto de baño me aconsejaban prudentemente amarrar con uñas y dientes cualquier posibilidad de yacer regularmente con una veinteañera de vientre liso, nalgas apretadas, y la flexibilidad de un junco.
Quedamos un martes, en el Modern. La madre de Elizabeth, doctora en Historia del Arte, trabajaba como asesora del MoMA. Yo hubiera preferido cualquier pizzería, o el Dawat, pero entendí que al citarnos al término de su jornada laboral, el encuentro perdía su estatus de protocolario, y se convertía en algo un tanto informal, muy de agradecer.
Tomamos vino blanco mientras esperábamos. Y a la segunda copa; llegó Karen.
Creo que supe entonces lo que sintió Ulíses cuando Poseidón se mosqueó con él y le tuvo dando vueltas por el Mediterráneo. Noté los truenos a lo lejos, un lamento de coro griego como música di sottofondo, y vi la película de mi vida pasar a toda velocidad por delante de mis ojos. (Por cierto; debo decir que era un film muy malo, con un protagonista que resultó ser un absoluto error de cásting).
Karen era hermosa. Con esa serena belleza que sólo pueden proporcionar la edad, y una cuenta corriente lo bastante saneada. Sonreía con unos dientes blanquísimos y miraba directamente a los ojos cuando hablaba.
A los diez minutos de conocerla supe que; o bien me había dado una apoplejía, o bien me había enamorado. Como mantenía el pulso radial, y no llegué a hundir el rostro en mi plato de risotto de berenjenas, entendí que estaba irremediablemente perdido.
El padre de Elizabeth no acudió a la cita. La relación entre él y Karen se había deteriorado tanto en los últimos tiempos, que estaban planteándose el divorcio. Dios; lo que faltaba.
Debo decir que aquella fue la velada más extraña de mi vida.
Pasé los siguientes días presa de una serie de desquiciadas fantasías y de alocados planteamientos. Pero no podía dar crédito a todo aquello. Yo quería a Elizabeth. Yo adoraba a Elizabeth. Y Karen... Bueno; Karen era su madre.
La nueva vida que recién había estrenado, incluía un elevado protagonismo de los hábitos sanos, entre los que predominaba el consumo de vitamina C. Así que una noche; tras la ingesta de un considerable número de combinados de vodka con limón; tuve una revelación.
Yo casi doblaba en edad a Elizabeth. Además; tan sólo llevábamos dos meses saliendo juntos.
Quiero decir; era inteligente, encantadora, y nuestras relaciones sexuales resultaban fantásticas.
Pero no podía decirse que estuviera enamorado de ella.
Karen, en cambio, era una mujer junto a la que podría llegar a plantearme construir un futuro.
Supongo que únicamente alguien al borde de un coma etílico puede plantearse reincidir en ese marasmo inevitable que es el matrimonio pero, en aquel momento, me parecía incluso lo más sensato.
Ideé la estrategia que sólo un borracho, o un cultivo de bacterias, aceptarían como inteligente y resolví pasar al ataque.
En los días siguientes estudié a Picasso, Warhol o Kandinsky. Me hice el encontradizo con ella varias veces, e incluso le pedí que me guiara por el museo. Llegué a loar las virtudes de un lienzo blanco, pintado de blanco, y rematado con unas finísimas rayas blancas.
Comimos juntos. Tomamos cócteles juntos. Me miraba con sus ojos incendiarios, y yo correspondía a su atención con las mejillas arrasadas de pirómana pasión.
Un par de veces sus dedos rozaron la punta de mis dedos.
En definitiva; me consumía el deseo.
Y al final, una tarde, ocurrió.
Tras nuestra tercera mimosa me acerqué a ella, movido por un impulso, y la besé.
Parecía sorprendida; sí. Abrió los ojos como platos; sí. Y dio un respingo.
Pero no hubo reproches, ni un previsible bofetón, ni gritos. No hubo insultos.
Hundió su mirada en mis pupilas y, tras un leve temblor de su labio inferior, me devolvió el beso.
No recuerdo si pagamos la cuenta. No recuerdo cómo llegamos a mi apartamento. No recuerdo que nos hubiéramos desnudado, ni al reloj de cuco, regalo de mi hermana Margaret, dar las horas.
Sólo recuerdo la pasión, la entrega. Un océano de piel, sudor y saliva.
Fueron unos días maravillosos. Me sentía como un diabético en una pastelería, gozando del tierno bizcocho que era la juventud de Elizabeth y del dulce merengue de la madurez de Karen.
Sin embargo; todo exceso, incluso el de azúcar, acaba por resultar pernicioso. Karen insistía vivamente en que, si quería que continuase nuestra relación, debía poner fin a la que aún mantenía con Elizabeth.
Yo estaba de acuerdo, por supuesto, aunque no acababa de encontrar el momento oportuno para hacerlo.
Por fin; quedamos en un pequeño bistró. Arropados por la música new age, los combinados y la luz de las velas.
Entonces; Elizabeth me dijo que creía estar embarazada.
No pude romper con ella.
¡Qué días, los siguientes!
Ante mi se alzaba, perentorio, un dilema salomónico.
No podía casarme con Elizabeth, porque a quien yo quería era a Karen. Pero si me casaba con Karen, a la sazón abuela de mi futuro hijo, yo adoptaba además del rol de padre, el del abuelo putativo de la criatura.
Seguro que en algún lugar del Limbo Sigmund Freud, una legión de psicoanalistas judíos , y mi vieja tía Maude, se estaban tronchando de risa.
¿Qué hacer?
No podía dormir. Había perdido los nervios y la concentración. Se había resentido incluso mi apetito, llegando a sustentarme, tan solo, con una espartana dieta a base carne, huevos, pescado, fruta, queso y pan blanco.
Llegué a tal estado de estrés que mi pobre corazón no pudo soportarlo, y acabé dando con mis huesos en la Unidad de Cardiología del Hospital Monte Sinaí.
Si alguno de mis lectores piensa que lo más engorroso que podía pasarle en la vida es aliviar los gases de su aparato digestivo en el interior de un ascensor justo antes de que se abran las puertas y entre en él la chica de sus sueños; le diré que no está en lo cierto.
Aún es peor estar tumbado en la cama de un hospital, desnudo y enchufado a un montón de cables, sin posibilidad de escape, con las dos chicas de tus sueños recriminando tu conducta, llamándote cerdo insensible y... bueno; y muchas otras cosas más.
Lo juro.
En aquella cama articulada acabó mi aventura.
Elizabeth, al final, resultó que no estaba embarazada, y fue ella la que acabó por abandonarme.
Y sí. El destino acabó por infligirme un severo castigo. Acabé casándome con Karen.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Amor proceloso

Capítulo 1254.
Leonardo Jesús atravesó presuroso la hacienda, a lomos de su vigoroso corcel, llamado Jacinto.
Al llegar frente a la mansión, se detuvo y desmontó de un salto. Avanzó unos pasos.
Una brisa suave revolvió sus largos cabellos. Levantó sus pardos ojos al cielo y murmuró, con la voz teñida de una romántica ensoñación:
- Al carajo la peluquería.
En mitad del jardín, portando un ramo de rosas rojas recién cortadas, se hallaba Marianela de los Dolores. Le miró, con sus hermosos ojos verdes bizcos.
- Leonardo Jesús.
- Marianela de los Dolores.
Los dos suspiraron al unísono. Leonardo se quitó la camisa. Adquirió un cutis de ave, y se le endurecieron los pezones. Una breve brisa revolvió los unísonos cabellos de los dos amantes, y Leonardo Jesús se cagó en el hombre del tiempo.
- Querida.
- Amor.
- Mi vida.
- La razón de mi existencia; en esta tierra olvidada de Dios.
Ejemplo de diálogo innecesario, utilizado en las telenovelas para rellenar.
- Te quiero.
- Te adoro.
- Yo más.
- Pos anda que yo...
- Estoy enamorada.
- Y yo. Pero en masculino.
- ¿Te habías enamorado antes, alguna vez?
- Sólo una. Pero me dejó por una oveja.
- ¡Qué dramático!
- Me fui a Benidorm, a intentar olvidarla.
- ¿A la oveja?
- No. A ella.
- ¡Ah! Y... ¿Te gusta Benidorm?
Leonardo reflexionó unos instantes, queriendo dar una respuesta sincera.
- No - Admitió al fin.
- ¡Oh! - Marianela suspiró - No le gusta Benidorm...
- ¿Qué ocurre?
- Que nuestro amor es imposible.
- ¡No! ¡Oh, Dios mío! ¿Por qué?
Marianela ahogó un sollozo en su hermoso pecho.
- Porque...
- ¿Por qué?
- Porque... ¡No te gusta Benidorm!
Hubo una pausa dramática subrayada, tan sólo, por una suave brisa. Leonardo empezó a plantearse, seriamente, cortarse el pelo al cero.
- Pero... No lo entiendo...
- ¿No lo entiendes? ¡Oh! ¡No lo entiende!
- No. No lo entiendo, Marianela de los Dolores. Hemos vencido la resistencia de tu tía abuela sobrina nieta por parte de madre, en relación con tu padre putativo tras lavarse los calcetines en tercer grado y... ¡Dios! ¿Ahora el Destino nos arrastra ante una nueva adversidad? No. Debo ser sincero. No me gusta Benidorm. Hay demasiados alemanes, y mucha paella de encargo. Lo siento. Prefiero Bollullos del Condado.
- ¡Bollullos del Condado! ¡Me desgarras el alma!
Una tenue brisa revolvió sus atribulados cabellos. Leonardo Jesús se cogió una coleta.
- No hay alemanes... - Dijo él, en su descargo.
- Jodé. Ni playa...
Sonaron los violines y el piano. Sonó un saxo. Un redoble, y fanfarrias. Se levantó una ligera brisa, y Leonardo pidió a Marianela unas tijeras de podar.
Leonardo atrajo a Marianela hacia sí mismo consigo mismo, y ésta se pinchó con los pezones de él.
Se fundieron en un apasionado beso.
La brisa soplaba, Leonardo maldecía para sí, y Jacinto comía hierba.
FIN del capítulo 1254.

viernes, 23 de octubre de 2009

La lámpara maravillosa


La tienda estaba escondida en algún lugar de Candem Passage, y tanto la entrada como el interior inspiraban la misma confianza que el motel de Norman Bates. Reparamos en ella al huir de la cansina lluvia londinense, y entramos tras un breve intercambio de opiniones, en el que tuvieron un peso específico los amables ruegos de mi esposa, y el hecho de que consiguiera alojar el mango de su paraguas en mi píloro, por vía nasal.
La mercancía estaba dispuesta en el local en un orden tan exquisito que se diría que toda la fuerza del huracán Katrina se hubiera concentrado en esos pocos metros cuadrados. La dependienta, parapetada tras el mostrador, tenía un aspecto peculiar, que incitaba automáticamente a preguntarse en qué lugar debía haber aparcado su escoba. Los relojes de bolsillo, por supuesto, hacía mucho tiempo que habían dejado de funcionar, y los encajes y ganchillos acumulaban tanto polvo que, al poco, acabé respirando con la cadencia rítmica de Darth Vader.
Mi mujer, en cambio, estaba emocionada.
- Mira, cari. - Me decía, sosteniendo un camafeo horripilante entre sus dedos - ¿No te parece divino?
- Adorable. - Le respondía yo sabiendo que, cuando se trata de comprar, a una mujer no le interesa tu opinión, sino si dispones de suficiente activo en la tarjeta de crédito.
- ¿Y qué me dices de éste abanico tan simpático?
- Precioso. Se diría que lo ha pintado un alcohólico, en pleno delirium tremens.
- Sí; ¿Verdad? ¿Y aquella muñeca de trapo?
- Escalofriante. Con esas cosas se hace vudú; ¿No?
- No seas tan negativo. Tienes que aprender a relajarte cuando vamos de compras. Hay que disfrutarlo.
- Sí, mi vida. Lo que tú digas. - ¿Cómo le explicas que no vamos de compras? ¿Que la que va de compras es ella, y yo sólo ejerzo de acompañante? Es más; ¿Cómo puede alguien disfrutar yendo de compras? En fin.
Ignoro cuanto tiempo estuvimos allí, revolviendo entre trastos viejos, pero al fin llegó el momento de marcharnos. La expresión pintada en el rostro de mi esposa era de tristeza, o tal vez de decepción, pues nada le había llamado lo bastante la atención como para malgastar unas cuantas libras. En cambio; de mi cartera escapó un suspiro de alivio perfectamente audible. ¿Me había librado? Increíble. Era una oportunidad que no podía dejar pasar, así que enfilé rápidamente hacia la salida. No fuera a arrepentirse. Cuando ya tenía un pie en la calle, y sentía la torcida mirada de la dependienta en mi cogote, de la garganta de mi cónyuge escapó un gritito breve, de triunfo. "La jodimos. - pensé - Ya ha picado".
En sus manos sostenía una pequeña tetera, de latón. Un artilugio horroroso, grabado con unas filigranas imposibles, producto salido sin duda del taller de algún artesano atacado por fiebres tifoideas, sifilíticas o palúdicas.
- ¿A que te encanta? - Me retaba, exultante.
- ¿Qué debo responder?
- Que me la vas a comprar.
- Dios. Sólo si me dejas enterrarla en el jardín. O mejor aún; si me prometes que se la vas a regalar a tu madre.
Si las miradas matasen, mi esposa me habría fulminado cual Hera vengativa. Así que huelga decir que acabamos adquiriendo aquel artefacto. Qué quieren, no todos los matrimonios son como el de Bill Cosby. Por supuesto; tampoco es necesario reconocer que fue inmediatamente abandonado en un rincón de la repisa de la chimenea.
Pasaron los días y nuestra vida transcurría tranquila, a la velocidad y el ritmo de un remolcador de desechos surcando el Thames. Y casi con el mismo nivel de salubridad. Pero una soleada mañana de sábado, cuando me encontraba practicando mi swing en el salón, dispuesto a pulverizar en el green a Goldman, el de contabilidad, golpeé accidentalmente con la pelota de golf aquel chisme, que cayó con estrépito.
Me acerqué presuroso a recogerlo del suelo, y no porque tuviera miedo de la reacción de mi esposa al descubrir el destrozo, no crean. Eso no ocurre casi nunca. De hecho; nuestra relación se asemeja mucho a la que mantiene un visitante en el zoo con respecto a la jaula de los tigres. O sea; admiración y respeto. Y sobre todo; distancia.
Comprobé cuidadosamente los daños que pudiera haber ocasionado a aquella cosa, y froté la superficie con la manga de mi camisa, con el fin de eliminar cualquier posible rastro delator.
Y entonces; sucedió.
Un humo de color gris perla emergió de ella, y fue adquiriendo consistencia hasta convertirse en una figura de cierta corporeidad.
- ¡Cof, cof! Salud, amo. - Me dijo.
- ¿Ein?
- Ehem. Salud, amo.
- Eh, ehém... Hola. Tú... ¿Tú, quién eres?
- Mi nombre es Yaser Alí Salim Mohammed Pérez. Y soy el Genio de tu lámpara.
- ¿Eh?
- Tú has frotado la lámpara. Yo soy tu genio; tú eres mi amo.
- Ahí va, la hostia. - Dije, haciendo uso de mi prolijo lenguaje, propio de un hombre de mundo. - Así que tienes que concederme tres deseos; ¿No?
- Eh... Bueno; vamos a ver. La cosa no va exactamente así.
- Ah; ¿No?
- No. La crisis, hijo mío. Y que tengo ascendencia judía, también.
- ¿Entonces?
- Pues tú pides y yo contraoferto. O yo te hago una oferta, y tú a mí otra. Y luego; regateamos.
- No me lo puedo creer.
- Lo tomas, o lo dejas.
- Vale, vale. Hazme una oferta.
- Una casa en el centro, un yate y una rubia siliconada de treinta años. Tú hablas.
- Eeeeeh... Que la casa sea en New York; en los Hamptons. En vez de un yate; un Jaguar. Y dos chavalas de veinte, sin siliconar. Y además; una jugosa cuenta en las Caimán.
- Pero; ¿Qué dices? Una casa en New York, las chicas sin silicona y el Jaguar, pero olvídate de las Caimán.
- La casa en New York, el Jaguar y un caimán, y te quedas con las chicas con silicona.
- Un bote de silicona, un caimán y ni hablar del Jaguar.
- Vale.

No sé, creo que me lió... ¿No?
Para Ana. Con todo mi cariño.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Un malentendido

Mi nombre es Martin Renfro, y nací en el barrio de Prospect Heights, en Brooklyn, hace treinta y cinco años. Debo decir, con no poco rubor, que mi infancia y mi juventud se vieron teñidas con la perniciosa tinta del fracaso más absoluto. Tanto es así; que ni siquiera supe ser el pardillo en el colegio. Siempre hubo otro más dotado. Pasé pues, mis primeros años, sin destacar en ninguna actividad. Inadvertido. De hecho; hubo un momento en que mi padre llegó a plantearse la posibilidad de llevarme al señor Chi, oriental experto en cirugías exprés, con objeto de sacarse un dinerillo en el mercado negro usando alguno de mis dos riñones, o de mis dos pulmones. O uno y otro al tiempo.
Afortunadamente; al llegar a la adolescencia, por fin, los veleidosos vientos del destino empujaron las velas de la desastrosa barca que era mi existencia rumbo a un puerto en el que, sin duda, podría atracar de forma segura: la interpretación. Tuve la revelación aquella mañana en que Johnny Wilcox, el matón de mi clase, me perseguía con la intención de alojar su bate de béisbol en un lugar de mi anatomía situado entre el hígado y las costillas, y le despisté quedándome quieto en una esquina y haciéndome pasar por un ficus retusa.
Lo supe entonces: Talía y Melpómene habían unido sus fuerzas y me habían dado el don.
Marché en busca de mi futuro, estudiando en las más prestigiosas escuelas, con los más reputados maestros.
Hice un curso de "Estulticia Manifiesta" en París, con madame Mimí Foulle, y me gradué en "Expresiones Hieráticas" en la prestigiosa Universidad de Canford, en un curso impartido por Kevin Costner, quien alabó mi capacidad para no transmitir absolutamente nada.
Al término de semejante formación, como no podía ser de otra forma, me aguardaba una carrera profesional cuyo fin no era otro que alcanzar la mayor notoriedad posible. Aún es muy celebrada, por ejemplo, la creación que compuse de un pollo gigante amarillo cuando trabajaba de hombre anuncio para el restaurante Texco México.
También en cierta ocasión; con motivo del estreno de una versión punk del musical "A Chorus Line", en el Off Broadway, el crítico de la revista "Ganchillo para todos" llegó a comparar mi voz con el canto de un ave tropical atrapada en una trituradora.
Sin embargo; en la autopista a la gloria todos debemos pagar peaje. Y si Brad Pitt hubo de emplearse durante un tiempo como chofer de limusinas, yo he debido procurarme el peculio indispensable para no caer en la indigencia aceptando trabajos menores.
Por ello hipoteco mi talento en "Lenny y Hommer: Payasos a domicilio", donde puedo aplicar toda mi experiencia al noble arte de entretener a los más pequeños.
Me dirigía con éste propósito al domicilio de los Summers, propietarios de "Empresas Cárnicas Summers", cuyo hijo Ricky iba a celebrar su sexto cumpleaños cuando, a un par de calles de distancia de la dirección que mi jefe me había facilitado, vi a aquellos hombres frente al banco.
Llevaban máscaras de payaso los cinco, así que haciendo uso de mi perspicacia natural sumé dos y dos y extraje la conclusión lógica: ¡Aquellos tipos también iban a la casa de los Summers! ¿Cuánto dinero debía tener esa familia si podía permitirse contratar a tantos actores para una simple fiesta de cumpleaños? ¡Pues no iba a dejar que ninguno de aquellos mequetrefes de tercera me robaran protagonismo! ¡No, señor! Así que yo también me puse mi careta de goma, y me uní al grupo.
Avanzamos. ¡Yo qué sabía si entrábamos en el banco! ¡Con esa cosa en la cabeza apenas podía ver nada! ¡Se lo juro!
Debo decir, en honor a la verdad, que me extrañó un poco oír cómo gritaban que todo el mundo se echara al suelo, y que vaciaran la caja fuerte. Pero supuse que estaban jugando con los críos a policías y ladrones. Por lo cual; me metí en mi papel de malo y grité y amenacé más que nadie.
Después llegaron ustedes, con las sirenas y los megáfonos, y vinieron los tiros y los gases lacrimógenos. Y cuando quise darme cuenta estaba en el suelo, boca abajo y esposado.
Créame, señor inspector. Es la verdad.
Y ahora que he prestado declaración; ¿Podría llamar a mi abogado, por favor?

domingo, 30 de agosto de 2009

La patada a Inoportunito

La culpa, al menos en mi caso, la tiene el teatro. Tú me dirás.
Sí; ya sé que uno no espera ver a un señor en pijama, con su batín (no bata, no. Batín), aparecer así, por las buenas, en la puerta de su despacho, pero tampoco es de lo más normal que el anfitrión se apresure a tocar los muebles, por si son de atrezo, o a buscar las luces de la batería.
Que me costó reaccionar, vaya. O sea.
Pues nada, que ahí estaba Carlos, la otra mañana, vestido de esta guisa. Te lo juro por Arturo.
Te acuerdas de mi amigo Carlos; ¿Verdad? Ahí estaba, digo, con su batín azul y su sonrisa socarrona. Con la cabeza alta, como siempre.
- "Que le hemos dado una patada en el culo a Inoportunito". - Me dice.
Y yo (que a tocapelotas no tengo rival) sonrío también y le contesto: "Ya te lo dije".
Y hay un segundo, de tácita camaradería, en que callamos. Mi amigo ha desterrado el cáncer. Yo soy feliz por eso. Y él lo sabe.
Por desgracia; no siempre estas historias acaban con un final así.
Todos tenemos malas experiencias que contar al respecto.
Por eso es importante tu ayuda. No cierres los ojos. No te tapes los oídos. Colabora.
Por cierto:
Tengo la intención de restregarle por los morros el temita del batín a Carlos, durante todo el tiempo que pueda.
Como ya te dije; a tocapelotas no tengo rival.
Claro que, a lo mejor, tan sólo es culpa del teatro.

domingo, 16 de agosto de 2009

Tullio a dieta (Breve reseña teatral)

El mundillo teatral anda, éstos últimos días, algo revuelto. Desde que el emérito profesor A. B. Dull, de la prestigiosa Universidad de Canford, diera como auténtico el manuscrito "Tullio a dieta", atribuyéndolo a William Shakespeare, muchas han sido las compañías interesadas en llevarla a los escenarios. Tarea que al fin han acometido, con no pocos esfuerzos y desigual fortuna, los integrantes del grupo Teatro Pello, oriundos de la ciudad de Burgos.
Mister A. B. Dull, conocido en el ambiente literario por haber escrito el ensayo: "¿Qué te he hecho yo para que me traigas a ver este espanto, y por qué demonios no decides irte con tu madre, y me dejas en paz de una vez?", en la que analizaba con minucioso detalle los entresijos del teatro inglés actual, y reflexionaba largamente acerca de por qué nadie ha visto nunca, en ninguna ciudad europea, un chino de más de sesenta años, vivo o muerto, contaba en el prólogo a la primera edición que encontró el legajo después de mucho tiempo de laboriosa investigación y profundo estudio, rescatándolo por fin del domicilio de la señora Bridget Murphy; quien llevaba más de treinta años usándolo para calzar la pata de la mesa del comedor.
Tras ver el montaje que los muchachos de Teatro Pello presentaron ayer en Madrid, el crítico abajo firmante ha sacado estas modestas conclusiones:
El príncipe Tullio, en primer lugar, es la esencia misma de la expresión dramática. La escena en la que recrimina a su madre, la reina Brunilda, que su sandwich de jamón y queso no tenga suficiente mayonesa, y culmina con ese monólogo sublime en el que asevera que todos los cocineros del mundo debieran asegurarse de tener pepinillos en la despensa antes de la hora de la cena, constituye el desgarrador testimonio del hombre que, pese a todo, queda siempre a merced del Destino.
Por otra parte Olegaria; la princesa secretamente enamorada del príncipe, aunque éste vista mallas rosas de ballet, simboliza los anhelos de un espíritu puro que ansía conseguir la dicha o, al menos, una buena plaza de aparcamiento.
El malvado Lifart, obviamente, es primo segundo por parte de madre de Yago y, como aquél, hace honor a su linaje y se comporta como una perra. Si bien tiene el detalle de pagar la cuenta del sastre.
Cómo olvidarnos, por supuesto, del rey Angus, quien sucumbe a la tentación y, ya en el acto segundo, se salta el régimen y se pone ciego a pizza, dando origen así a la cadena de acontecimientos que acabarán desatando la tragedia.
Debo decir, sin embargo; que no es "Tullio a dieta" una de las obras mayores de Shakespeare, si bien resulta imprescindible para ayudarnos a entender ese vacío que encontramos en su biografía tras "Otelo", y que algunos eruditos han supuesto que empleó en trabajar de poste de correos en Essex.

sábado, 1 de agosto de 2009

Un cuento. (Dedicado a una princesa besucona)

La noticia corrió, como la pólvora, por el Upper West Side de Manhattan. Emma Pfingsten de Babaland había anunciado su compromiso. Y lo había hecho contra la voluntad de su progenitor; el viejo rey Sigfrid de Babaland.
Litros de tinta se emplearon en emborronar las páginas de los tabloides durante días, y no era para menos. Emma era una joven princesa, asidua a los círculos más elitistas de la society, desde que llegara con su familia a New York a causa de la revolución que los había expulsado del trono de su país. Y en cuanto a Walter; su prometido, si bien era algo más bajo que ella, y plebeyo, quizá no fuera eso lo que representaba el mayor problema. Lo cierto es que el motivo esencial de la oposición del viejo rey al enlace se fundamentaba en el hecho de que Walter era un sapo.
Indiscutiblemente; el peor de todos había sido el día en que la petit princesa había decidido comunicarle la nueva a sus padres.
La reina, viva expresión en carne y bótox del más rancio protocolo de la vieja Europa, y portadora de la legendaria flema y sangre fria de los babalanos, logró conservar la calma durante al menos cinco segundos tras escuchar la noticia, antes de emitir una serie de aterradores berridos y, a fuerza de hiperventilar, sumirse en la inconsciencia.
El rey; más sanguíneo y vehemente, destrozó la habitación del Hilton en la que residían, haciendo uso de su palo de golf y de una pésima puntería.
- ¡Insensata! ¡Necia! Casarte con un sapo. ¡Un sapo! ¡Dónde se ha visto eso!
- Pero, el abuelo Edmund...
- ¡No es lo mismo! El abuelo Edmund se fugó con un bacalao porque le recordaba a su difunta esposa Karen. ¡Pero recuperó la cordura y a las dos semanas volvió a casa!
- Nosotros nos amamos...
- Eso no es amor, eso es, es... ¡Aberrante! ¡Dios, nunca pude entender a la cerdita Peggy!
- ¡Pues nos casaremos!
- ¡Por encima de mi cadáver!
- ¡Papá!
- Pero hija mía; ¿Es que no lo entiendes? Walter es un sapo. ¡Un sapo! ¿Dónde vais a vivir, por amor de Dios? ¿En la charca de Shrek?
De nada sirvieron las razones, las súplicas o las amenazas. Emma estaba dispuesta a llevar su amor por Walter hasta el final, y nada ni nadie podrían impedirlo. No hay que olvidar que le sobraba coraje para afrontar cualquier adversidad, pues era una Pfingsten. Ya su antepasado Wolfgang accedió al trono cuando, durante la famosa Guerra de Los Quince Años y Un Rato, entre Babaland y su vecina Tontunia; descubrió que los arenques eran el arma definitiva pues, al arrojárserlos al enemigo, a éste se le llenaban las trincheras de gatos, situación que les incomodaba sobremanera, de forma que sufrían crisis nerviosas, ataques de ansiedad, y la mayoría acababan desertando (Eso le sirvió a Wolfgang para verse recompensado con la mano de la princesa heredera).
Durante los días siguientes se sucedieron los preparativos a ritmo vertiginoso aunque, tristemente, hubieron de verse momentáneamente aplazados a causa de la muerte de Norbert, un primo de Walter. Las malas lenguas llegaron a contar que se habían servido las ancas de Norbert en un restaurante del Soho.
Mientras tanto; los padres de Emma intentaban hacerse una idea de lo que les esperaba. Llegaron a ver tantas veces la película "Adivina quién viene esta noche", que eran capaces de recitar de memoria sus diálogos. Si bien hubo un momento en que pensaron que podrían burlar al Destino cuando un antiguo novio de Emma; el príncipe Louis Pantene II, reapareció en sus vidas.
Louis Pantene era guapo como un maniquí, tenía una larga melena, suave y sedosa, y un culo tan duro que podría partir nueces con sus cachetes.
Pero las esperanzas de los viejos reyes se desinflaron pronto; cual balón playero, al descubrir que el príncipe tan sólo había viajado a New York con el propósito de hacer las pruebas para formar parte del cuerpo de baile de un nuevo espectáculo en Broadway, que iba a titularse "Las alegres travestís birmanas".
Nada pudo impedir, como ustedes ya supondrán, que la pareja formalizase su unión, pues de todos es sabido que, si hay una mujer empeñada en ello; el matrimonio, así como todos los desastres de la naturaleza, acaba siendo inevitable.
Y ni los cronistas de la prensa rosa podrían decir si Emma y Walter acabaron comiendo perdices, pero todo el mundo coincidió en afirmar que, el día del enlace, no se había visto una novia más radiante, o un novio con los ojos más saltones.

miércoles, 29 de julio de 2009

La tentación del señor Pransky

Todo comenzó una encantadora mañana de otoño. Volvía a casa, después de haber estado practicando footing con el firme propósito de reducir drásticamente mi esperanza de vida. Me detuve durante unos instantes frente a una de las verjas de Gramercy Park mientras, jadeante, rogaba al buen Dios que hiciera un milagro y acabase con mi sufrimiento; bien con una providencial bombona de oxígeno, bien con una automática del 38. Frente a mí; la vida seguía a su ritmo. Un jardinero cambiaba la maleza de lugar con su rastrillo, y unas ardillas discutían acaloradamente porque, al parecer, una de ellas había hecho trampas al póquer la noche anterior.
Cuando hube recuperado mi frecuencia respiratoria habitual, y mi pulso dejó de latir al ritmo del chá-chá-chá, crucé la calle y entré en el edificio de apartamentos donde resido. Me detuve a esperar el ascensor. Cierto es que la voz de la señorita que hay grabada me recordaba desagradablemente a la de una novia que tuve en mi juventud, y que tenía un notable parecido con el ama de llaves de Rebecca, pero preferí escucharla antes que arriesgarme a morir de un paro cardíaco en mitad de la escalera.
Meditaba acerca de los efectos que podrían provocar un par de patadas, propinadas con la conveniente saña, en el mecanismo de la grabación, cuando una pierna kilométrica, de ésas que vienen normalmente por parejas, obstaculizó las puertas antes de que pudieran acabar de cerrarse.
Con un par de ágiles movimientos, la propietaria de tan portentosas extremidades introdujo su generosa anatomía en el estrecho cubículo, y yo dí gracias a los Cielos por haber nacido hombre.
- Hola. - Dijo.
- Gla. - Contesté.
- ¡Qué suerte! Casi no lo cojo.
- Mmmm....
- ¿Dónde?
- Ah, er... al, ehém, al segundo.
- ¡Qué casualidad! Yo también. Mi nombre es Vera Williams. Acabo de mudarme. Bueno; en realidad, aún estoy en ello.
- Oh, eh, Miles. Miles Pransky. Encantado.
- Igualmente.
Quise ofrecerme para ayudarla en lo que necesitase; subir bultos o muebles, colocar algún electrodoméstico, llenar su casa de pequeños Pransky Williams...
Pero callé.
La voluptuosidad de un organismo que desafiaba todas las leyes de la naturaleza, y a todo el código deontológico del Colegio de Cirujanos Plásticos del estado de Nueva York, me mantenía mudo.
Al salir del ascensor encontré que nos hallaba esperando mi viejo amigo Max, quien miró a la señorita Williams con la misma cara que pondría un niño si se quedase encerrado en una pastelería.
Mi amigo Max tiene toda la pinta de un zorro astuto. De hecho; podría pasar por un zorro. Es más; su nombre figura en la lista de especies protegidas.
- ¡Por las barbas de mi abuelo Arthur! - casí gritó mientras, en el interior de mi apartamento, se pimplaba su segundo vaso de ginebra - Pero; ¿Cómo es posible?
- Qué. Cómo es posible; qué.
- ¿Eres vecino de Tracy Angel, y no me has dicho nada?
- ¿De quién?
- Angel. Tracy Angel; la actriz. ¡Y no me has dicho nada! Serás...
- ¿De qué estás hablando?
- La mujer que subía contigo en el ascensor, y se ha metido en el apartamento de al lado; ¡Tracy Angel!
- No, no. Te equivocas. Se llama Vera Williams.
- ¡Y un cuerno, Vera Williams! ¡Esa mujer es Tracy Angel, la actriz! ¡Si lo sabré yo!
- ¿Actriz? ¡Actriz! ¿Qué dices? ¿Estás seguro?
- Mmjhemm...
- Pues no me suena... ¿Qué películas ha hecho?
- "Las alegres hijas del granjero te trabajan con esmero", "Bacanal en el camping", "Las tres Mosqueteras te enseñan su delantera"... Ya sabes; cine de autor.
Aquello me produjo una fuerte impresión. Casi tan grande como cuando la policía detuvo a la abuela Pransky porque, al parecer, se ganaba unos pavos extra traficando con hongos alucinógenos.
Huelga decir que no hice ni maldito caso a mi amigo Max, en ningún momento de las dos horas largas que duró su visita. Cuando se tienen encima cincuenta años, dos divorcios y una úlcera péptica, la idea de tener de vecina a una joven y lozana estrella del cine para adultos acapara toda la atención de tu masa gris, y acaba concentrando todo tu torrente sanguíneo en un punto situado bastante por debajo de tu línea de flotación.
Aquella noche no pegué ojo. Dí vueltas y más vueltas sobre la cama; y bañado en sudor, pasé las largas horas de la madrugada atormentado por febriles fantasías. En algunas de ellas mi nueva vecina, haciendo uso de distintos disfraces cada vez, ponía en escena coreografías orgiásticas imposibles.
En otras; se presentaba en mi domicilio con alguna excusa inocente, como pedirme que le ayudara a desatascar el fregadero, por ejemplo, y una vez en la cocina me lanzaba sobre la mesa,
y me examinaba de todas las posiciones del Kamasutra, empezando por los números impares.
Un horror.
Al día siguiente; mientras realizaba mi aseo matutino, decidí que había sacado todo aquello de quicio.
- Viejo idiota. - Me repetía una y otra vez, entre risas. - No estás en edad de pensar en estas cosas. Es lógico que te sientas raro, hace tiempo que te retiraste de la circulación, pero... ¡Bah! Viejo idiota. Venir a tu casa... Aprovecharse de tí; ¡De tí! Además; que no has leído el Kamasutra.
Me serví un café, cuya fórmula merecería formar parte de la biblioteca de los Borgia, y un zumo de naranja, absolutamente artificial, y me dispuse a hojear el periódico.
Y entonces sonó el timbre de la puerta. Y al abrir; me encontré de bruces ante aquella mórbida encarnación del deseo y del pecado.
- Hola.
- Gla.
- Miles. Eres Miles; ¿Verdad?
- Mmmm...
- ¿Te acuerdas de mí? Soy Vera, la nueva vecina. Nos conocimos ayer; en el ascensor.
- Ssssss...
- Verás; es que tengo un pequeño problema. Quería lavar los cacharros del desayuno, y resulta que el fregadero está atascado. Me preguntaba si tú podrías...
No dí tiempo a que terminase de hablar. Huí de allí entre alaridos histéricos, y no paré hasta llegar a Boston.
Aquí se está bien. Hay aire puro, la gente es amable, y los hermanos de la orden en la que estoy recluido tienen prohibido el cine, y obligado el voto de castidad.

sábado, 25 de julio de 2009

Tito Andrónico

Érase una vez que, en un país muy lejano, gobernaba un señor bajito, con bigote y con acento tejano, al que todo el mundo quería mucho. (Vale; quererle, quererle, sólo le querían sus amiguitos; el mandamás de la lejana Yankilandia, y el del Reino de la pérfida Albión. Pero, después de todo, esto es un cuento. Así que...).
Como todo gran prócer que se precie de serlo, el mandatario de acento tejano tenía una hija, bellís... bueno; resultona, que estaba en edad de ser desposada. Y lo fue con fastos, pompa, circunstancia y langostinos, y con un señor guapís... bueno; resultón.
Y lo hicieron (lo de casarse) en El Pardo, que queda como muy fach... bueno; tradicional. Que hay quien jura que la noticia del enlace se pasó, al día siguiente, en el telediario, con la melodía del No-Do como fondo musical.
Que tú me dirás; ¿Y ahora ésto; a qué viene?
Pues viene a que un grupo de teatreros, de cómicos, aprovechó este acontecimiento para crear uno de los trabajos más corrosivos, vitriólicos y demoledores (y por tanto; más divertidos) que he tenido la oportunidad de ver nunca en teatro. Y de teatro he visto un poco, te lo juro...
La pieza la montaron en un salón de banquetes de boda, y se tituló: "Alejandro y Ana; lo que España no pudo ver de la boda de la hija del presidente". Ellos eran Animalario.
Los mismos que, desde el 30 de Julio al 30 de Agosto, presentarán en El Matadero, en Las Naves del Español, su "Tito Andrónico".
Si te paras a pensarlo; resulta natural la evolución del grupo, desde una sátira bufonesca como la anteriormente mencionada, hasta la adaptación del clásico de Shakespeare. Sobre todo si recordamos la sobrecogedora "Hammelín", punto medio entre ambas. Pero uno no puede evitar quedarse con las ganas de volver a verles destilar ácido sobre un escenario. Hace poco; Roberto Benigni con su "Tutto Dante", en los Jardines de Sabattini, nos calmó un poco este apetito. Pero qué coño; seguimos echando de menos un Fo.
Echa esta modesta reflexión; he de recomendarte, encarecidamente, que vayas a verla. Por Nathalie Poza, por Javier Gutiérrez, por la dirección de Andrés Lima, por Fernando Cayo (si está la mitad de bien que en "La Vida es Sueño", será un regalo impagable)...
Así que; andando.
Por cierto; ¿Quieres saber cómo termina el cuento?
Pues los recién casados, tan guapís... bueno, tan resultones ellos, fueron felices y comieron perdices. Y el gobernante de aquel país tan lejano, una vez retirado, acabó afeitándose el bigote y dando conferencias en Yankilandia.
Tal cual.
Y colorín, colorado, este cuento...

martes, 21 de julio de 2009

Para Ana. Linda y Fatal.

Quise ser escritor al darme cuenta de que no me sentía lo bastante capacitado como para dedicar mi vida a desempeñar ningún trabajo honrado.
Así que recuperé unas rancias gafas de pasta, que llevaban largo tiempo olvidadas en un cajón, me vestí con mi vieja americana de tweed con coderas, y compré una botella de whisky. Aunque debo decir que esto último fue una mala idea. El alcohol interacciona con el Tranxilium y con los laxantes, y me sienta fatal.
Durante semanas anduve aporreando mi vieja Olivetti con saña, hasta que conseguí arrancarle lo que sin duda será la novela definitiva del siglo XXI ("¡Oh, cielos! ¿Por qué a mi?") en la que narro, con un fino sentido del humor, y una erudición que para sí quisieran muchos blockbusters, las tribulaciones por las que debe pasar un musulmán empleado en una fábrica de embutidos de cerdo para salir adelante en el New York de los años cincuenta.
Huelga decir que intenté vender mi obra por todos los medios. Si bien es cierto que el aliento de Las Musas separa nuestras demandas de las del resto de los mortales; los escritores aún sentimos la incómoda necesidad de nutrir nuestros estómagos de una manera razonablemente regular.
Así que; cuando aquél viejo editor de Bethune Street insinuó que mi manuscrito sería idóneo para engrosar la pila de madera y de papeles viejos que habían de servir de combustible para su chimenea, decidí que era tiempo de buscarme un agente.
Lo encontré encarnado en la persona de Ida Kaufmann, con despacho en Lexington Avenue. Y debo decir que es una mujer encantadora.
Admito que resulta desconcertante que cada vez que entra en una habitación suene música de órgano y se respire un intenso olor a azufre. Y tampoco ayuda, a qué negarlo, que su piel posea un cierto tono violáceo y que su perfil, mirado desde un determinado ángulo, recuerde indefectiblemente a Goebbels. Pero cada vez que dice: "Veinte por ciento", uno no puede evitar que se le ericen los pelos del cogote.
Ida ha sido lo mejor que me ha pasado. Sin duda. Le perdono esa manía, tan suya, de firmar los contratos con sangre. No doy mayor importancia a su colección de muñecos de vudú, y disculpo esa excentricidad, tan encantadoramente snob, de aborrecer la luz del sol.
Ida es mi agente.
Gracias a su esfuerzo; yo he sido el redactor de la carta de menús del restaurante Lin Yu.
Si no hubiera sido por sus hábiles gestiones, yo jamás habría escrito la esquela del señor Ibrahim W. Singer, ni el texto que leen los locutores de la cadena de supermercados Marty's.
Así que; tío Alvy, entenderás que me sienta en deuda con esta mujer, que ha conseguido tornar mis sueños, tal vez fantasías, en realidades.
Sí, de acuerdo, es mío el texto de la nota que leyeron los terroristas.
Pero y yo; ¿Qué sabía?
¿Pueden ponerse frenos a la labor creativa? ¡No! ¡Definitivamente!
¿Que Ida es un monstruo? ¡Tonterías! Es tan sólo un instrumento del Destino, usado para dar a conocer el talento de seres que, como yo, vivimos absortos por y para nuestro arte.
Tío Alvy, te lo ruego, tienes que aclarar este terrible malentendido. Diles que yo nunca he tonteado con el comunismo, que no bailo desnudo bajo los efectos del vodka y que no reniego de ninguna fe (sea la que sea).
Diles que soy, tan solo, un pobre bardo. Bueno; mejor no. Mejor diles que soy mecánico, o panadero.
Y encuentra a Ida. Seguro que ella es capaz de explicar por qué estoy en una prisión de máxima seguridad, vistiendo un mono de color naranja.
Y sobre todo, querido tío; la próxima vez que vengas a visitarme, no me traigas jabón en pastillas. Prefiero un envase de plástico, con dosificador.

lunes, 20 de julio de 2009

Hablando de...

No he podido evitarlo. Paz me ha mandado esta imagen, tras leer mi post anterior y... Bueno, que no he podido resistirme. Lo entiendes... ¿Verdad?

domingo, 19 de julio de 2009

¿Por qué este payo me recuerda a Güemes?

No faltará quien me eche a los perros. Ni quien diga que estaría mucho mejor con la boca cerrada. ¡Que quién me manda meterme en todos los charcos!
Mira que hago propósito de enmienda, y todos los días me digo: "Hoy no, Paco, majete. Hoy no te metas con la tita Espe."
Y que a mí, personalmente, no me ha hecho nada. Es más; la tengo comparada con la bruja de Blanca Nieves (que tiene mala leche, gestiona mirándose al espejo y es verde, pero es entrañable).
Pues nada, no falla. Siempre hay alguien (en este caso el amigo Juanchito Domínguez) que te manda algo; un vídeo como éste que te adjunto, pongamos por caso, y le pega una patada en el culo a tus buenos propósitos, y hace que se te caliente el pico.
Échale un ojo. Merece la pena. Lo malo que tiene es que a la mitad, o así, se te congela la sonrisa en el rostro. Porque lo que hace el pollopera de consejero éste en la ficción, es lo que hace Güemes en nuestra Comunidad. Y antes que él; Lamela (por cierto; ¿Ya no se acuerda nadie de Lamela? ¿Se fue de rositas? ¿No decían nuestros mayores que el crimen no compensa?).
Espero que la gente que vea cosas como el trabajo de los chicos de etb, se de cuenta de que los nuevos hospitales inaugurados de poco tiempo a esta parte en Madrid, no están tan lejos de asemejarse al del gag. Que los profesionales de la Sanidad aquí están más desprotegidos que nunca (avanzamos hacia la privatización a paso de gigante) y que el electoralismo barato, mortal como la peste, mantiene engañado al pueblo, que no ve (o no quiere ver) la realidad.
Lamentablemente aquí, como diría Lucía Etxebarría; mientras hay vida... hay Esperanza.

miércoles, 8 de julio de 2009

Michael Jackson

Me vas a perdonar, ya que nada hay más lejos de mi intención que herir susceptibilidades. Y quiero que conste en acta que guardo el mayor de los respetos hacia todas las devociones, sean o no de éste mundo. Así que no te me rasgues las vestiduras, no me taches de insensible, y no me recrimines esta entrada, que te juro por Arturo que no está publicada a mala fe.
Pero es que debo confesártelo: mi vida no ha cambiado, lo más mínimo, por el hecho de que se haya muerto Michael Jackson. Qué quieres que te diga.
Hombre; claro que lo siento. Yo nací en el año 71, así que te puedes figurar; gran parte de la banda sonora de mi historia la ha compuesto e interpretado este muchacho, por lo que la noticia de su fallecimiento me ha impresionado, claro. Y estamos de acuerdo en que su existencia ha sido muy triste, en ocasiones dramática...
Pero ya.
También forma parte de mi historia Antonio Vega, y sólo le dediqué un escueto "descanse en paz". ¿Por qué con Jackson debiera ser diferente?
Si te fijas en la fecha de mi anterior entrada, y en la de ésta; verás que ha pasado bastante tiempo. Y eso es porque estoy de vacaciones, en Asturias. En medio de los más verdes bosques. Así que en mi presente, ahora mismo, sólo hay caballos, sidra, buena compañía y algo de lectura.
He intentado olvidarme del trabajo, de las prisas, de las presiones del día a día (Lo necesitaba; he estado al borde del colapso)... Y me he venido con la firme promesa de no abrir el correo, ni escribir nada de nada, hasta mi vuelta a Madrid.
Pero hete aquí que El Destino (que es caprichoso, como una vieja diva del teatro) me ha obligado a realizar unas gestiones vía Internet, y la curiosidad me ha hecho consultar mi cuenta, y...
Y tengo un montón de mensajes que tratan, de una manera o de otra, acerca de Michael Jackson.
Y hay incluso varios remitentes que opinan que yo puedo aportar algo a toda la montaña de chorradas y de despropósitos que se ha venido publicando en la prensa, y que hemos visto por televisión, en los últimos días.
Pues lo siento; pero no. No me sale. Si tú te empeñas en llamarle el Rey del Pop; estupendo. Me parece bien. Si crees que su perdida es irremplazable; estoy de acuerdo. Toda vida que desaparece es una pérdida irremplazable. Si de repente te han entrado unas ganas locas de adquirir la discografía completa del artista; tira. La pasta es tuya; gástatela en lo que quieras.
Si crees que tu vida ya no volverá a ser la misma... Bueno; dos tragos largos de orujo lo curan todo. Y si no; te puedo recomendar unos ansiolíticos que van muy bien pa estas tontunas. Y hay un médico, en Zúrich, que aún emplea el electroshock. Tú verás.
Resumiendo: que digas lo que quieras. Que todo el mundo lo hace. Que de repente; un ser extraño, más zumbao que las maracas de Machín, capaz de arriesgar la vida de su hijo suspendiéndolo sobre el vacío a través de la ventana de un hotel, un hombre que era blanco habitual de las bromas del mundo entero (mira; consiguió ser blanco de alguna manera, al fin), que incluso se autoparodió (apareció en "Men in Black II"), interpretándose a sí mismo como un extraterrestre, alguien a quien no le dejarías las llaves de tu coche, en fin, acaba convirtiéndose en una especie de Dios (lo han dicho, palabrita). Y ya no estaba loco; es que era megasensible. Y ya no era rarito; es que era un genio. Y ya no era un tipo que tenía que jugarse (literalmente) el físico para intentar menguar un poco sus deudas; ahora todo el mundo mundial hemos sido fans acérrimos, y tenemos todos sus discos, e íbamos a ir a todos sus conciertos. Ya.
Bueno; pues tú puedes decir lo que quieras. Que qué buenos somos todos, después de muertos.
Pero yo no diré nada de eso. Yo sólo diré:
Descanse en paz.